Buscar:

Búsqueda por persona mencionada:
Coloque el apellido con la inicial en mayúscula y, de corresponder, el acento.

 

 

Historias de Rojas

 

1600 - 1951

DESDE EL ANCESTRAL SOMETIMIENTO
HASTA LA LIBERACION FEMENINA

Escribe: Ariel Labrada

En algunas tribus de los pueblos originarios existía la poligamia y muy especialmente la ejercían los caciques. En todos los casos había una fuerte subordinación de la mujer.

Las cautivas padecían una situación horrorosa. No solo estaban sometidas al cacique o al “indio” que la había secuestrado, sino que también debían soportar el desprecio de las “chinas”, cuyos celos las impulsaban a maltratarlas. Los jefes disfrutaban de tener hijos con las blancas (el famoso Pincén era hijo de una cautiva). Además, si por fuga o rescate volvían a su hogar, se sentían acomplejadas e inferiorizadas por haber sido violadas reiteradamente en la toldería. Ya no eran las mismas de antes.

Esta injusticia no era unilateral, porque en los fortines también había mujeres capturadas en las tolderías a las que se consideraba prisioneras y no estaban en mejor situación que aquellas otras. Se las repartía entre la soldadesca quedando sometidas a un machismo superlativo. Además hay que pensar que habían sido privadas de su familia y de la tribu, a la que estaban muy ligadas porque el estado natural en que vivían creaba un lazo afectivo y social muy fuerte, mayor que el de las “civilizadas”.

La costumbre entre los mapuches imponía que, cuando moría un cacique, se lo enterrara junto con su esposa principal y su caballo favorito.

La legislación

En la época de la colonia, tanto entre los españoles como entre los criollos, estaban sometidas a la voluntad del padre y, una vez que se casaban, a la de su marido. Eso prosiguió con los gobiernos patrios hasta mediados del siglo XX y estuvo respaldado por la legislación. En el año 1871 el Código Civil exigía la aprobación del marido para que su esposa pudiera hacer un contrato, ingresar a una sociedad, comprar o vender un bien inmueble o realizar otros actos jurídicos. Es decir, era considerada un “incapaz”. Un hijo que hubiera cumplido los 22 años tenía más facultades que su madre. Eso rigió hasta 1926.

En aquella época, el Código Penal establecía que el delito de adulterio (un mes a un año de prisión) lo cometía la mujer con una sola relación extramatrimonial. En cambio, para caer en esa figura jurídica el marido debía “mantener manceba dentro o fuera del hogar”. Tampoco cometía delito al concurrir a un prostíbulo. Esa disposición se mantuvo hasta 1995.

La Ley Sáenz Peña (año 1912) estableció el denominado “voto universal y secreto”, pero en ese “universo” no estaban las mujeres… ¡olvidando que ellas eran la mitad de la población!... Recién en 1951 se consagró su derecho a elegir y ser elegida.

Las costumbres en nuestra zona

En Rojas, la mujer campesina estaba ajustada a las normas que hemos referido. Aunque sus padres o esposos ignoraran las disposiciones legales, la realidad diaria coincidía con aquéllas. El espíritu de sociedad patriarcal era muy estricto y provenía de lejos, de las costumbres de Europa del siglo XVIII. En la ciudad podía ser un poco más elástico, pero no mucho.

Un embarazo de soltera era un bochorno para toda la familia, solo reparable a medias con un casamiento apresurado. La virginidad de la mujer era celosamente resguardada por ella y su familia a tal punto que muchas, en ese afán, se quedaron solteronas porque no admitían el trato de cierta confianza con un muchacho que pudiera provocar comentarios dudosos del vecindario. Más de una maestra se incluyó en esa situación porque, en su conciencia, el hecho de que un niño se enterara de que ella tenía un novio empañaba –a su manera de ver- la imagen de pureza que existía socialmente. Se habían convertido voluntariamente en “monjas laicas”.

El nacimiento de una niña era recibido con cierta resignación, porque todos preferían un varoncito. Especialmente en el campo donde los muchachos eran fuerza de trabajo necesaria para la labranza y la cosecha, fuente de los ingresos más importantes. Las chicas solo se dedicaban a las tareas domésticas y crianza de aves, a la espera de lograr matrimonio con algún joven de familia con cierto nivel económico.

Los casamientos de la gente de clase media y de la alta se hacían con toda la pompa y se concretaban indefectiblemente ante la Iglesia Católica. A partir de 1884 también en el Registro Civil. Entre los pobres era más frecuente el concubinato, pero sin cambiar las costumbres: la mujer y los hijos de la pareja estaban sometidos al “pater familia”. Cabe hacer notar que, si bien esa unión natural no estaba regida por ley, era muy estable. Cuando apareció el “salario familiar” la gran mayoría legalizó la relación para poder cobrar el beneficio.

Modas, trabajo y profesiones

La moda, en 1920 imponía una pollera que llegaba hasta los tobillos y sombrilla para el sol, ya que la blancura de la piel era distinción de clase. En la década de 1940 las faldas se achicaron hasta unos diez centímetros debajo de la rodilla, pero nada de usar pantalones, que eran exclusivos del otro sexo. Cuando se creó la primera pileta de natación (club Sportivo, 1939) solo era posible utilizar una malla enteriza que tenía una “pollerita” en su parte delantera para ocultar las curvas del pubis.

Las chicas de familias pobres solo podían aspirar a conchabarse como sirvientas, con sueldos miserables. La otra opción era ser carne de un prostíbulo donde se convertían en virtuales esclavas. La mujer de clase media o alta no trabajaba fuera del hogar. Hacer eso significaba que su familia había descendido de nivel social, ya que no podía mantener económicamente a todas las hijas. No obstante, poco a poco en la primera mitad del siglo XX, las oficinas y comercios fueron incorporando al género femenino pero le pagaban remuneraciones inferiores a la de los hombres. Existían diferencias que podían ir desde un 20% hasta un 50%.

Sin embargo, siempre se vio con buenos ojos que ejerciera el magisterio o fuera profesora de piano, pero las carreras universitarias estaban reservadas para el género masculino. Recién en el año 1934 una rojense obtuvo un título de ese nivel: Eva F. Baguear como farmacéutica. En aquel momento no teníamos escribanas, ni abogadas, ni médicas, ni contadoras, ni ingenieras.

Aires de liberación

La situación fue cambiando como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando muchas familias se vieron obligadas a emigrar hacia Buenos Aires. En la multitud de la gran ciudad descubrieron que podían desarrollar su vida sin el control “moralista” del vecindario y, además, era factible conseguir un puesto en las fábricas que estaban surgiendo. Ya no se sentían sujetas a los prejuicios sociales y se mantenían con recursos propios, cosa que les daba cierta independencia.

Las que quedaron en Rojas no dieron ese salto pero, poco a poco, las costumbres fueron evolucionando hacia el modelo de liberación femenina que se imponía en Europa y EEUU. En 1951 las rojenses no solo concurrieron a las urnas con los mismos derechos que los varones, sino que hasta consagraron a una de ellas como diputada nacional: Carmen Salaber de Montesinos, que –en la práctica- había sido una feminista desde siempre.

Ariel Labrada

Permitida la reproducción total o parcial del material aquí publicado, citando la fuente.
Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de los autores.
© CiudadRojas, enero de 2010.