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Historias de Rojas

 

1850 - 2000

ESTANCIA “LA LIBERTAD”

Escribe: Alejandro Elcoro
aelcoro@hotmail.com

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

“La Libertad” se encuentra entre Rojas y Junín, por el camino viejo que une estas ciudades y a la misma distancia de una y de la otra. Entiendo que la población original está allí desde mediados del siglo XIX, de manera que podemos pensar que era el paso obligado entre los fortines de la Horqueta y Federación, sobre la llamada línea de frontera. Su casco, algo más de cuarenta hectáreas, se recuesta sobre el rincón que forma el deslinde de los dos partidos con el camino y el ferrocarril. En su época de esplendor, “La Libertad” supo tener hasta una legua de campo. Con el tiempo, sucesivas administraciones, herencias y subdivisiones, juicios sucesorios, devaluaciones e impuestazos, inundaciones y otras vueltas de la fortuna, fueron reduciendo su superficie, a menos de la mitad.

Hasta donde tengo noticias y según me llegó por tradición oral, los primeros dueños fueron de la familia Domínguez, de Junín. Tenían en la sala un grabado sobre la Revolución Francesa, titulado “La Liberté”, y de ahí le vino el nombre al campo.

Después había pertenecido a la familia Tomkinson Ugarte, y se cuenta que entonces el tren paraba frente a la entrada del casco. El propietario murió trágicamente en Buenos Aires; y su campo quedó abandonado algunos años, al cuidado de un tal Ríos, que sería el encargado o el capataz. Una hija de los Tomkinson Ugarte fue la poeta Magdalena Harriague, en cuyos libros pueden rastrearse las impresiones que su infancia en el campo ha dejado en su memoria.

Veamos en algunos de sus versos, las reminiscencias de estos temas:

“Aún caminan antepasados
erguidos en la maravilla de muertes muy solemnes”
(Enumeración en una estancia).

“Porque diste vuelta la espalda
y comenzaste a caminar hacia otros lados,
tu suelo crece afuera de tu sangre.
Y lo andan extranjeros con perros muy altos
desapegados a la insistencia de tu sombra.
… y la casa
se ha quedado con los trazos que tú le dejaste:
circuída de calles, como la muerte.”
(Retablo para mi padre).

Los “extranjeros”, descuento que se refiere a los Zitzke, de quienes la autora tendría noticias, y que efectivamente tenían grandes perros.

Luego, hay una anécdota que nos contaba mi padre, y que se la había contado a él la misma Magdalena Harriague, claro que después de muchos años. Estaba ella de vacaciones en Córdoba, siendo una adolescente, y soñó que en “La Libertad” se había caído una tipa, que ella amaba especialmente, a causa de una tormenta. De vuelta a Buenos Aires, le pidió a su chofer que se desviara, para pasar por la estancia que había sido de su familia, y comprobó que el árbol de verdad se había caído. Ecos de este tema también pueden hallarse en otro poema suyo:

“Tal vez le estamos devolviendo el sitio que ocupaba,
y de nuestros ademanes
se desprendan sus hojas de ahora,
y sus raíces bajo la sangre
nos suban al rostro los días amados,
o nos renueven algún verano,
algún temblor de lluvia subido a la eternidad.”
(Un árbol permanece).

Hacia fines de los años veinte la compró Karl Zitzke, bisabuelo. (Cómo llegó y se quedó en la Argentina este hombre, nacido cerca de Hamburgo, luterano, es parte de una novela; pero ésa es otra historia. Lo cierto es que llegó sin nada, trabajó para los Hasenclever, que tenían algo así como la ferretería alemana, se relacionó y se asoció a ellos, y salió adelante. A su muerte, se encontraron el collarín y el mandil propios de la masonería, al parecer de alto grado.) El nuevo dueño amplió la casa, parquizó el casco y puso los plátanos de la avenida, y fue añadiendo parcelas de campo aledañas. Llegó a tener lo que se decía una legua de campo, que equivale a unas 2.500 hectáreas. Entre puestos y chacras, había seis lotes con edificaciones, de los cuales quedan en pie sólo dos.

La casa había quedado abandonada. Yo me imagino mudos relojes, telas de araña, olvidados almanaques y algún vidrio roto. Mi bisabuelo mandó empacar las pertenencias personales de la viuda, y le mandó todo a Buenos Aires.

Don Ríos, el encargado que había quedado de antes, tenía su casa sobre el camino de la entrada general. Uno de sus hijos fue Atilio, que se jubiló en esa misma casa, que ahora es la nuestra. En su parte trasera se guardaban el tractor y la camioneta, en lo que hoy se ha convertido en una sala de estar. Atilio había sido resero, y se casó con Ester Quiroga; ella trabajaba en la cocina, y lo hacía de un modo que el tiempo no ha podido borrar. Había un antecocina, donde comíamos los chicos, con los hijos de los Ríos, nuestros primos Pusso, más los Hileret y otros amigos o hijos de invitados, y él presidía la mesa, nos contaba anécdotas de su pasado, mantenía el orden de toda esa muchachada, y jamás nos levantó la voz. Nosotros lo requeríamos para fabricar ondas y trampas, agarrar algún caballo redomón, o para cualquier invento estrafalario de nuestros juegos. Entre otras cosas nos enseñó a usar herramientas y a reparar las bicicletas, a tusar, afilar y cuerear. Yo siempre le tuve inclinación, así como mi hermano Javier se apadrinó con el viejo Noguera. Una noche, en un asado que festejaría algún cumpleaños de enero, lo vi a Atilio bailar con su mujer una milonga, que fue la danza más elegante y sensual que creo haber visto en mi vida. (Años más tarde, llegaríamos a ser entreparientes, pero ésa también es otra historia.) Atilio Ríos era un criollo de ley, muy hábil en frases de doble sentido, llenas de malicia: a un paisano medio borrachín, oí que le decía una mañana: -Amaneció fresco hoy, eh. –Era un notable observador de los pájaros, y también un eximio asador. ¡La pucha, quién pudiera hacer volver esos años idos!

El campo era para la familia Zitzke el lugar de encuentro en los veranos, porque parece que en Buenos Aires mucho no se visitaban; de manera que es el paraíso de los buenos recuerdos, para quienes eran entonces los chicos, y descuento que también para sus padres.
Al principio, esos chicos –mi tío, mi madre, con algún grande- iban en un breque o un charré a bañarse en un tanque australiano, que estaba del otro lado de la vía. En los años cuarenta se hizo una pileta, que hacia un lado se comunica con un mirador, y que al otro, abajo, tiene una pérgola (o una glorieta, no sé bien) donde imagino que los bisabuelos se sentaban a tomar el té. En nuestra infancia no recuerdo que se los usara, pero del chalet llevaban a la pileta unas jarras enormes de mate cocido frío, con unos escones calentitos, que eran la delicia de los chicos y de los grandes también. Entre la pileta y la casa grande hay un estanque de piedra, con un macizo de plantas y una estatua en su orilla, y una pequeña cueva en su interior, donde he visto, hace tiempo, que nadaban peces de color naranja.

