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Historias de Rojas

1940-1950

VIDA DE PUEBLO

Escribe: Adolfo Crosetti
adolfocrosetti@gmail.com

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Carabelas, ubicado en el partido de Rojas, con 2 mil habitantes era un típico pueblo de la campaña bonaerense, en la primera mitad del siglo XX, sin fábricas, sin rutas, la vida del pueblo dependía directa o indirectamente de la actividad agricola-ganadera, el ferrocarril de trocha angosta que unía las ciudades de Vedia y Pergamino y contaba en su trayecto (en la zona), las estaciones de Ferré, Carabelas y Pinzón. En cada estación había elevadores con galpón para depósito de bolsas de cereales, y contaban con amplios espacios libres para el tendido de cereal húmedo, que se secaba al sol. Contaban también con corrales y embarcadero para hacienda. Los martes y viernes corría el tren de pasajeros y encomiendas. A las 8:15 pasaba con destino a Pergamino y haciendo el trayecto inverso, pasada por Carabelas a las 16.

La llegada del tren motivaba que el andén de la estación estuviera repleto. Símbolo del orden era el infaltable agente de policía, conocido y saludado por todos. Con estridentes pitadas y gruesas humaredas, bufando vapores de rutina y cansancio, llegaba el tren, que era recibido por el jefe de la estación en primera línea, familiares o amigos que esperaban al viajero, comerciantes que recibían mercaderías, la infaltable Doña Carola, único personal de la estafeta del correo, quien iba por la correspondencia y las encomiendas en sulky. Completaba el paisaje don Mellia, quien con una típica zorrita de campo - de hierro con la estructura de madera- con un caballo de tiro, esperaba las encomiendas para su distribución. Mellia trabajana también para los carniceros llevando las reses del matadero de campo a la carniceria. Todo el proceso a cielo abierto, algo común. Mellia estaba contento, con la carga de su joroba, de toda su pobreza, habia formado una familia y construido con sus manos una modesta casa de material, a la entrada del pueblo y pintada de blanco.

En los pueblos también pasaban cosas tristes. Como un balde de agua fria cayó la noticia de que hubo un homicidio como resultante de una disputa personal,. Al otro día pasó el cortejo fúnebre.

La escultura de cuatro rostros de negros africanos soportando con su cabezas la cúpula del coche que metía miedo. Cuando el cortejo pasó frente a la escuela justo en el segundo recreo se produce un silencio total. Roto por el llanto de una niña, que pocos días antes había enterrado a su padre y asociaba ambas ceremonias. Una maestra llamada Elena Castañón, que tenia un carácter severo, la abrazo fuertemente. Se dio la paradoja que la lección de ese día no la recibimos en el aula sino en el recreo. Silencio y respeto ante la muerte. Dar consuelo al que lo precisa.

Adolfo Crosetti
Junio de 2013

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© CiudadRojas, enero de 2010.