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Historias de Rojas

 

1774 - 1805

LAS CHACRAS DE LOS GALLEGOS

Por: José María Pardo
(De la conferencia pronunciada
en Rojas, en el año 1973)

Como consecuencia de la alarma que produce en la corte española la obra publicada por el padre Falkner, en Londres, en 1774, titulada “Descripción de la Patagonia”, de que podría ser posible la ocupación de nuestras tierras y costas australes, que eran dominios de España, por una potencia europea, -adivinen ustedes cuál era- La Metrópolis entonces organizó una expedición naval, constituida por las fragatas “Atrevida” y “Descubierta”, que se conoce como “Expedición Malaspina” ó “Viaje político científico de España alrededor del Mundo”, para que recorriera y reconociera todas las costas del Atlántico sur del Pacífico. Se procuraba fundar establecimientos y poblaciones, que importaran la ocupación física de esos dominios.

Consecuentemente, con esta alarma, y la organización de esta expedición que se comienza a preparar, no faltó quien desde el virreynato aconsejara a la Corona –de adulones esta lleno el mundo- que la Patagonia era tierra fértil y optima para la labranza, y la siembra de granos, es decir, para colonizar. Querían ganar a los rusos en la aclimatación de los cereales en las estepas siberianas, tratando de que primero surgiera el milagro en la Patagonia.

Para lograr esta descabellada idea, de que la Patagonia era un paraíso para colonizar, en 1770 y 1780, se hacia necesario contar con el elemento humano.

De ahí surge el proyecto de traer labradores y artesanos del norte de España, concretamente –dice la real orden– del Reyno de Galicia, por ser los hijos de esas tierras, los más aptos trabajadores e inteligentes, para las faenas agrícolas. Es decir, para “ganar el pan con el sudor de su frente”.

Se mandan comisionados a la Península, se monta una gran propaganda en todos los ayuntamientos de las cuatro provincias gallegas; pregones en los atrios de las iglesias, en las villas y aldeas; esta campaña de catequización se extiende, un poco también en Asturias, y la tierra de maragatos, que es una parte de la provincia de León. Se fijan los puntos de reclutamiento, con asiento central en La Coruña, puerto por donde también debían embarcar las familias de labradores, para “hacer la América, en la Patagonia, en 1770…”.

De esta manera se seleccionan 200 familias constituidas por matrimonios, con hijos o sin ellos, pero en estado de procrear, y con edad y salud apta, para labrar las tierras vírgenes de la Patagonia, y de éstas, entonces, pampas inhóspitas y salvajes, donde hoy está clavada la ciudad de Rojas.

Entre las 200 familias escogidas, debían existir también artesanos, y gente de oficios diversos con preferencia: carpinteros, albañiles y herreros. Suponemos que entre estos últimos, no habrá estado aquel herrero, paisano mío, que entrando un gorrión en la fragua, le apostó a un parroquiano, que esperaba un trabajo, cinco litros de vino, a que se lo comía vivo, con plumas y todo. El cliente aceptó, en la seguridad de que ganaba la apuesta. Resultado: se tragó el gorrión y como el pobrecito piara cuando esta siendo engullido, el herrero, comentó “tarde piache”, y tras lo cual, ante el parroquiano atónito, se bebió los cinco litros de vino, mientras seguía dándole al fuelle y a la maza, para moldear el hierro al rojo vivo.

A estos labriegos gallegos, muy pocos asturianos y castellanos, de León, les prometen el oro y el moro; y se les firman contratos, les darán semillas, bueyes, arados y demás útiles de labranza, y traslado por cuenta de la Corona, a los lugares de destino, desde Montevideo, punto de llegada en el virreynato, procedentes de la Coruña. Entonces el puerto de Vigo era un villorio y no tenia carácter de puerto de ultramar.

Y ¿qué encuentran los labradores, cuando llegan a las fronteras?, pues indios salvajes, con o sin plumas, que se los comen vivos a los gallegos, igual que el herrero de marras, se engulló el gorrión…

Pero ¿qué sucede, además, cuando el continente colonizador llega al Río de la Plata? Que la idea de colonizar la Patagonia, con labradores, desamparados de toda fuerza armada, y protección de fortines, ha sido abandonada por el momento. No se puede trasladar la frontera del interior, al exterior del Salado, por la imposibilidad de defenderla, y se pretende llevar la colonización a la Patagonia. Una idea, en aquel entonces, descabellada.