Eran otras épocas. En la mesa del desayuno se debía hablar en inglés y a la noche se iba a la mesa con saco y corbata. Los chicos nos quedábamos de pie, detrás de las sillas, hasta que nuestra madre se sentaba a la mesa. Los horarios eran rigurosísimos. En una ocasión entró a trabajar una chica que se llamaba Helena, y como su nombre era igual al de la patrona, la nombraban María. Las empleadas no podían usar tacos, porque a mi abuelo le molestaba el ruido que hacían al caminar. Entre ellos, sus cosas privadas las hablaban en alemán, y lo hacen hasta el día de hoy mi madre y su hermano. Pero nuestra madre quiso otra vida para nosotros: no nos enseñó alemán y se casó con un descendiente de español; nos mandaron a colegios del estado y nos criaron en la fe católica. Y estoy seguro de que hicieron bien.

Zitzke estaba casado con Elena Strassburger –ambos alemanes- y tuvieron un hijo, llamado Carlos Guillermo; éste a su vez se casó con Anita Stocker –descendiente de alemanes- de los cuales nacieron Ronaldo, casado con Áurea Queralt Oliveira César –descendiente de catalanes y criollos patricios-, padres de Verónica, Carlos Eugenio y Carolina; y Dagmar, que se casó con Valentín Elcoro Salaberry –descendiente de vascos euskeras y de vascos acriollados-, de quienes nacimos Javier, Fabián y yo.

En los años cincuenta -cuando los chicos éramos los Elcoro, porque los Zitzke de esta generación no habían nacido todavía- mi abuela Anita le regaló a mi padre un piano Blüthner de media cola, que se instaló en el escritorio. Años después, en las tardes de otoño y de invierno, la familia y los invitados nos reuníamos ahí, y mi padre interpretaba a Bach, a Scarlatti, a los románticos alemanes, a Debussy y Ravel, a Lizst y Brahms, y a su amado Chopin. Mi abuela cantaba arias de operetas vienesas, mi madre nos leía “Allá lejos y hace tiempo”, a Macedonio Fernández y “Adán Buenosayres”… -y nosotros sentíamos que eso era lo normal, y que duraría para siempre.

Para esa época, durante la administración de don Ignacio Zuberbühler, se renovó el parque con especies exóticas (como cedros, ginkgos, celtis y robles de los pantanos), se hizo una pista de aviación, y en los bajos del campo se implantaron unos siete u ocho montes de eucaliptus y fresnos.

Cuenta mi padre que había tres empleados para mantener el parque. El quintero traía todas las mañanas frutas y verduras frescas, y canastas cargadas de flores. Había también una cremería (el edificio se conserva) donde se producían lácteos para el consumo; y también un larguísimo gallinero, que según yo lo conocí, servía para guardar cosas viejas. Las calles del casco se barrían todos los días con hojas de palmera, y a los chicos nos tenían prohibido pasar a caballo por ellas.
Que yo sepa, había dos tanques subterráneos: uno para gas-oil y el otro para nafta. El surtidor sigue en pie, con la forma de la Shell. Conservo una carta de Carlos abuelo (que estaba de viaje) a don Bernardo Fay (su encargado y su amigo), en la cual le dice –en inglés- que fuera acopiando combustible de a poco, de modo que no llamara la atención, porque le habían dicho que iba a escasear. Bebían fuerte los dos y hablaban en inglés. ¡Qué lindo país sería ése, cuando en épocas de la Segunda Guerra, un “alemán” –que había nacido acá- y un “inglés” –que sería irlandés, supongo- podían ser buenos amigos!

Mi abuela Stocker (a la que decíamos “Ama”, para diferenciarla de su madre, que era “Oma”) había reunido una importante biblioteca de temas criollos. Yo estimo que para entonces, los “extranjeros con perros muy altos” ya consideraban a esta tierra como propia. Con Oliverio Girondo habrán sentido que:

A veces soledad, otras silencio,
pero ante todo, campo: padre nuestro.

II

Hay en el corazón de “La Libertad” una cañada, con una laguna de agua permanente, que es una maravilla de diversidad biológica. La hemos visto con garzas, flamencos, cisnes de cuello negro, halconcitos peregrinos y teros reales, gallinetas, cuervillos y patos sirirís. A veces pasa, altísima, una pareja de chajáes; a veces se posa alguna cigüeña; a veces, de a dos o de a tres, unas aves a las que llaman ibis, que van a las puntas de los árboles. Ahí vi, por única vez, una bandada de coscorobas, y también a la garza bruja. Entre los pastizales, alguna vez se oía silbar a las martinetas. Como está a mitad camino entre Rojas y Junín, a mí se me hace que era el lugar obligado para los viajeros de antes, y creo que sería un lugar fructífero para hacer arqueología de campo. Actualmente hay un mangrullo que permite una vista grandiosa del horizonte.

Había un galpón, donde se guardaban coches de caballos, aperos, bolsas y esas cosas, y que contaba con habitaciones para los empleados solteros, con sus respectivas duchas. Esto no sería usual en la época, porque recibió un premio del Ministerio de Trabajo.
Había un tinglado, donde se bañaba y se daba de comer a los toros de raza. Actualmente es taller, monturero y garaje; y a veces lo usamos para asar y comer, en días de lluvia. Ahí pernoctaban linyeras y caminantes, o peones golondrinas, a los que se alimentaba por tres días, hasta que seguían la huella de su destino. Llegué a conocer a uno, quizás el último, que volvía todos los años. (Lo veo en un rincón oscuro, enseñándole a mi hermano un juego al que llamaba “troche-distroche”, un juego de manos que hacía con un botón y un cordel.) A otro lo encontraron, una noche torrencial, caído en una alcantarilla y lo llevaron a la estancia; los empleados y mi padre le dieron ropa, el mayordomo lo conchabó, y el hombre se quedó como un año.
Había un baño de hacienda, como una larga pileta, adonde se empujaban los vacunos y las ovejas, que lo atravesaban por un agua que tenía un remedio contra la sarna. Este baño existe todavía, pero hace años que ya no se usa.
Había asimismo una usina eléctrica, un taller y una herrería, y en el mismo edificio, que se unía con el chalet mediante una enramada, había garajes, lavadero y habitaciones para los empleados de la casa.
Me gustaría agregar algo de cómo funcionaba la usina, que con un motor Trenton (o Lister, ya no sé), mientras estaba en funcionamiento daba una buena luz de 220. Ponerlo en marcha era todo un arte, que sólo Biocca conseguía dominar: recuerdo que había que levantar la leva del descompresor y empezar a hacer girar el volante del motor, que era muy pesado y con gran inercia; una vez que tenía suficiente velocidad se soltaba la leva de descompresión y el motor empezaba a andar por la suya. Al apagarlo, quedaba habilitado el sistema de 32 voltios, alimentado por un banco de baterías que se habían cargado durante el día con el motor. A las diez de la noche, religiosamente Biocca iba y lo apagaba y sumía al campo en el silencio, y a la casa, en una luz mortecina.

