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Historias de Rojas

 

1884

¡LLEGO EL FERROCARRIL!

En 1880 los productos de nuestra zona: bolsas de cereales, fardos de lana, barricas de grasa, etc. eran transportados en carretas que podían llevar no más de mil kilos y transitaban a la velocidad de treinta kilómetros por día (¡30 km x día!). Y viajar a Buenos Aires significaba hacerlo en una galera tirada por caballos hasta la estación de ferrocarril más cercana, que en alguna época era Luján y luego Pergamino. Por eso, la llegada del ferrocarril a Rojas fue uno de los acontecimientos más celebrados en nuestra historia lugareña. Adhelma Cuestas lo ha investigado a fondo y lo expone con esa calidad que la caracteriza.
Ariel Labrada - Director de la página "Historias de Rojas"

 

EL ENTREDICHO ENTRE JUAN G. MUÑOZ, INTENDENTE DE ROJAS
Y CARLOS D'AMICO, GOBERNADOR BONAERENSE

Escribe: Adhelma Leonor Sarmiento de Cuestas
alcuestas@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Había una vez un país muy grande, más largo que ancho, y que, precisamente por ser tan largo, dentro de él se abarcaban todos los climas, y una enorme variedad de tipos de suelo, eso sí, unos más favorecidos que otros.

Dentro de ese país bendecido por la gracia divina, existía una región muy poco poblada por el hombre. Más bien, poblada por una especie animal de carita inocente y de cuerpito cubierto de lana – (elemento que a esa especie le sirve como vestimenta para resistir el frío y el viento patagónico) – un animalito decía, que a ese otro animal llamado hombre, le resultaba de gran provecho.
¡Ah claro!, me estaba olvidando, pero seguro ustedes ya adivinaron de que país se trata, así que para que no haya dudas, vayamos al grano: estamos hablando de la República Argentina, y dentro de ella, de una región especial. Dije viento patagónico, ¿y donde sino en la Patagonia puede soplar ese viento?

La cuestión es que allá lejos y hace tiempo, digamos que en el siglo 19, parte de la Patagonia y un poco más arriba, es decir, grandes extensiones de tierra de este inmenso país que es el nuestro, despertaron la codicia de unos señores que tenían ganas de volverse ricos de un día para otro aprovechando las ovejas y vacas que pastaban inocentes por esos lares. Andando el tiempo, y demostrando ser tan buenos comerciantes como los antiguos fenicios, a semejante riqueza habrían de sacarle suculento provecho para beneficio propio.

Así fue como inventaron un nombre para esa parte del territorio argentino: DESIERTO; y si era desierto, es decir, si no estaba habitado por nadie, ¡qué mejor que adueñarse de esas tierras! ¡Pero...mentira!, no era todo desierto, había gente dispersa que lo poblaba, y que además, eran sus dueños legítimos porque hacía cientos de años que vivían en el mismo lugar donde habían nacido y vivido sus abuelos, y todos sus anteriores ancestros. Sí, es cierto, era gente poco conocida y que hablaba un idioma inentendible para el ejército de hombres blancos – los huincas – que de golpe y porrazo los invadieron impiadosamente y con aviesas intenciones.

Así, al mando de un general prepotente, se llevó a cabo lo que se conoce como “Campaña al desierto”. Y esa campaña fue feroz, a tal punto lo fue, que hubo un festín de orejas de indios. ¡Ah, cierto!: indios era la denominación de los dueños de esas tierras que ocupaban desde tiempos inmemoriales. El general prepotente, llamado Julio A. Roca, ideólogo y comandante de la “Campaña al desierto”, ofrecía esas tierras como regalo, y a quienes más orejas de indios traían, más hectáreas les correspondía. Bueno, esto luego de haber elegido para sí y para la plana mayor que lo secundaba, gran parte de las mejores tierras.

Esto que no es un cuento sino la pura verdad, sería una historia larga de narrar entre tantas guerras fratricidas que jalonan lo que, en definitiva, constituyó nuestra idiosincrasia, o lo que hoy día se conoce como el “ser nacional”. ¡Lástima que ese término haya sido tan vapuleado – y tan mansillado – por dictaduras militares que nos gobernaron en distintas épocas!