En cambio, no se había abandonado la Expedicion “Malaspina-Bustamante” con las fragatas “Atrevida” y “Descubierta”. Con ella van hombres de ciencia, pintores, matemáticos, geógrafos, cartógrafos, etc. y tienen por objeto contrarrestar la piratería de ultramar, por naciones que pugnaban por desalojar a España de los mares del sur. España había protestado ante la Inglaterra, y ésta respondió, que solo eran viajes de rutina, hasta las islas Azores. Esta era una gran mentira criolla de los ingleses, pues las Malvinas no estaban en las Azores…como se ha visto luego.

Cuando la expedición Malaspina reconoce las costas argentinas, y las del Reyno de Chile, los pilotos Bauzá y Espinosa desembarcan, y hacen el viaje por tierra, Valparaíso-Buenos Aires, cruzando la cordillera, y levantando una magnifica carta geográfica, con relación a San Juan, Mendoza y San Luis, cuyas coordenadas geográficas acusan poca diferencia, con las que se levantan hoy, en plena era de los viajes espaciales, y de los instrumentos de alta precisión.

Coincidentemente con la llegada del contingente de 200 familias a Montevideo, y el abandono por entonces de colonizar la Patagonia, se produce una gran invasión de indios, que llega en 1780, hasta casi las puertas de Buenos Aires, por la frontera de Luján. El virrey Vértiz trata de hacer un último esfuerzo para proteger las fronteras, adelantar las guardias y fomentar la radicación de poblaciones. Las 200 familias de labradores, están en Montevideo, originando un problema económico a la Hacienda, y también un problema social, pues reclaman ser vueltos a la Península.

¿Qué se hace entonces? Destinarlos por grupos a las fronteras de las pampas de Buenos Aires, al abrigo de sus enclenques fortines. Se les hace firmar otros compromisos para los nuevos destinos, sin perjuicio de estipular que, en caso necesario, tendrían que ir a la Patagonia, más adelante.

No se ha podido determinar con precisión todavía, cuáles grupos étnicos y nombres de personas, han ido a cada uno de los puntos de la frontera. Se sabe que a Ranchos fueron 16 familias asturianas. Lo hemos constatado al hacer un trabajo igual a éste, en octubre ppdo., para el bicentenario de la Guardia de Ranchos, pero se ha podido constatar que a Rojas vino un grupo de gallegos, y que a Carmen de Patagones se destinaron castellanos de la provincia de León, lindera a Galicia, que es la tierra de maragatos, son de la región de Astorga, que linda con Lugo, una de las cuatro provincias gallegas. También, como eran pocos los castellanos, fueron algunos del Reyno de Galicia, que los pobres se las vieron negras, con el clima, la falta de vivienda, la indiada, y hasta con los brasileños que pretendieron invadir el país, por aquel punto, o sea por la desembocadura del Río Negro.

En la región de Astorga, se hace un pan esponjoso y muy rico, que es famoso en España, pero de un esponjoso hueco que resulta, que los gallegos lo han motejado de “Pan de Astorga, moito na mao e pouco na andorga…”.

Carmen de Patagones, está orgullosa de su descendencia maragata. Lo mismo sucede con los hijos de Ranchos, la cabecera del partido de General Paz, que de tan rancheros que se sienten, terminan de obtener la restitución del topónimo “Ranchos”, para la ciudad cabecera.

Los gallegos de Rojas

Cabodi, que hurgó el Archivo de la Nación, consigna los nombres de 6 jefes de familias gallegas que vinieron al fuerte de Rojas, y acota que: “el grupo no es muy numeroso, pero que esa incorporación de no menos de cuarenta personas de origen gallego, en una población que, para 1782, tenia solo 256 habitantes, da a Rojas un alto porcentaje de sangre española, no andaluza, ni extremeña”. Los 256 habitantes, los toma Cabodi del informe de Sardén, que hemos verificado.

Las chacras que se habían dado para la labranza a los primeros pobladores galaicos, estaban al norte del pueblo, hacia Arroyo Dulce; a principios del siglo XIX, vale decir, antes de la Revolución de Mayo, eran conocidas como “Chacras de los Gallegos”.

Y con este introito, estimados rojenses, solo hemos querido poner de resalto, que con excepción de los Murphy, los Egan, los Gear, los Tormey, los Kelly, los Bemberg, los Hunter y algunos otros, todos los demás, son paisanos del gallego que habla, y que volvió de ultratumba, para contarles cómo le fue con su chacra, junto al Fuerte de la Horqueta de Rojas, en 1780, y cómo se salvó de los malones y asaltos de los ranqueles, y de otros, que en muchas ocasiones no eran tales, sino que se hacían…

Hoy mismo se cometen asaltos atentados contra la propiedad, que justamente, tampoco no son ranqueles; sino que se hacen ranqueles…

La raíz galaica de Rojas, por aquellos 6 jefes de familia que se llamaron: Merzoso, Cernadas, Otero, Grandal, Barreta y López, que en total formaban el grupo de 40 personas, se comprueba, además por otros datos posteriores que hemos encontrado hace poco en legajos coloniales del Archivo de la Nación, hacia 1808 y 1809, es decir, cuando los hijos de Galicia llevaban casi 30 años, en el Fuerte de San Francisco de Rojas.