Había, no recuerdo bien, algo como un alto tinglado, donde se guardaba una máquina “corta y trilla”, pero de eso ya no queda nada.
Y había también, frente al galpón, una cocina para los peones. El cocinero que recuerdo se llamaba Gauna. Golpeaba “la campana”, que era un pedazo de riel, y llamaba a los rezagados para las comidas y los horarios de trabajo. Nuestro placer, de chicos, era estar ahí antes de la salida del sol, y desayunar con esos rudos hombres de campo. Tomábamos café en grandes tazas enlozadas, mientras otros yerbeaban y pitaban parsimoniosamente. En un corral se guardaba al “petiso nochero”, y nosotros pedíamos permiso para montarlo y salir a buscar y encerrar la tropilla. Después, cada uno enfrenaba su montado, y salíamos a ensillar, muchas veces “a lo oscuro”.

Encarábamos con los peones la gloria del día, invierno o verano, para trabajar en los corrales o en la yerra, a hacer un movimiento o aparte de hacienda, o a buscar algún animal perdido. Después compartíamos con ellos el asado, que era siempre una fiesta.

Cada tanto aparecía un vendedor ambulante, a los que llamaban “mercachifles”, y nuestros padres nos compraban un cuchillito, una faja, algún par de riendas. Un verano, para las fiestas, nos dieron a elegir. No sé qué habrá pedido Fabián; pero Javier pidió un petiso tobiano, que llevó andando el hijo de Fay, al que llamó “el Remendado” y que después cambió por una moto; y yo, los veintitantos tomos de “Las aventuras de Naricita”, de Monteiro Lobato, que llevó un mercachifle de libros y que todavía conservo.

Con el tiempo, la casa se fue agrandando. El abuelo Carlos le hizo una sala de juegos, y le mandó poner una inmensa puerta que era del caserón que tenían en Palermo, al cual habían hecho demoler. Había otra casa sobre la entrada general, que habitaba la familia del casero, y que –después de dos subdivisiones- pertenece a “La Bienvenida”. En los años cincuenta se hizo una casa para el administrador, que ahora pertenece a mi hermano Javier.

Varios empleados eran de origen europeo: Vicente Boschero, italiano, era chofer y quería a nuestra madre como si fuera su hija, siguió apegado a nosotros hasta su muerte y se jactaba de haber conocido a cinco generaciones de nuestra familia; el quintero don Luis, italiano también; el mecánico, Stag, era alemán, y se casó con una niñera a la que llamaban Hedi, también alemana, pero no fueron felices en su matrimonio; otra niñera, mayor, de nombre Hansi, fue muy querida por los chicos. Los de a caballo –en aquella época la producción era mayormente ganadera- eran todos criollos, mayormente de Rafael Obligado. Recuerdo a unos y otros, sobre todo a los de la anteúltima generación (digamos: los que no conocieron el celular), casi todos ya en el cielo de los gauchos: el viejo don Luis Noguera, correntino, quien contaba que de joven, en los arreos, había aprendido a dormir a caballo; Alberto Biocca, soltero, y que al jubilarse pidió que lo dejaran quedarse en el campo, para morir ahí; el “Negro” Gómez, el “Pelado” Rivero, Neldo Telmo Barragán; Chevero, que hacía tempranísimo el tambo y después llevaba crema y manteca al chalet; los carteros Carlitos y el “Lechón” Brócolo, que iban al pueblo en sulky, a traer la galleta, algún diario, cartas, y los vicios; “Pepe” Torsiante, que cortaba el pasto del parque con una máquina a caballo; Ricardo Aranda, que era una delicia ver cómo trabajaba en sogas, en su pieza y a la luz de un candil, consultando un libro de trenzas gauchas; Silva, capaz de ensillar un caballo chúcaro en una calle del pueblo y salir jineteando, de una cuneta a la otra; Machado, que en una ocasión bailó un malambo para una representación de empresarios norteamericanos, y que una vez jubilado se radicó en Agustín Roca, y al cual mi hermano visitó durante años; Tiseira y “Tito” Galante, que fueron puesteros en “el techo colorado”; Atilio Ríos, del cual ya he hablado o ya hablaré, un hombre tranquilo pero que sabía hacerse respetar; “Beto” Quiroga, que iba y venía de Rafael Obligado, todos los días, siempre en su caballo moro; Juan Torales y Guillermo “Pampero” Silvani; Andreu, Tasso, Aguilar, Ricardo Iglesias, y el vasco Bassagaisteguy, el último mayordomo. Don Bernardo Fay, muy entendido en animales, seguido por “Sombra” su perro, que más que perro era su sombra. (Los perros de mi abuelo se llamaban “Gin” y “Whisky”, de modo que de eso nada hay que aclarar.) Barny Fay, hijo del anterior, me ha dicho que Agote era el mejor peón de a caballo, pero a él no alcancé a conocerlo. Y Orlando Noguera, que más que gaucho era un amigo, y que a su hijo le puso de nombres: Javier Alejandro. Y José Arangui, al que todos conocíamos como “Tatequieto”; luego, Sánchez, Sarmiento, y ya repechando el día de hoy, Luis Sueiro y Juan Carlos Romero. Con Tito Galante aprendimos a alambrar, a carnear, a arreglar algún molino; con todos ellos, a trabajar con animales, en especial con los yeguarizos. (Para trabajar con los caballos, hace falta un don especial y una paciencia pampa, pero yo no los he tenido.) ¡Vaya aquí mi homenaje a estos paisanos de mi flor, que nos han enseñado a amar nuestra tierra!

