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Historias de Rojas

La lectura de la narración de Jorge Alessandro “El monumento a San Martín” que está publicada en este sitio web, trajo a la memoria de Juan Bethular el asombro y la emoción que le provocó ser testigo presencial de un hecho con categoría de acontecimiento por lo desacostumbrado. Nunca se había hecho en nuestro medio y tampoco se repitió después.

1953

LA EMOCIÓN DE UN JOVEN QUE VIO NACER A UNA ESTATUA

Escribe: Juan Bethular
juan.bethular@opcionestelmex.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

A Jorge Alessandro.

He leído tus notas y rememorado cada suceso que ellas describen, los vividos y los que los relatos familiares me hicieron vivir. Pero hoy Ariel Labrada me hace conocer lo que escribiste sobre el Monumento y un malón de flashes me puso incandescente todas las neuronas que tiempo y uso han decidido respetar. Es que el monumento fue realmente un acontecimiento destacado. Recuerdo que Pergamino aún no tenía una escultura emblema como para competir con él. Mirado a la distancia, qué poco necesitábamos para exaltar el orgullo lugareño y cuánta carencia de sentido común al buscar diferencias en vez de construir lazos para pialar y carnear juntos.

Repasando tus líneas me volví a ver sentado en el banco de la rotonda que remataba la diagonal al Banco Nación a escasos metros del basamento, presumo que a media tarde, mirando absorto la para mí desconocida tecnología de una grúa que depositó el caballo en el pedestal. Si, solo el caballo con las botas del General estribando largo. Un operario de overol se introdujo en él una, dos, muchas veces, alternando desapariciones con búsquedas de elementos que le alcanzaban ayudantes. Era tan insólito el espectáculo que vivía, que comencé a pensar en la posibilidad de que el escultor hubiera reemplazado el tradicional equino por un camélido y éste estaba rumiando al instalador.

Al fin la sujeción se completó, de lo que da crédito su persistencia al cabo de doce lustros, sobrevino la etapa sorprendente, inimaginable, insólita. La grúa comenzó a moverse desde la esquina del Banco Provincia portando cabeza y torso de Don Josè, con su brazo extendido. Era una visión asombrosamente increíble, San Martín volando al tiempo que la amarra permitía un giro constante y su dedo diseñado para señalar el occidente flotaba sobre toda la ciudad como dibujando una alegoría de inclusión y dedicatoria a todos los rojenses. Finalmente llegó a su destino, encajó en el hueco tan perfectamente que no se percibía la unión, el de overol lo fijó no recuerdo cómo y allí quedó el yapeyueño para darnos hoy motivo y ánimo para la disquisición.

Había sido un hito en el que había participado, pasivo testigo de cómo la técnica divide para asegurar uniones, asombrado espectador de un fenómeno que se grabó profundo en mi memoria y que tu página rescató.

Mi nieto mayor tiene hoy casi la misma edad que yo en el banco de la plaza. Cultivo afanosamente su relación tratando que mis experiencias le sean útiles; le estaba comentando la serie de artículos sobre Rojas y cómo cada uno de ellos me hacía pisar terreno conocido, personajes familiares y propias actuaciones. Le contaba el episodio del monumento con todo el detalle que mi memoria proporcionaba, respondía a sus preguntas sin poder sortear los obstáculos de detalles olvidados –por ejemplo: ¿porqué estabas solo?- y ese esfuerzo me hizo revivir el momento y agregar un elemento postergado. El último acto del armado de la estatua, casi previo al saludo final y al aplauso, fue el ensamble de la cola sin cuyo contrapeso el balance estructural sería una ilusión. Esto es el milagro mnemónico que tu idea provoca. Muchas gracias “Historias...”.

Juan Bethular
Agosto de 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.