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Historias de Rojas

1956-2002

LA EPIDEMIA “MAL DE LOS RASTROJOS”

Por Ariel Labrada

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

“En la noche del 24 de mayo de 1958, Aparicio Yañez salió desnudo a correr por los sembrados de maíz de Junín. Gritaba, se revolvía en el suelo, y sus compañeros de tapera le recriminaban su excesiva adhesión a la bebida. Pocos días antes de esta fatídica noche, Aparicio estaba con una fiebre que no bajaba de los 39°. Tosía, tenía dolores musculares y sentía su cabeza a punto de estallar.

Costó mucho convencerlo para que cinco días después resolviera hacer un nudo con la poca ropa utilizable y marchase a la ciudad con un solo destino: el hospital de Junín. A la semana Aparicio moría en medio de tremendas convulsiones e insoportables dolores. En la sangre de Yañez no sólo se encontró alcohol. Los análisis habían aislado un virus, el mismo que le provocó la muerte: Aparicio Yañez había muerto de fiebre hemorrágica una enfermedad desconocida en nuestro país hasta en ese momento. Este antecedente fue la única herencia que dejó.

“En los primeros ocho años, más de seis mil sufrieron esa enfermedad que ha recibido varios nombres: Virosis Hemorrágica, Mal de O’Higgins, Mal de los Rastrojos, Enfermedad del Sello, Grippón. Pero cualquiera fuese su nombre, el saldo es igualmente trágico: más de dos mil muertos”.

Si bien la mayoría de los sembrados de maíz se recogían con máquinas cosechadoras, lo destinado a semilleros se hacía a mano en una rústica tarea realizada generalmente por santiagueños y entrerrianos que trabajaban en condiciones infrahumanas, sin ninguna protección. También había otras tareas accesorias como el “concuñado” que se hacían a mano, exigiendo la presencia física del trabajador en el rastrojo, hábitat preferido por los ratones.

En el Partido de Rojas

El diario “La Voz de Rojas” describió así la situación:”Apareció como misteriosa dolencia que empezaba con los trastornos de una inocente gripe y podía terminar en agonía y muerte terribles. Al principio no se le dio importancia, hasta que colmó de enfermos el Hospital Regional de Junín y fue menester, en nuestro caso, habilitar un lugar especial en el Unzué: la recordada “Sala Quinta”. Mientras en Buenos Aires y otros centros científicos comenzó la tarea de investigación. Al cabo de unos meses, en la zona se habían computado 414 personas atacadas por el mal, de las cuales 14 fallecieron”.

Durante 1960 decreció el problema, pero en 1961 se hizo más intenso y ese diario comentó: “Hubo numerosos afectados de ambos sexos y de todas la edades con el triste saldo de varias víctimas fatales. El Hospital Regional de Junín volvió a saturarse y, en nuestro medio, entonces, se pensó en buscar recursos propios para enfrentar la temible enfermedad. Una vez más, con el intendente Pereyra a la cabeza y la colaboración especial que brindó la sensibilidad de médico de Oscar Alende (gobernador de nuestra provincia), se organizó en el Hospital Unzué un área especial para destinarla exclusivamente a enfermos de esta dolencia. Se acondicionó y equipó la “Sala Quinta” con internación directa y tratamiento específico. Agricultores Federados donó $100.000 para la dotación de la unidad que funcionaría como “posta” en la derivación de ciertos casos al hospital regional. Con equipos pesados suministrados por el Ministerio de Salud Pública, se efectuó también una severa desinfección, particularmente en las poblaciones de campaña, escuelas y hogares donde se registraron enfermos. Se fletó, además, un avión para fumigar las zonas que se estimaron más vulneradas.

La sala con todo su equipamiento fue inaugurada el 25 de mayo de 1961 y quedó bajo la dirección del Dr. Héctor C. Guarinos, de 29 años de edad y tres de experiencia en el tratamiento del mal. Lo acompañaban el Dr. Guy Anderson (cuya esfuerzo en la tarea de buscar y acopiar plasma, elemento crítico, no tenía límites) y otros empleados del hospital y de la municipalidad, todos ellos conducidos por la caba enfermera Sra. Elda Rivoltella, quien llegó a contraer la enfermedad lo mismo que el Dr. Guarinos.”

La zona afectada era la parte norte y este de la provincia de Buenos Aires, sur de Córdoba y de Santa fe.