Los peones tenían cada uno su tropilla, que les daba la estancia; y algunos tenían, además, caballos propios. Y ahora, con mi hermano Javier, traemos a la memoria los nombres de algunos pingos:
La Chispa (que había sido de los Marzano y se llamaba “Maizena”), que lo desparramó en una atropellada, cuando tenía unos diez u once años y lo dejó en cama como un mes; el Huracán, un padrillo muy bellaco, que se tiraba al piso cuando querían montarlo y al que nunca le pudieron sacar las mañas; el Viborita y el Gato, una yunta de gateados; el Tatán, que había sido parejero, y que mamá lo montaba con bajador, para proteger sus anteojos, y que Javier montó en pelo, de modo que ahí nomás se lo regaló; el Doradillo, el Pingo, el Poroúcho; el Duque, un animal lustroso de gordo, que se usaba para tirar el carro volcador; el Palito, que según nuestro padre lo odiaba y que lo dejó tendido de espaldas sobre las vías del ferrocarril. El Piojo y la Bocha, dos tordillos muy bonitos, que tenía Barragán en su tropilla de la estancia. Y más tarde, la Teresita, una tordilla capaz de volverse en una mano, con sólo tocarle la boca; la Sorpresa, la Mimosa, la Salamanca, la Concepción; la Tita, una zaina de fina estampa, que se mató cuando la estaban amansando. Y ya más cerca en el tiempo: el Manolo, que se sacaba cualquier cabezada o bozal, pero cuando lo agarraban era el caballo más manso del mundo; el Porteñito, un criollo premiado en Palermo y que fue padre de varias generaciones de potrillos; la Ginebra, que se cayó en la cañada, donde quedé enganchado del estribo, y se estuvo quietita cuando se puso de pie, que si no, me mataba; la Pulpera, la Ruana, que al decir del criollo, era “medio lorita”; el Estrellero, del cual se tiró Felipe siendo chico, porque se le disparó viniendo del pueblo, y no lo podía parar; el Nazareno, también “mansito garantido”; la Lechuga, la Pildorita y la Pinina; el Pintado, que me mandó Clúa de regalo; el Tobiano, tan alto que medio costaba montarlo, y la Manuelita, a la que los chicos montan en medio del campo, como si nada, sin cabezada ni bozal; el Sadám, que nunca pudimos amansar; el Mariscal, que tiene antepasados famosos por los cuatro costados… Y ahora el Platero, con el cual Magdalena mantiene largas conversaciones; no sé qué le dirá él, pero se los ve siempre muy entretenidos. ¡Si me voy a acordar de tantos fletes y redomones que han pasado…! Dos paisanos con los que hablé, años más tarde, me dijeron que en la zona no hubo una mujer más jineta que nuestra madre.

La revista “La Chacra” le dedicó una nota a la estancia, en la década de los sesenta.

Las visitas y los invitados eran siempre interesantes: los pintores Suárez Jofré, Luis Centurión, Lu Martinto y Cristina Santander (nuestra tía Áurea lo es también); los músicos Antonio De Raco, Alberto Lysy, Jorge Lechner, Antonio Tauriello; los intelectuales Oscar Kornblit, Ezequiel Gallo, Francis Korn; Horacio Molina y su mujer Chunchuna; Iván y Mónica Mihanovich; Ernesto Molina y su mujer Diamela Molina y Vedia, que era cantante lírica; los poetas Squeo Acuña, Elvio Romero y Mario Trejo; la fotógrafa Julie Méndez Ezcurra. (El abuelo materno de mis primos era un marqués catalán, músico, astrólogo, y amigo de Xul Solar.) Por último, pero no el menor, mi padrino el doctor Rodolfo Pusso, académico de medicina y eximio navegante.

A fines de los sesenta, mi madre separó su parte, la nombró “La Independencia”, y refaccionó y agrandó para nuestra familia la casa de la administración, hizo una pileta en la otra parte del casco y mandó construir una planta de silos. El 9 de julio se hizo un asado, para los empleados y sus familias, contratistas y proveedores, al cual se invitaron a las fuerzas vivas de Rojas, que incluyó carrera de sortijas y cuadreras, partidos de polo y esas cosas. Los Zitzke se quedaron con la casa principal, e hicieron corrales nuevos, sobre la ruta 188. Con un consorcio de vecinos se hizo una balanza para camiones, en una esquina de campo que donó mi madre. (Años más tarde me pedirían, en Rafael Obligado, los materiales para llevarle la luz a la Virgen que está a la entrada del pueblo; la consulté y ella aceptó de buen grado, con ser que los luteranos no son devotos de la madre de Nuestra Señora. Pero debo decir que durante la Guerra, mi abuelo había sacado a sus hijos de la Goethe Schule, porque los obligaban a hacer el saludo nazi, y mi madre fue al Mallinckrodt, que es un colegio de mojas alemanas, de donde alguna formación católica ha obtenido.)

Cada tanto se hacía en el casco una fiesta criolla o una jineteada, a beneficio de alguna institución. Venía gente de Rafael Obligado y de otros lados. Ríos me contaba que en sus años mozos, en estas fiestas daban coca-cola gratis, para imponerla, y que los paisanos no querían tomarla ni regalada. (No puedo olvidarme de un gesto de Biocca. Sucedía que la entrada a la fiesta la cobraban en la tranquera que da al callejón, de modo que Biocca, que vivía en el casco, por ley no debía pagar nada, porque ya estaba adentro; pero él salía, para tener que entrar y entonces pagaba su entrada.) Javier organizó una en el 72, con el “ruso” Barraqué, que atrajo gente de Buenos Aires. En el día de la primavera, las maestras de Obligado llevaban a los chicos a pasar el día en el casco.

He mencionado las inundaciones, y me gustaría informar de una curiosidad. Más de una vez participé de consorcios que hicieron grandes obras de canalización, y he observado lo siguiente. Es curioso, pero en el área de “La Libertad” más próxima a Rafael Obligado, el agua corre hacia el Saladillo de la Vuelta, va al río Rojas y desemboca cerca de Río Tala, en el Paraná; del otro lado del campo, hacia Agustín Roca, el agua fluye hacia el Salado y desemboca en la bahía de Samborombón.

 

III

Cuando Atilio Ríos se jubiló, en el 85, ya no volvimos a tener un casero; Ester, su señora, se había retirado dos o tres años antes. En su reemplazo fue doña Etelvina Bargas, que Dios guarde, pero no vivía en el campo, sino que íbamos a buscarla todos los días a Rafael Obligado.

En el año 89, nuestra madre dividió su parte en cuatro y la repartió con sus hijos. Mis hermanos vendieron, y se quedaron con el casco. A nuestra porción de campo, mi señora Ana María y yo la llamamos “La Bienvenida”. También nosotros rediseñamos el parque (pusimos palmeras de las Canarias, frutales y ornamentales, un cedro dorado, un palo borracho, acacias de Constantinopla, un jacarandá y una grevillea) e implantamos montes nuevos, del otro lado de la vía; y con el tiempo también hicimos otra pileta y agrandamos la casa. A mi hermano Javier le correspondió el chalet de “La Independencia”: él y sus hijos lo visitan algún fin de semana, de tanto en tanto, y ahora le han cambiado el techo de tejas por uno de chapas.