Pero... volvamos a la mentada “Campaña al desierto”. Luego de aquel reparto de tierras, y de otras luchas intestinas, surge, después de la batalla de Pavón, un nuevo modelo de país. Aquí es bueno recordar que en Rojas se constituyó el Cuartel General de las fuerzas de Buenos Aires que dieran el triunfo al general Bartolomé Mitre en esa contienda. Dicho triunfo lo lleva, en 1862, a ocupar la presidencia de la Nación, y es allí donde se echan las bases de un modelo político y económico que convertiría a la Argentina en el llamado “granero del mundo”.

Para consolidar ese modelo de país agroexportador, se pasó de la pampa húmeda a la pampa gringa, a raíz de que fuera poblada por las oleadas de inmigrantes arrojados de la vieja Europa por hambrunas y por guerras. Pero fue necesario algo más que poblar: requirió la construcción de redes ferroviarias que cruzarían esa pampa húmeda en forma de abanico, facilitando así el traslado hacia los puertos, de las materias primas a exportar que consistían en ganado y cereales.

En este viaje de la memoria ya estamos en 1884, y por fin llegamos a Rojas, situada en el corazón de esa ubérrima pampa húmeda, una de las tierras más ricas del mundo. (Al menos hasta ahora, en que la “maldición de la soja” como monocultivo, la pueda llegar a degradar, y al pasar del tiempo se convierta sólo en recuerdo de lo que fuera alguna vez).

Decía que por fin arribamos a Rojas ¿saben en qué? Pues, cómodamente sentados en un coche de pasajeros del ferrocarril Central Oeste que, desde Junín a Pergamino, y más tarde hasta Rosario, acaba de llegar al poblado que fuera la “Horqueta de Rojas”, luego de tres años del inicio de su construcción. ¡Caramba, esto merece un gran festejo! Con la llegada del ferrocarril, los grandes terratenientes de la zona ya tienen aseguradas grandes ganancias que habrá de proporcionarles la exportación de sus productos. Esto les permitirá, al igual que en otras zonas favorecidas por esta política, “invertir” esas fabulosas ganancias en el ir y venir en barco – con la mítica “vaca atada” – para disfrute bacanal en las capitales del mundo más admiradas, como lo eran París y Londres en aquellos tiempos.

Y ya que estamos investigando cosas del ayer en fuentes fidedignas, miremos un poco en el anunciado festejo de la llegada del ferrocarril a Rojas, cuya estación está situada en lo que hoy es la punta de la Avda. de Mayo, en su cruce con las Avenidas 3 de Febrero y Tormey. Y en este indiscreto pispear, descubrimos una jugosa anécdota de la historia pueblerina, digna de ser rescatada. Los invito pues a acompañarme, mejor dicho, acompañemos al Señor Intendente Juan G. Muñoz en un azaroso viaje a La Plata, realizado creo que en galera, y con cierto malhumor ante la perspectiva de una entrevista poco halagüeña. En efecto, tiempo antes, el Intendente le había escrito al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, señor Carlos D’Amico, solicitando su autorización para gastar 2.000 pesos nacionales (la moneda de esa época) en el gran festejo que quería hacer al arribo del primer tren, a la vez que lo invitaba a estar presente en ese acto trascendental para la vida del pueblo.

Al no recibir respuesta alguna, decidió ir personalmente a entrevistarse con el gobernador, quién, según lo cuenta un diario de la época, le respondió más o menos así: “Para recibir un gobernador no se necesita tanto fausto; en lo sucesivo, durante mi gobierno, en cuanto haya una inauguración, en todos los pueblos será igual. No quiero que se gaste dinero en fiestas, así que esos 2.000 nacionales que solicita, gástelos en edificar un juzgado”. El comentario del periódico La Verdad del 1ro de junio de 1884 dice en su Editorial que se adhiere a la postura del gobernador. Además, agrega que “No es lógico ni serio que un municipio como el de Rojas, que tiene su plaza convertida en corral hace cuatro años, que tiene un juzgado que no es una cárcel sino que más parece una choza, y tiene una Iglesia sin terminar, no puede ser que se gaste dinero en algo fatuo”. Continúa la editorial diciendo que “No comparte lo de gastar 2.000 nacionales en fiestas, es decir, en humo, porque al día siguiente ya no queda nada, ni siquiera el recuerdo de la fiesta”. Y termina con esta frase: “No importa que el dinero no alcance para una fiesta de magnificencia, es suficiente conque sea una fiesta sencilla, al alcance del pueblo, y para el pueblo”.