Por Ejemplo Ana María Pérez, mujer de Juan Merzoso, pobladora de La Guardia de Rojas, y natural del Reyno de Galicia, pide que le concedan licencia a su marido y a sus hijos, porque está gravemente enferma. El 16 de junio de 1809, Concepción Amores, natural del Reyno de Galicia, peticiona para que su marido, Manuel Martínez, esté comprendido entre las gracias dispensadas, a los que sirvieron en la defensa de la Capital.

Como saben ustedes durante las invasiones inglesas, uno de los cuerpos mas brillantes y valientes que se formaron bajo la dirección del coronel e ingeniero geógrafo, Pedro Antonio Cerviño, también gallego, fue el de “Voluntario de Galicia”, cuerpo en que se enroló Rivadavia, por la descendencia gallega de sus padres. Fue esta, la única oportunidad que el prócer vistió el uniforme militar, para luego volver a la vida civil, en que brillaría como estrella de primera magnitud.

También hubo en el contingente, alguna oveja descarrilada. Pues en 1784, el blandengue López, jefe de una de las seis familias venidas aquí, que es blandengue y poblador pide ser trasladado a la Colonia del Sacramento (entiéndase Colonia, República Oriental del Uruguay), por la vida escandalosa que lleva su mujer. Como se ve un marido ofendido públicamente, con su honor quiere evitar ese bochorno, y pide pase a otro punto de la Frontera. A éste hombre, honesto y laborioso, de lo contrario no se hubiera aventurado a venir a hacer la América en la Patagonia, le salio ligera de genio su “mujerciña”…

En todos estos casos, se declaran “naturales del Reyno de Galicia”. También en 1809, se mandan a la frontera de Rojas, en calidad de castigados, a desertores durante las invasiones inglesas.

En 1801, dos prisioneros ingleses de la Fragata “Lady Chose”, Jorge Duncal y Thomas Gier, solicitan ser trasladados a Santa Fé, donde su religión anglicana, es aceptada. Al leer este nombre pensé en los hermanos Gear, sobre todo e Don Patricio, por la analogía.

Bien: lo que hemos querido demostrar en este capítulo es que de aquel continente de pobladores que venían para la Patagonia, y que al arribar se encontraron con que se había abandonado el proyecto, se desprendió un grupo para esta Guardia de San Francisco de Rojas, todos de Reyno de Galicia; y que ese grupo pionero continuaba labrando sus chacras y sirviendo al Rey; en el Cuerpo de Blandengues, hasta donde hemos llegado, en nuestra búsqueda, para comprobar cómo se prolongaba en la Guardia, la residencia del grupo que refiere a Cabodi, en su monografía de Rojas hasta 1784, y como consta en los Acuerdos del Cabildo de Buenos Aires.

José María Pardo
Jefe de Asesoría Histórica de
Geodesia de la Pcia. Buenos Aires
Año 1973

 

EL FINAL DE ESTA HISTORIA

No podemos dejar de hacer notar la angustiosa situación en que pronto se vieron los labradores gallegos que, según el contrato, debían recibir tierras en propiedad con sus respectivas habitaciones. A algunos se les dio un rancho –los más afortunados-, otros recibieron solo maderas para su construcción, una yunta de bueyes –los más sin arado- y algunas semillas.

Debían dedicarse exclusivamente a la agricultura y comercializar la producción en la zona ya que no estaba en sus posibilidades costear el gravoso acarreo a Buenos Aires.

“Eran verdaderos siervos de la gleba –dice Cabodi- sujetos a una esclavitud legalizada por la prepotencia de las autoridades”. No se podían trasladar de lugar, cambiar de ocupación ni casarse con quien no estuviera, como ellos, atado a la contrata con el Rey. Y en cuanto a la prometida propiedad de las tierras, de un informe del Comandante General de Fronteras Nicolás de la Quintana de 1805 deducimos que tras 25 años de trabajo y sacrificios, estos colonos gallegos se encontraron con que los lugares donde habían levantado su rancho y sus sembrados ya tenían dueño: algún aprovechado estanciero porteño con medios para pagar el costoso procedimiento de denuncia, mensura, tasación y remate, además de vinculaciones oficiales que legalizaran el despojo.

Irma Oger
Año 1973

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© CiudadRojas, enero de 2010.