En el corazón de nuestra porción de casco hay un ombú sagrado.

He mencionado que éramos tres hermanos, y pareciera que nombro sólo a Javier. Es que Fabián, el menor, el más artista y acaso el más dotado, no se interesaba mucho por las cosas del campo. Eso sí, montaba bien a caballo. Pero, como dice el proverbio, no es que haya muerto, sino que partió antes.

A principios de los noventa, Ester Quiroga de Ríos me hizo llegar unas décimas camperas, que hablan de tiempos idos y de los paisanos que habían trabajado entonces ahí. Dicen sus versos:

ESTANCIA “LA LIBERTAD”

Estancia, qué sola estás,
toda tu gente se ha ido;
hoy vas rumbeando al olvido,
para no volver jamás.
Don Benigno, el capataz,
no recorre los potreros;
no sale Atilio, el cartero,
en las mañanas heladas;
sus tranqueras están cerradas,
ya no queda ni el letrero.

La sierra de cortar leña
ya no se oye funcionar;
solía en ella trabajar
el amigo Acacio Peña.
Quiero hacer una reseña
de ese tiempo ya pasado,
cuando Bernardo Delgado,
siempre alegre y bonachón,
se encontraba en el galpón
engrasando algún arado.

También el viejo taller
se encuentra solo y vacío;
no están los hermanos Ríos
trabajando como ayer;
tampoco se puede ver
a Don Cristóbal ordeñando;
los años fueron pasando
para nunca regresar:
al ponerme a recordar
mis ojos están lagrimeando.

En esas horas tempranas,
antes de salir el sol,
Avelino el español
hacía sonar la campana;
igual que un toque de diana
en el campo se escuchaba:
cuando la aurora llegaba
era una delicia ver
el campero amanecer
que la estancia iluminaba.

En esos días de calor
no pasa Agote sembrando;
Bonifacio no está arando
la tierra con el tractor.
Los momentos de esplendor
ya se encuentran muy lejanos.
Don Giuseppe, el italiano,
ya no se escucha cantar,
como cuando iba a regar
la quinta en el verano.

No se ven Carlos ni Juan
en el monte de la estancia,
-dos amigos de la infancia-
quién sabe dónde andarán.
En mi mente siempre están
los recuerdo con agrado:
que hoy evoco emocionado
aquellos años dichosos,
que pasamos cuando mozos
en los pagos de Obligado.

Bueno, aquí yo me despido,
con mi modesto cantar;
sé que sabrán perdonar
los errores cometidos.
A los que al cielo se han ido
les dejo aquí una oración;
embargado de emoción,
antes de mi último viaje,
un respetuoso homenaje
les rinde: Argel, Ramón.

Ramón Osvaldo Argel

No tengo ninguna noticia acerca del autor, mis padres no se acuerdan de él; pero está claro que estuvo ahí y que conoció bien a sus personajes, y ahora el lector reconocerá a algunos también.

Hacia 1985, cuando Ríos se jubiló, hicimos refaccionar su casa, y viví ahí con mi esposa Ana María González, natural de Rojas, y nuestros hijos Magdalena y Felipe, hasta el año 93, en que nos corrió una inundación. (Magdalena hizo el jardín de infantes en Rafael Obligado.) Hasta el día de hoy la mantenemos como para poder entrar a vivir, de un día para el otro.

Una vez hicimos ahí un Taller de Lectura, que organizaba la Biblioteca de Rojas, al cual asistieron, si no recuerdo mal: Juan Carlos Castro, Ricardo Salgado, Liliana Barzaghi, Juan Carlos Llauradó, Bartomioli, el Topo Salgado, Marcelo Quiroga y una chica de Buenos Aires que se llama creo Gabriela; y no diré cómo fue, sino que citaré un poema de Irma Oger, que estuvo presente para la ocasión; escribe Irma:

CONVERGENCIA
 
Era una tarde mágica
que un cambiante de tonos
fue tornando crepúsculo.
El parque añoso
como cuento encantado;
los brazos  del ombú
contra el cielo púrpura.
Desde el fuego
el olor amigo del asado.
La oscuridad creciente
tras las frondas altas.
El relato leído
a la luz de las llamas;
la complicidad cálida
de  las sombras del parque
estrechando vínculos
tejidos en otros lugares
Olor a pasto seco, de sequía;
olor a pasto seco mojado de rocío.
La noche fue trayendo el espectáculo
fascinante,
milagro repetido:
el plenilunio .
La luna sobre el parque,
la luna sobre el campo.
Bajo la galería
voces y risas;
entre el pan y vino amigos
un vibrar  de poesía.

  Rojas, enero de 1996

IV

Voy así rejuntando los recuerdos de esta estancia, y silbando los llevo al corral de la memoria. No querría dejar de mencionar aquí las familias de los colonos y contratistas que trabajaron su tierra, bajo diferentes modalidades de contratación: los Amichetti, los Ferrario, los Di Camillo, los Millenovich, con los cuales se establecieron lazos de confianza y de amistad, que han trascendido las generaciones. Ni dejar fuera a los vecinos, con los que mantuvimos buenas relaciones, comerciales o de cooperación: los Tomasini, los Rusticci, los Calvet, los Aloé, los Tenaglia, los Issurribehere, los Hardoy, los Castría, los Ratto (o Ratti), los Comino, los Calzetta, los Reimundi, los Armendáriz, los Giorgiani, los Batolla, los Caranzano -y que también, aunque indirectamente, formaron parte de la historia de “La Libertad”.

En algún momento que nunca podremos precisar, entre las décadas del 80 y del 90, el campo argentino pasó de ser un modo de vida a ser una empresa; y muchos se adaptaron a este nuevo orden de cosas, y muchos no; y, como escribió magistralmente Lugones, “el gaucho aceptó su derrota con el reservado pesimismo de su altivez”.

Actualmente, la casa principal de “La Libertad” fue reparada y agrandada una vez más; esta vez por mis primos, y la verdad es que les ha quedado señorial y muy linda.

Una calle de Rafael Obligado lleva el nombre de los Zitzke.

 

AGREGADOS A “LA LIBERTAD”

Así, “agregados” se les decía en el campo a esos paisanos de condición humilde que se quedaban a vivir en las estancias, y que ayudaban en algunas tareas de la casa o que hacían de peones o de mandaderos, pero que no recibían un sueldo como retribución, más que el albergue, la comida, las pilchas y los vicios. ¡Qué voy a poner post data, post scriptum o addenda, en un lugar como aquí!