Finalmente, y a pesar de este entredicho entre el Intendente y el Gobernador, más la total adhesión del periódico local a la postura de este último, la fiesta de inauguración del Ferrocarril del Oeste se llevó a cabo en el mes de agosto de ese 1884. Parece que la cosa se resolvió así: el Directorio del ferrocarril – por supuesto de capitales ingleses por aquella época – donó 1.000 nacionales, a los que se agregó el producido de una colecta entre el vecindario, no se sabe cuanto, pero a juzgar por el festejo realizado debe haber sido considerable. La fiesta, a la que concurrió el aparentemente arisco gobernador D’Amico, se hizo en el único hotel conque contaba entonces el pueblo.

Y por lo visto, no fue un festejo a lo pobre. En ese viejo periódico, muy roto y comido en parte por ratas y lauchas, se puede leer algo del menú preparado para el festejo en cuestión, así que sigamos pispeando. El hotel (cuyo nombre no alcanza a leerse en el deteriorado periódico) tiene un gran salón con piso de pinotea convenientemente encerado, donde aquellas damas “bien” lucen con elegancia sus largos vestidos con lazos, puntillas y miriñaque. La mayoría asiste acompañada por distinguidos caballeros – maridos, padres o hermanos - vestidos con la clásica levita. Toda esta concurrencia conforma la élite del viejo Rojas, constituida en su mayoría por los dueños de grandes estancias a las que concurren de vez en cuando, ya que su residencia habitual son los palacetes de la Avda. Callao, o de la Avda. Alvear en la Capital Federal. Pero para darle visos de festejo popular, también asiste gente más modesta – pequeños comerciantes algunos - que se deleita con aquellos manjares que tal vez pocas veces puede comer en su casa.

¿Y si compartimos nosotros también algunos de aquellos platos, preparados por expertas y prolijas cocineras que entonces abundaban? Transcriptos del periódico ya mencionado, lectores, los invito a relamerse con: “bayonesa de pollo, jamón glasé, pecho relleno a la lora, salchichón de Génova, mortadela de Bolonia, ensalada rusa, pescado francochado con salsa verde, gallina rellena. Después la lista del menú sigue con asado, pavos, lechón y cordero, matambre relleno, mulita y peludo a la criolla, niños envueltos a la catalana. ¡Ajá, pavada de comidas! Después vienen los postres: mazamorra a la inglesa, ramilletes de almendras, crema bercilé, bizcochos con sambayón, crema de chocolate, crema a la vainilla, budín de naranja, dulce de zapallo en almíbar, huevos quimbo en almíbar y yema quemada. ¡Caramba, glup, glup, glup, llegaron los vinos, y qué vinos!: blancos Sauternes, Burdeos, Priorato, Chateaux Margaux, Oporto, Madeira, Champagne, Asti espumante, Amargo, Jerez, Ron, Whisky”.

Bueno, luego de asistir a semejante menú, pienso que lo de fiesta modesta y popular, fue sólo una expresión de deseos, superada por un deseo mayor: festejar con bombos y platillos la llegada de los rieles, que aseguraría fabulosas ganancias a los terratenientes locales, al tener acceso directo a los puertos de Rosario y Buenos Aires. Por ellos, exportarían sus cereales y sus carnes, productos que tal vez apenas si llegaban a las modestas mesas de los trabajadores de sus campos de aquellos tiempos. Tiempos “de vacas gordas y peones flacos”, al decir de un reconocido hombre político que a mediados del siglo 20 cambió la historia del país.

Por otra parte, debo confesar que no pude averiguar cuanto tiempo después se arregló la “plaza convertida en corral”, ni tampoco “el juzgado que parecía una choza”. Sé, en cambio, que los devotos rojenses de aquellos tiempos, hicieron buenas donaciones para levantar una Iglesia acorde a la feligresía que asistía a la casa de Dios. Misas y casamientos rimbombantes eran una ocasión especial para lucir joyas y ropas lujosas: encajes de Bruselas o sedas importadas de París, que destacaban la elegancia de aquellas damas de apellidos con lustre (apellidos algunos, que todavía resuenan)

En fin, luego de la “simpática” historia de este entredicho, y también si podemos decir, luego de la “actualizada” recordación de tiempos políticos-económicos no totalmente superados, hemos llegado al punto final que exige toda historia.

Adhelma Leonor Sarmiento de Cuestas
2do. Premio del Concurso Literario
organizado por Clyfer año 2011

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© CiudadRojas, enero de 2010.