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Historias de Rojas

1000-1860

EL ORIGEN DE LOS MALONES

Escribe: Ariel Labrada

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Como es harto sabido, el continente americano estaba poblado antes de que llegara Colón. Los pueblos originarios que el Gran Almirante denominó “indios” (porque creía haber llegado a Asia) tenían muy distinto grado de desarrollo. Los aztecas, mayas e incas eran pueblos cultivadores que habían desarrollado sus conocimientos en astronomía, agricultura y matemáticas. Fabricaban telas y objetos de cerámica. Trabajaban metales como la plata y el oro. Los mayas tenían un sistema de escritura y numeración. Los aztecas un calendario de mucha precisión. Los incas una organización social con graneros como previsión para épocas de malas cosechas y atención a vidas y huérfanos. Las construcciones con piedra que hicieron, asombran en la actualidad. En Tical (Guatemala) una torre tan alta como el obelisco de Buenos Aires; en Machu Picchu una ciudad considerada como una de las maravillas de época moderna, etc.

Los que andaban en nuestra zona antes de la llegada de los españoles, genéricamente denominados “pampas” estaban muy lejos de esos avances. Eran nómades que recorrían la Pampa en busca de la caza, y la pesca que les permitiera sobrevivir. También recolectaban frutos, huevos y raíces alimentarias como la mandioca. El Río Rojas, el Saladillo, el Arroyo Dulce les proveía del agua imprescindible para la vida. Los manantiales que suelen encontrarse en sus márgenes, les brindaban líquido fresco y puro.

No hacían alfarería ni hilaban. Andaban desnudos o tapados con cueros. Vivían en chozas construidas con unos palos cruzados cubiertos con cueros. Sus armas: boleadoras, lanzas, arcos y flechas les servían tanto para la caza como para defenderse del ataque de alguna tribu enemiga.

Vivían en comunidad, presidida por un cacique. No tenían la más mínima noción de lo que es la propiedad privada. La tierra era solo para transitar y no había ningún interés en apropiarse de ella. Lo que se cazaba era para alimentar a toda la tribu.

Caballos y vacas transformaron la situación

En 1535 la expedición de Pedro de Mendoza trajo caballos que, años después, fueron abandonados cuando los habitantes de la Buenos Aires de la primera fundación se vieron obligados a emigrar en barcos, para salvar sus vidas.

Entre 1551 y 1570 entraron vacunos, traídos por distintos colonizadores desde Chile, Perú y Paraguay. Estos animales, al encontrarse en plena libertad en una zona rica en pastos y aguadas, se multiplicaron rápidamente.

Apareció así una rica fuente de alimentos para los seres humanos que deambulaban por nuestra zona, sin alterar la idea de que no había propiedad privada, por lo que los animales que se cazaban servían para que comiera toda la tribu y sus cueros magníficos elementos para protegerse de las inclemencias tiempo.

Habían observado que los españoles utilizaban el caballo como medio de transporte y los imitaron, pero con un concepto más acorde con la naturaleza. Los domesticaban con mucha paciencia y afecto. No los domaban a latigazos, sino que los ganaban en el trato diario a tal punto de que –en el siglo XVII- no se concebía un “indio” sin su caballo. Los montaban “en pelo”, es decir sin montura, y podían lanzarse a toda velocidad para cazar un ñandú, otro caballo o un vacuno.

A la par de ellos había hombres blancos que también cazaban a los vacunos para sacarle el cuero, las cerdas y la grasa. Comían algún pedazo y dejaban abandonado el resto. La grasa era materia prima que vendían para fabricar jabón y los cueros y cerdas tenían distintos usos, inclusive para la exportación. En el siglo XVII la fauna era tan abundante que no había disputa con los naturales del país. Inclusive las estancias hacían rodeo de animales salvajes para incorporarlos a su dominio. Alcanzaba para todos. Pero el paso de los años y el consiguiente aumento de la cacería, hicieron que comenzara a escasear la hacienda y la cosa ya no fue tan pacífica.

Los enfrentamientos

Las autoridades de la colonia, luego Virreynato del Río de la Plata, concedían leguas de campo a sus allegados, con el nombre de “mercedes reales”. Los jefes de los fortines solían obtener ese beneficio como fue, en nuestro caso, las tierras donde se hizo la Estancia Miraflores concedidas al comandante Carrasco. Así, en el siglo XVIII, nació la propiedad privada de la tierra en nuestra zona y sus dueños se dedicaron a la cría de ganado pero, como no había alambrados, se marcaba a fuego la hacienda para identificar la propiedad del animal.