Hice mi trabajo, dejé un testimonio escrito, pero cuántas cosas habrán quedado en el camino. Cada tanto me encuentro con alguien y me cuenta algo que yo no sabía y que tiene que ver con La Libertad. A veces, una sombra de recuerdo viene repechando una loma, y siento que debo ponerle “la marca” también. Algunas, las agregué al texto anterior; otras se relacionan con otros aspectos de nuestra vida, y vacilo al ordenar dónde encerrarlas. Mejor, les abro la puerta, y que salgan adonde el campo las quiera llevar.

He mencionado a Orlando Noguera y al “Ruso” Barraqué, y por supuesto a mi hermano Javier. Una vez estábamos los tres en el puesto del lote 14, en donde vivía Orlando con su familia y en donde él y Javier tenían un campo de doma al que llamaban “El campiriño”, no sé por qué. Habrán querido probarme o que me diera un porrazo, la cuestión es que me propusieron montar un redomón, y yo, por no pasar por flojo, acepté. Orlando haría de apadrinador. Me subí, lo largaron, y el pingo salió como un viento, sin corcovear. Medio al sesgo encaró el alambrado que da a la calle, y yo pensé: “Bueno, aquí me mato o me arranca la rodilla”. No había forma de pararlo o de hacerlo doblar. Cuando faltarían cinco o seis metros, apareció de atrás y de costado Orlando, y con el brazo izquierdo me quitó. La verdad, quedé como un chambón, pero con el tiempo veo que he quedado también en deuda con un paisano. En ese puesto, en los años noventa, mamá se arregló una casa; y tengo varios recuerdos de esa época, que referiré en otro lugar.

En ese mismo lote vivían, mucho antes, los Ferrario. Eran colonos de La Libertad y tenían dos casas: la que después ocupó mamá, sobre la ruta, y otra más al fondo, que ya no está más. Pues no hace mucho me encontré en la biblioteca de Rafael Obligado con Olga Ferrario, que se crió en ese puesto y que tendrá muchos recuerdos de cosas que le contaban sus padres o sus abuelos. Según ella, en la casa del fondo hubo en tiempos un fortín. Los Ferrario tenían con ellos a una vieja criada, doña Tomasa Coliqueo, que por su apellido sería descendiente de una familia aborigen y que a su vez tenía memoria de cosas anteriores en el tiempo. Ni una ni otra tienen por qué haber inventado nada, y yo sólo me limito a referir lo que oí.

También he oído que hay un tesoro enterrado en La Libertad, pero eso se me hace que es común en muchas familias que tejen sus historias con hebras de leyenda, en todos los campos del mundo.

Daré ahora algunas muestras del habla de los paisanos, de su ingenio y de su extraño sentido del humor. No tuve ocasión de agregar estas cosas en otro contexto, así que las meto a la fuerza aquí. Varias veces les escuché decir a los peones: -¡Quién dijo miedo, habiendo hospital en Rojas! –Claro, esa expresión habrá nacido cuando María Unzué de Alvear donó a la ciudad su hospital, y otros la habrán repetido y yo llegué a oírla y a repetirla también. Me acuerdo que en una oportunidad le pregunté a Tito Galante: -¿Quién amansó esa yegua?, y que me contestó: -Un infeliz. –Tardé unos segundos en darme cuenta que se refería sí mismo, y de que en su respuesta había una ironía y un toque de soberbia también. Cuando yo estaba por casarme, un día tomábamos mate en su casa y me dijo: -¿Así que vas entrar en la familia? –y lo miré con cara de que no sabía de qué mandingas me estaba hablando. Le habré dicho, calculo: -¿De qué familia?, y él, riéndose con su risa de actor de cine italiano, me largó: -De la familia de los cornudos. –Yo medio me le empaqué, le dije: -¡Eh, Tito! –o algo así, y Marta, su esposa, se disculpó por él. Pero por lo visto a los paisanos las cuestiones de intimidad sexual los impresionan de otra manera. También para la ocasión, me dijo Orlando: -Ya vas ver lo que es coger obligado. –No sé por qué lo habrá dicho él; lo que es por mí, ojalá hubiese tenido razón. Una sola más, ésta del inefable Tatequieto, que me dijo una vez: -¿Ha visto usted, don Alejandro, que es mejor andar caliente que coger? –Ni que fuera escritor o psicólogo, el peón de campo, para ser soguero o domador. Bueno, y para dentrar a salir, como dijo Atahualpa Yupanqui, va una perla de otro paisano de Rafael Obligado. Parece que el hombre era medio faltón, y se quiso asegurar; y así fue como lo resumió: -Me busqué la mujer más fiera del pueblo, para que nadie me la sacara… y me la sacaron. –Y para cerrar esta vuelta, va una frase de doña Etelvina Bargas. Parece que de joven su marido era medio picaflor, y que ella lo dejaba pastorear. Yo no decía ni mu, hasta que Etelvina, como para justificarlo, agregó: -Don Bargas decía siempre: “Para mí si tiene agujero, es poncho”. Fuera del escabroso terreno de la sexualidad, otro punto delicado de la existencia es la muerte, sobre la cual he oído reflexionar a un paisano: “Tan fiera no será, porque ninguno ha vuelto”. El vicio del razonamiento aquí es obvio, y yo tengo para mí que la mente del criollo es consciente de eso, y que hace estribar ahí su sentido del humor.

Para el día de la primavera, todos los años la escuela de Rafael Obligado llevaba a los alumnos a hacer un picnic en el casco del campo. Caminaban por el parque, se subían a los árboles, desplegaban sobre el pasto la merienda que habían llevado, jugaban, corrían, se reían. Yo los recuerdo como una bandada de guardapolvos blancos, pero puede ser que este cuadro pertenezca menos a la memoria que a la imaginación. No sé cuándo ni por qué dejaron de ir.

Lo anterior fue a principios de los ochenta. Lo que contaré ahora habrá sido en 1964 ó 1965. Estábamos en el campo con los Hileret, quizás en Semana Santa o en vacaciones de invierno. Papá estaba también. Teode, la madre de los Hileret, era famosa por su carácter, a más de tantas virtudes que supo tener. Pues nos habíamos reunido en el escritorio, donde estaba el piano, y Santiago, que entonces tendría trece o catorce años, se presentó sin haberse bañado, y la madre lo mandó a cambiarse. Santiago se fue, y cuando volvió, como para que quedara claro lo que pensaba acerca de la autoridad, se presentó de saco y corbata. Parece una tontería, y seguramente lo es, pero no deja de ser llamativo que un chico lleve, para pasar unos días en el campo, ese tipo de atuendo. Hoy por hoy, nadie lo llegaría ni siquiera a creer.