La Comisión Popular

En 1957, ante los primeros casos que conmovieron a la población, se creó la Comision Popular de Lucha Contra el Mal de los  Rastrojos  integrada por representantes de las fuerzas vivas de Rojas y encabezada por el Dr. Lorenzo Osvaldo Sábato. Se reunía todos los viernes en una sala de la municipalidad y el espíritu de colaboración era tan fuerte que el comisionado municipal Rodolfo Verdún les prestaba la llave.

Sus integrantes recorrían las casas de familia entregando folletería ilustrativa y veneno contra ratones. Iban a los pueblos de campo haciendo lo mismo, caminando cuadras y cuadras con esa finalidad. Todos estaban comprometidos con esa lucha. Un dato curioso es que enviaban notas al Presidente de la Nación y, como en las reuniones había corresponsales, al día siguiente solía aparecer el contenido de la carta en diarios de difusión nacional, antes de que el destinatario la recibiera.

Su insistencia frente a las autoridades era tan punzante que llegó un momento en que el ministro de salud pública de la provincia, agotado otros medios, mandó un avión a fumigar la ciudad de Rojas que hizo varias pasadas. Algunos avezados se dieron cuenta de que era ilusorio combatir a los ratones de esa manera, pero luego trascendió que el ministro solo había querido tranquilizar a la población pulverizando agua con un perfume raro. Es decir, eso que los médicos denominan “placebo”.

Miedo, pero sin pánico

Es de hacer notar que no obstante la gravedad de la situación no hubo pánico ni emigración. Había un lógico temor que era muy fundado, por lo que ante cualquier síntoma parecido al de una gripe los médicos indicaban análisis de sangre, cosa que se hacía gratuitamente en el hospital.

Distinta era la situación de los forasteros, ya que asustados por las noticias que se difundían en todos los medios, trataban de no entrar en esta zona. No obstante había quienes, por razones laborales o personales, se veían obligados a ingresar y el riesgo era importante, porque si llegaban a contraer el mal y sentían los síntomas al llegar a su lugar de residencia, no había allí facultativos que conocieran esta rara enfermedad y lo más probable es que lo medicaran como gripe, cosa tenía un efecto contraproducente.

La labor científica

Un grupo de investigadores se instaló en el “Campo Carrasco” ubicado en el camino de Rojas a Carabelas y se dedicaron a cazar ratones, comadrejas y otros animales silvestres para analizarlos, porque se había detectado que el transmisor del mal eran los roedores enfermos.

Desde 1957, el químico Guy Anderson, destacado especialista en sangre proveniente de La Plata, hizo numerosos viajes a Rojas hasta que en 1961 decidió establecerse en nuestra ciudad junto con su esposa la bioquímica Ana Kienzelmann. Tanto era la dedicación, que decidieron alojarse en habitaciones del hospital. Con pasión y sin límites de horario lucharon contra el mal. A la par de ellos, con similar empuje y también provenientes de La Plata actuaron los médicos Héctor Guarinos y Friedolin Jaschek. Cabe hacer notar que en todo momento sintieron la calidez y el apoyo de la población de Rojas y sus autoridades. La Sra. de Anderson suele comentar que les asombraba ese espíritu solidario y, frecuentemente, recibían facturas de cerdo que le obsequiaba la gente de campo y los invitaban a comer algún asado, costumbres extinguidas en las grandes ciudades.

Ese equipo de científicos participó en el año 1963 en el VII Congreso de Medicina Tropical y Malaria, que se realizó en Río de Janeiro. Allí se contactaron con científicos rusos, porque en aquel país existía una virosis parecida a la nuestra.

El gobierno nacional creó la Comisión Nacional Coordinadora para el Estudio y Lucha contra la Fiebre Hemorrágica Argentina; el Instituto Malbrán se involucró en el tema al igual que las universidades de Buenos Aires, La Plata, Córdoba y Rosario Se hicieron numerosas publicaciones oficiales y privadas de los estudios que se iban realizando y en 1978 se creó en Pergamino el instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas, que hoy lleva el nombre de Julio I. Maiztegui, hombre clave en el descubrimiento de la vacuna denominada Candid I, que se produce en ese establecimiento en forma masiva desde el año 2002. Cabe hacer notar la especial participación que tuvo en la investigación el médico. Julio Barrera Oro, que hasta aplicó en su cuerpo la vacuna y luego se introdujo el virus para probar la efectividad.

Ariel Labrada
Septiembre de 2012

Principal fuente bibliográfica: “El Diablo en el Maizal” de Elizabet Duzdevich; Irma M. Marcos; Leonor C. Sierra y María R. Silvestrini, año 2002.

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© CiudadRojas, enero de 2010.