Pero los pueblos originarios, ajenos a la idea de propiedad privada, ignoraban el significado de aquellas marcas y cazaban por igual al ganado cimarrón (es decir, salvaje) que a los marcados, con el consiguiente odio de los estancieros que, en lo sucesivo, jugarían todas sus influencias para que las autoridades militares alejaran de su zona a los naturales, cosa que se cumplió sin el menor prurito de hacer correr sangre para lograr ese objetivo. En la época del Virrey Vértiz había una orden de pasar a deguello todo “indio” que se encontrara por nuestra zona.

Se inicia así una guerra despiadada que va a caracterizar un período de nuestra historia. Las tribus pequeñas no tenían otra alternativa que migrar a tierras menos fértiles, pero las grandes reaccionaron con malones que comenzaron con afán de venganza (en lengua mapuche, “malón” significa “retribución de atenciones”) o defensa de su territorio. Pero, tiempo después, lo utilizaron como fuente de ingresos llevándose animales, bebidas, armas y todo lo que les pudiera ser de utilidad, como así también cautivas que algunas veces se liberaban a cambio de un rescate. Los vacunos los vendían en Chile donde se cotizaban tres veces más que en nuestra zona.

Grupos de cienos o miles de “indios” arremetían a los gritos creando el terror en las estancias y poblados, matando a los hombres que se les cruzaran. En 1820 la vecina ciudad de Salto sufrió una invasión que estaba compuesta por dos mil nativos y se llevaron doscientos cautivos.


“El Malón”, cuadro de Mauricio Rugendas

Los mapuches

Los pueblos originarios, en Chile, habían sido arrastrados por los conquistadores españoles hasta el sur del río Bio Bio, pero mantuvieron una fuerte resistencia que prosiguió contra los gobiernos criollos. Son épicas las batallas que encabezaron los caciques Caupoliocán y Lautaro con aguerridas y bien organizadas tropas. De todas maneras, la presión de los ejércitos blancos hizo que muchos optaran por cruzar la cordillera e ingresaran a la República Argentina. Un caso que nos toca de cerca es el de Ignacio Coliqueo, nacido en 1786 en la localidad de Huincul, provincia de Temuco (Chile) que ingresó con otros nativos en la pampa argentina, radicándose primero en Salinas Grandes (entre las provincias de La Pampa y Buenos Aires), luego en la zona de Carhué. Posteriormente pasó con su tribu a Rojas y poco después se estableció en los márgenes de la laguna Mar Chiquita (Junín). En 1857 invadió Pergamino llevándose 40.000 cabezas de ganado. Finalmente se radicaron en la zona del hoy partido de Gral. Viamonte, que pasó a denominarse Los Toldos. Se afincaron en 5.000 hectáreas que les fueron otorgadas por el Gral. Bartolomé Mitre, desde la presidencia de la Nación, por el importante aporte que hicieron para la batalla de Pavón. A partir de ese momento, su tribu -ahora sometida al gobierno nacional- no significó un peligro para los blancos.

Volviendo al tema general, cabe apuntar que los mapuches estaban más desarrollados que los naturales de nuestra zona a los cuales absorbieron. Sabían hilar y tejer regios ponchos, trabajaban la plata y muy especialmente eran hábiles en la guerra ya que traían una fuerte experiencia de su lugar de origen. Esto último lo utilizaron no solo en enfrentamientos contra los soldados de los fortines, sino también en las guerras civiles (1820-1852) acoplándose a uno u otro bando, según las circunstancias.

Una situación compleja

La llegada de las tribus chilenas vigorizó los malones, pero también se sumaron muchos “cristianos”. Eran desertores de los fortines. La vida en el ejército de frontera era muy dura (lo refleja muy bien Martín Fierro) y, si un soldado la abandonaba, estaba condenado a pena de muerte. En consecuencia, la única alternativa era refugiarse en alguna tribu.

Pero también había jefes militares de alto grado, desplazados políticamente, como el que fuera Director Supremo de Chile José Miguel Carrera que, en 1820, capitaneó la invasión a Salto con 2000 hombres de la tribu de Yanquetruz y el coronel Manuel Baigorria que, al ser vencidas las fuerzas de Lavalle a las que pertenecía, se refugió entre los ranqueles y en 1838 encabezó un malón que saqueó varias estancias de Rojas.

Así, esta lucha que se había iniciado porque los pueblos primitivos no tenían noción de la propiedad privada y sólo pretendían conseguir alimentos, se convirtió en un maremágnum de saqueos, secuestros, muertes, destrucción y negocios.

El final del drama

El último malón que entró en nuestra zona fue en 1859, destruyó el Fortín Mercedes que estaba abandonado, burló la vigilancia de las tropas acantonadas en Loma Negra, e ingresó a la estancia de Cano.

Podemos estimar que, en el partido de Rojas, la cruenta lucha que he cronicado ligeramente, duró unos noventa años (1770-1859).

Ariel Labrada
Junio de 2013

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© CiudadRojas, enero de 2010.