Hasta donde yo recuerdo, en la década del sesenta al menos, desde el campo mandaban al Buenos Aires un cajón con carne, huevos y algún producto de granja. No sé si la idea era que se conseguían más baratos, o si mandaban lo que allí sobraba, o tal vez porque se aseguraban una mejor calidad; tampoco sé con qué frecuencia despachaban esa caja. Pero hoy la tengo conmigo, y debo confesar que la recordaba mucho más grande. Después de escrito esto, me encontré con Barnie Fay a la salida de misa y nos quedamos hablando de estas cosas, que él recuerda de su infancia. En realidad, había dos baúles, según los llamó él. Eran de madera, por dentro estaban forrados de metal, y ente ambas paredes había una carbonilla como aislante, que los hacía más o menos térmicos. Su padre llevaba a la estación de Federico Lacroze, en Rojas, el baúl con la mercadería; Vicente iba a la terminal de Chacarita a buscarlo, y despachaba a su vez uno vacío. Esto se hacía semanalmente, y Barnie se mostró admirado de lo que hacía Carlos para agasajar a sus amigos; que en realidad no sé si era el propósito de este trámite, que imagino más bien para el consumo familiar. También iban en los baúles los productos lácteos, crema, manteca, quesos, que se hacían en la cremería que funcionaba en el parque de “La Libertad”. (El edificio está todavía, pero se usa como monturero.)

¡Cuántas cosas, cuántos recuerdos, cuánto que habrá quedado en el tintero! Anoté también algunos de los juegos que se organizaban en nuestra infancia o que jugaban los grandes, cuando estábamos en el campo. El más mentado, seguro es el croquet, esa suerte de golf para gente infantil y perezosa. Ahora tenemos un equipo nuevo, que la nueva generación ya aprende a valorar y dominar. Pero antes, en nuestra infancia al menso, a veces había algún festejo, y entonces se desplegaba una batería de juegos y de competencias: carreras de embolsados, el baile de las sillas, y también correr con un huevo en una cuchara y la carretilla, que se corre en parejas y en la cual uno lo tomaba al otro de los muslos y tenía que avanzar apoyándose en las manos. Y aunque suene a la corte de María Antonieta, digo que su jugaba también a la gallina ciega. Una vez al menos, mamá organizó una búsqueda del tesoro, en la que ella iba dejando pistas escritas o planos y dibujos, y los grupos tenían que ir acercándose a un permio escondido. También había juegos de salón, como el del diccionario, el estanciero y el de los refranes. Tengo un cuaderno de esa época, el cual anoté el resultado de combinar la primera parte de un refrán con la segunda de otro. Como por ejemplo, “aunque la mona se vista de seda, no hay pan duro”, o lo que se ocurra al lector. Nuestra abuela Ama jugaba a la crapette, que lamentablemente he olvidado, y que era una especie de solitario de a dos, muy interesante. No diré todos los juegos de cartas, porque en definitiva no son privativos de nuestra familia ni de nuestra generación. Pero para mí, el más apasionante era “la podrida”, que no es el caso describir aquí. Y otro juego, completamente distinto, es el “siete y medio”, en el cual es muy importante el rol del banquero. Nuestra tía Áurea fue genial una noche, conduciendo ese juego, que no puedo olvidar. Y de paso agrego que más de una vez se hicieron fiestas de disfraces, y que también Áurea desplegaba en esas ocasiones un prodigio de inventiva, de creatividad y de imaginación. Tenemos fotos de la última fiesta de este tipo que yo recuerde, pero no de otra, muy anterior, en la cual se desplegó un casamiento con todas las de la ley.

He contado anteriormente acerca de la muerte del abuelo Carlos, y cómo sus perros se la anunciaron a Biocca, con sus aullidos nocturnos. No digo la explicación, que no la sé; sólo digo cómo ha sido. Pero hubo otro caso curioso, de ese tipo, en esta estancia. Yo tenía una cierta idea de que los relojes se habían detenido esa noche, pero podía ser un invento de mi memoria y mi imaginación, y lo consulté con nuestro primo Carlos. Pues según su respuesta, la historia se refiere a Sarita Oliveira César de Queralt, la madre de Áurea y abuela de nuestros primos Zitzke. Así me lo contó Carlos nieto: -Respecto al reloj, sí hay una historia, que yo presencié. Pero no es del abuelo Carlos, sino que es de Abu, la madre de mamá. Ella murió  un primero de enero. Y los tres años nuevos siguientes a su muerte, el reloj, el que está  debajo del cuadro de Oma, y que no funcionaba, sonó a la medianoche. Lo recuerdo, porque era sonar el reloj, y mamá ponerse a llorar.

Al morir nuestro abuelo, su auto quedó en uno de los garajes del campo. No sé si era un Chrysler o un Buick. Era un coche negro, inmenso, que conservaba todavía cierto olor a baquelita en su interior. Alguien se ocupó de que quedara montado sobre cuatro tacos de madera. En el año 71, Ama nos lo regaló a sus nietos Elcoro, y yo soy parte responsable de su indigno final; pero a eso lo contaré en otro lugar.

Una vez fui con un amigo, de cuyo nombre no quiero acordarme, al puesto del Techo Colorado, con el propósito de enganchar un coche de caballos. Sería en el 70, año más, año menos. En ese entonces el puestero era Tito Galante, pero ese día no estaba. Seguro era un domingo, o un sábado a la tarde, y nos ayudó Marta Noguera, su mujer. De algún modo lo logramos, y con una escopeta, nos fuimos a cazar. A la vuelta, Tito nos dijo que lo habíamos hecho mal: habíamos pasado derecho una rienda que debía ir cruzada. Creo que tampoco cobramos ni una pieza ese día. Pero a lo que iba es que todavía en ese tiempo había un coche de caballos, y dos pingos mansos de tiro, y que bien o mal nos arreglamos para ensillar. Ahora todo eso sería impensable y ya no existe más. Tal vez en el galpón de La Libertad quedó un breque o un dog-cart, y un cochecito que Javier mandó restaurar y que lo tiraba una petisa, pero caballos de tiro y guarniciones, de todo eso ni hablar.

Antes, los asados se hacían y se comían distinto que ahora, por lo menos en nuestro campo. Y cuando escribo antes, estoy hablando de medio siglo atrás. El lugar era otro, pero eso lo vi en las tres casas que habitamos, sucesivamente, en el mismo casco: se acostumbra hacer fuego y poner las mesas en un punto, y con el tiempo, por algún motivo, se va cambiando de lugar. Tengo en mente un recuerdo nocturno, en el cual había una rueda de hierro a modo de parrilla, muy grande y con un tejido sobre los rayos. Y el lugar era atrás de la casa principal, a un lado de la sala de billar. Los comensales se levantaban y se acercaban al fogón con el plato, y el asador le preguntaba qué quería y cortaba la carne y le servía. Me acuerdo en particular de Atilio Ríos, que siempre me reservaba los mejores cortes o que me aconsejaba qué trozo elegir.

