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Historias de Rojas

 

1950

EL DOMADOR DE CHANCHOS

Por Bernardo Sheridan
ynrab44@yahoo.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Ubaldo, hermano menor de mi madre, era ingeniero y trabajó algunos años en Europa. En base a esa experiencia decía que el obrero argentino aprendía muy rápidamente su trabajo y tenía una gran capacidad de adaptación. Su opinión era que, en ese aspecto, superaba ampliamente al obrero europeo.

Este tío mío tuvo en Colón una pequeña-mediana empresa de base agropecuaria que incluía agricultura, ganadería y tambo. Complementaba la producción de leche con una pequeña fábrica de quesos en el pueblo. Para todo eso se necesitaba personal de distintos tipos.

Un día empleó a Casiano Carrazán, proveniente del Gran Buenos Aires, que ostentaba un pasado de trabajo en las más variadas tareas. Además era muy creativo y se animaba a hacer cualquier cosa. En la empresa de mi tío actuaba como “líbero” del equipo y se desempeñaba indistintamente en la agricultura, la ganadería, en el tambo, arreglando un molino o alambrados, haciendo reparaciones de albañilería, o trabajando en la fábrica de quesos.

Cuando mi madre iba a la casa del pueblo, Ubaldo, su hermano menor, la visitaba todos los días. Si una canilla perdía o un aparato eléctrico no andaba tío Ubaldo mandaba a Carrazán y éste solucionaba el problema.

Mi tío era un hombre de muchas inquietudes por lo que participó en diversas instituciones. Por ejemplo el Centro de Productores Independientes (que luego se transformó en la Sociedad Rural de Colón) o la Cooperativa Ganadera. En el modesto origen de estas instituciones los socios fundadores se reunían a trabajar personalmente construyendo las instalaciones. Cuando Ubaldo no podía concurrir personalmente enviaba a Carrazán quien realizaba allí cualquier tipo de tareas y confraternizaba con los socios de la institución.

El conocimiento que teníamos de Carrazán motivó que, en determinado momento, éste pasara a ser peón de mi suegro, quien lo instaló en su campo de Hughes. No hubo ningún conflicto con mi tío, la relación siguió siendo excelente. Sospecho que a Carrazán le gustaba cambiar de lugar de vez en cuando.

Lo primero que hizo en el campo de Hughes fue adiestrar al perro. El can entendía perfectamente lo que le decía: -“Traeme el caballo”- y el perro salía a buscar al “nochero”. Este caballo era manso pero se divertía dando trabajo para ser agarrado. Cuando se le iba a poner el freno corría hacia la otra punta del lote y esperaba, mirando a su frustrado captor. Cuando se llegaba hasta él corría otro trecho y se quedaba esperando. Hacía perder un buen tiempo cada vez.

El perro, adiestrado por Carrazán, se ubicaba levemente detrás y al costado del caballo y lo arreaba en dirección paralela al alambrado. Si el caballo intentaba abrirse del camino que el perro le trazaba, unos mordiscos en las patas lo disuadían. Y así llegaba hasta donde el hombre lo esperaba freno en mano.

El loro también fue influenciado por Carrazán. Amplió su vocabulario incorporando muchas palabras, algunas pintorescas. El bicharraco demostraba
mucho afecto hacia su instructor subiéndose a su hombro o parándose en el brazo.

Pero lo asombroso fue el manejo que Carrazán hacía de los cerdos. Estos animales se caracterizan por hacer lo que quieren, siempre distinto a lo que le mandan.

Cuando hice el Servicio Militar los “conscriptos viejos” (los que salían en la última baja) se caracterizaban por ser mañeros. Aparentando hacer lo que le ordenaban no hacían nada o lo contrario de lo que debían hacer. Los suboficiales se quejaban –“Son como los chanchos”- decían. Por que este animal se caracteriza por ser mañero.

Justifico al lector que no crea lo que les voy a contar. Si yo no lo hubiera visto tampoco lo creería.

Carrazán había adiestrado a los cerdos. Estaban sueltos en un lote y los llamaba a la hora de la ración en el corral. Allí se alineaban en semicírculo mirando ansiosamente al hombre que, pausadamente, iba descargando la carretilla haciendo una línea de alimento en el piso. En vez de lanzarse sobre la comida, como lo hacen todos los chanchos del mundo, gruñían impacientes a la espera del permiso. Si algún cerdo hacía ademán de adelantarse Carrazán le decía al perro -“A ese”- y el can , con un mordisco en la trompa, volvía a su lugar al rebelde..

Una vez distribuido el alimento, el hombre se plantaba frente a la piara en una actitud semejante a la de un oficial frente a su tropa. Después, pausadamente, salía del corral con su carretilla y desde fuera del alambrado los mantenía en la posición con la mirada. Luego, levantando los brazos, le decía – “¡ Ahora!”- y los cerdos recién se lanzaban sobre la comida.

Llegó un día en que Carrazán anunció que se iba, pretextando razones de salud. Mis suegros lo llevaron hasta su casa ubicada en un barrio humilde del Gran Buenos Aires. El hombre tenía esposa y, por lo menos, una hija, pero andaba sólo de trabajo en trabajo. Sospecho que estaba algo “tiroteado” con su familia, sin llegar a la ruptura.

Un día, no recuerdo por qué vía nos llegó la noticia de que Carrazán había muerto. Nos invadió una gran tristeza. Era un hombre que establecía una afectuosa relación con los empleadores y sus familias.

Unos pocos años después sonó el timbre en la casa de mi tío. Era Casiano Carrazán, elegantemente vestido, que venía a saludarlo. No había muerto. Lo traía su nuevo patrón, cuya apariencia y auto evidenciaban solvencia económica. Este hombre esperó pacientemente a que su empleado conversara con el antiguo patrón y después ambos se fueron.

Hasta ahora no supimos más de Carrazán. Sería razonable, por la edad que tendría ahora, pensar que ha fallecido. Los otros personajes de esta historia: mi tío, mi madre y mi suegro hace tiempo que nos dejaron. Sin embargo no descarto que algún día reaparezca Casiano con su magia.

Bernardo Sheridan
Setiembre de 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.