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Historias de Rojas

Dos o tres veces por año aparecía en Rojas algún “circo criollo” y sus funciones eran el gran esparcimiento para grandes y chicos, ricos y pobres. Especialmente las obras teatrales tenían penetración en el público. Algunas conmocionaban, otras hacían lagrimear y también había las que hacían reír a carcajadas.

1920-1940

¡LLEGO EL CIRCO!

Por Ariel Labrada

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

En las décadas de 1920 y 1930 no teníamos televisión ni internet. En el cine solo películas mudas en blanco y negro. Receptores de radio había muy pocos y no eran muchos los afectos a leer libros. Había algunos analfabetos. Todo eso creaba el ambiente propicio para que los habitantes de Rojas, ciudad y campaña, esperaran con ansiedad la llegada de algún circo que los llevara al mundo de las fantasías.

El acontecimiento comenzaba con un desfile que arrancaba en la Avenida 25 de Mayo y recorría distintas calles. En primer lugar, una estridente banda compuesta con tres o cuatro instrumentos de viento, bombo y platillos. ¡Gran alboroto para las silenciosas calles de Rojas! A continuación, gimnastas haciendo piruetas y saludando amorosamente a los espectadores. Luego la infaltable pareja del tony y el payaso y finalmente los acoplados donde llevaban una pareja de leones y algún tigre. Más de una vez participaron elefantes que avanzaban parsimoniosamente conducidos por su domador. Grupos de chicos los seguían entusiasmados, mientras los vecinos se asomaban a la puerta para verlos pasar.

LAS FUNCIONES

En el “circo criollo” el espectáculo estaba dividido en dos partes. En la primera lucían su destreza los trapecistas, alambristas, contorsionistas, magos, domadores de animales feroces que asombrosamente los hacían saltar, sentarse, pasar por un aro llameante, todo en medio de rugidos y mostrando su vigorosa dentadura.

La segunda era una obra de teatro que conmovía a los espectadores con gauchos alzados contra un orden público que los relegaba y castigaba injustamente como Juan Moreira, Hormiga Negra. Homicidas, al igual que Bailoretto, convertidos en héroes populares porque habían hecho “justicia por mano propia”.
O lagrimeando con dramones como “El Beso Mortal” donde un joven de buena familia, a punto de casarse, es descubierto como sifilítico (enfermedad de difícil curación en aquella época). O viviendo el romanticismo de “El rosal de las ruinas” o sufriendo con “Nazareno Cruz y el lobo”, pero también riendo a carcajadas con “Mi suegra es una fiera”, “Viejo zorro y calavera, busca mujer de primera”, “El Conventillo de la Paloma”, “Vieja, fiera y avivata, busca soltero con plata”…

Cada circo se quedaba en Rojas durante un mes y había quienes iban a todas las funciones y presenciaban repetidamente los números “de pista” porque su placer estaba en disfrutar de la obra teatral que cada noche era distinta. Un circo de aquella época podía tener cincuenta libretos en su repertorio. Llevaban en su bagaje el vestuario para todos ellos: uniformes de “milicos”, trajes de “señores”, diversos vestidos para damas, chiripás gauchescos, botas, como así también rastras, sables, facones con cabo de plata, fusiles y trabucos naranjeros de verdad, nada de utilería. Un verdadero museo itinerante.

Pero el clásico era “Juan Moreira”, que conmocionaba a los espectadores y que algunos circos lo enriquecían con el Pericón Nacional bailado por toda la compañía… un espectáculo brillante, para una época donde no existían los efectos especiales ni habían aparecido las películas musicales en “Technicolor”.

EL CIRCO POR DENTRO

Gente muy especial componía el conjunto humano del circo. Alambristas, trapecistas y malabaristas que habían aprendido el arte de sus mayores y que cultivaban el cuerpo con gimnasia permanente. Domadores que convivían cariñosamente con sus animales así fueran perros, palomas o leones. Payasos y tonys con el histrionismo necesario para hacer estallar de risa a los espectadores, sabiendo que –sin ellos- el circo no existiría.

Cuando llegaban a una ciudad, los hombres –todos- trabajaban intensamente en el armado de la carpa, instalación de luces, carteles y distribución de sillas, mientras las mujeres salían a recorrer los alrededores buscando alguna pieza para alquilar, que iba a ser el alojamiento de su familia durante ese mes.

El espíritu cirquero se llevaba en la sangre. Ocho a diez familias componían el elenco. Muchos estaban emparentados: hermanos, primos, cuñados, tíos, sobrinos. Si se necesitaba un bebé para alguna escena, en vez de poner un muñeco, se ponía un chico. Siempre había alguno en el circo. En ese ambiente, se exhibía con orgullo el pertenecer a una tercera, cuarta o quinta generación de artistas itinerantes.

Chicos y grandes vivían la emoción de cada una de las funciones y disfrutaban con los aplausos energizantes a la vez que ninguno se preguntaba si podría conseguir un trabajo más cómodo y mejor remunerado…

Los niños iban a una escuela de Rojas durante el mes que duraban las actuaciones. Luego pedían el pase para otra de la próxima ciudad y así sucesivamente. Formalmente, pareciera que estos cambios permanentes atentarían contra su formación, pero la realidad es que -en más de un caso- incentivaron su inteligencia.

Los alambristas, contorsionistas, magos, payasos y domadores de la primera parte, se cambiaban rápidamente de ropa y maquillaje para interpretar alguno de los personajes de la obra teatral de la segunda parte. Era imprescindible la potencia de la voz y clara dicción para hacerse oír por todos los ocupantes de la carpa, ya que ella no era una sala de teatro, ni existía amplificación electrónica. Todo era a garganta pura. Y así cada uno de los días hasta que llegaba algún mes de invierno muy riguroso, en el que suspendían su actividad para reactivarla apenas mejorara el clima.

ALGO MÁS

En la década de 1940 aparecieron en nuestra ciudad dos circos de trascendencia internacional: el SARRASANI, de origen italiano y el HAGEMBERG, de Alemania. Tenían una carpa de gran capacidad y dos pistas en la que hacían espectáculos simultáneos que se complementaban. Solo permaneceron en Rojas durante los tres días en los que daban las funciones y luego se trasladaron a otro destino. Era un gran espectáculo de trapecistas, alambristas, malabaristas, acróbatas, domadores de animales feroces, ciclistas, patinadores, etc. Deslumbraban, pasaban fugazmente, pero no tenían el “alma” del circo criollo.

Este último se consustanciaba con la gente de la zona. Los artistas eran queridos, reconocidos en la calle y hasta invitados para compartir algún asado. El argumento de las obras de teatro reflejaba la vida, costumbres, lenguaje y aspiraciones de los espectadores. La vinculación era tan fuerte que más de una vez algún rojense se fue con el circo. El caso más recordado es el de José Sabato, “Pepe”, hermano de Ernesto e hijo del próspero industrial Francisco Sabato quien, lejos de aplaudir su vocación artística, no le perdonó nunca esa aventura.

Ariel Labrada
Junio de 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.