Atilio me contaba que en tiempos de su juventud nadie tomaba bebidas gaseosas. En las fiestas camperas, bailes y jineteadas, empezaron a dar cocacolas sin cargo. Pues los paisanos no la querían ni regaladas, y aunque no se las cobraban, no las querían tomar. Pues habrá sido otra batalla perdida del gaucho en su retirada.

Y ahora, casi llegando al final, me acuerdo de unos vecinos a los que quiero evocar. Tenían su chacra lindando con la punta sur de La Libertad. Sólo una vez los vi, y esto no de chico, sino ya en los años ochenta. Por un tema de canales, fui a verlo a Tenaglia, y por algún motivo nos llegamos hasta lo de Issurribehere. Este hombre Tenaglia le había comprado a ellos su campo, y se ocupaba de sus compras y de atenderlos. Eran dos viejitos, que toda su vida habían vivido en el campo y que tampoco pensaban ahora en irse a la ciudad. La casa era antigua, pequeña, rectangular y preciosa. Había sido parte de una famosa estancia, que se llamaba La Verde. Eran hospitalarios y confiados, a la manera de la más valiosa tradición criolla. Años más tarde conocí a un sobrino de ellos, y me dijo que finalmente sus tíos se habían mudado a Junín. Calculo que habrán fallecido ya.

He hablado en otra parte de las aves que conocí en el campo. Últimamente se nos “agregó” una familia de patos, no sé de qué variedad, que tomaron nuestra pileta como su hábitat natural. Llegaron a ser quince o dieciséis. Al principio los aceptamos con regocijo, pero en poco tiempo descubrimos que sus actividades fisiológicas estaban reñidas con nuestro concepto de la higiene personal, así que pusimos una red sobre la superficie del agua y, al comprobar que no podían nadar más ahí, terminaron migrando a un lugar más acorde con su naturaleza. Ahora nos adoptaron unos cuervillos, que es una delicia ver. Negros, con un largo pico naranja, son como treinta; y al ver que nadie los molesta, se pasean por el parque con la tranquilidad de estar en su casa.

Tampoco mencioné, en ningún lado, que en La Bienvenida pusimos dos ombúes: uno, en los corrales, que todavía está; el otro, en un rincón alto de la cañada, que más tarde se vendió.

¡Cuántas memorias, cuántos temas, cuántos personajes, y sólo un libro para conservarlos a todos! Entre tantas cosas curiosas que he visto en el campo, mencionaré ahora a tres. Se trata de escenas con animales. El frente de nuestra casa, que da a un camino que ya no existe, forma una suerte de corredor con los árboles que quedaron de antes y los que pusimos nosotros. Un día, por ahí pasó una bandada de mariposas, de las que llamamos isocas: blancas, amarillas, anaranjadas. Pasaron todo el día, como si fueran por un sendero, de oeste a este; y el día siguiente también. Nunca había visto antes algo así, y nunca lo volví a ver. La segunda visión fue nocturna, una serenísima noche de no sé qué estación. Vivíamos ahí, y yo salí a la parte trasera de la casa, que da a un piquete que pertenece a nuestros parientes. Es un rectángulo bastante grande, donde queda siempre algún caballo, una vaca lechera, y la majada de ovejas. Pues hasta una cierta altura, no más que la de un hombre, era todo luciérnagas o bichitos de luz, en una danza incesante y espectacular. Parecían los efectos especiales de una película moderna, un solo movimiento de líneas y puntos brillantes que se movían sobre sí mismos, sin parar. Tampoco vi eso otra vez. Y la tercera, casi en el mismo lugar, en una siesta de verano. Hay detrás de la casa una especie de terraza o patio, hecho de baldosones. Ahí, inmóvil, una lagartija verde, de un verde esmeralda, casi traslúcida. No supe qué hacer. ¿Llamar a alguien, fotografiarla, tratar de atraparla? Me quedé inmóvil también yo, como hipnotizado. Después de un arto se disparó, como un rayo de luz verde. Y fue esa sola vez, la única vez, y nadie más que yo la vio, así que… no sé… no sé qué especie puede ser, no sé cómo la naturaleza puede proveer algo con un ejemplar único, no sé si lo vi o lo soñé.

Biocca me contó una vez que, en enero de 1954, cuando a mamá la llevaron a San Pedro para que estuviera cuidada en mi nacimiento, los peones estaban plantando árboles en el campo. El abuelo Carlos mandaba poner montes de eucaliptus en los bajos, porque esas plantas consumen mucha agua y se esperaba que así se controlaran los excesos de lluvia. Por fuera de los eucaliptus ponían fresnos, pero no sé por qué motivo. Quedan todavía muchos de esos montes, aunque no todos los potreros llegaron a tener el suyo. El del lote diez, que da a la ruta, está bajo agua casi permanentemente desde hace cuarenta años; siguen con vida los árboles exteriores, y los del centro se murieron, muchos de ellos todavía en pie. Conservamos por cierto el del lote cinco, al cual vi cambiar año a año. En unos años de inundación, parte del lote no se sembraba, y las plantas se reprodujeron a su antojo, siguiendo las condiciones de la naturaleza. Ese terreno no volvió a recuperarse para la agricultura, pero lo rodeamos con un alambrado, para echar los caballos ahí. Ahora retomo el relato por otro lado. Hace unos días (escribo esto en enero de 2017), en un antesala en el palacio municipal de Rojas, me senté junto a Luis Campanella, un policía retirado que estuvo a cargo del destacamento de Rafael Obligado entre 1979 y 1980. Lo conocí a Campanella poco después de esa época y siempre nos llevamos bien, aunque no mantuvimos una relación estrecha. Pues esa mañana, durante la espera, Campanella me contó que los fresnos que forman la avenida de entrada de Rafael Obligado provienen de La Independencia, según él, gracias a las tratativas de Florindo “Coco” Damelio, que entonces era el delegado del pueblo, con mamá, que le cedió los fresnos guachos. De esa historia, que me pasó tan cerca en el tiempo, yo no sabía nada. Pensemos que la avenida es de dos filas de árboles, de unos tres mil metros de largo. Yo no sé si todos esos fresnos provienen de casa, dato que debería corroborar, o si en realidad repusieron algunos que faltaban, pero me alegró saber que mamá había contribuido a la creación o el mantenimiento de esa avenida.

Por último, debo asentar aquí que nuestro campo es asombrosamente mágico: ahí el pasto viene solo de bajo la tierra, y la leña seca cae de los árboles, para hacer asados.

 

Alejandro Elcoro
Rojas, 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.