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Historias de Rojas

Don Pablo Oger era propietario de unas treinta y cinco hectáreas en el cuartel tercero; de profesión lechero y de origen vasco como la mayoría de los que ejercían ese oficio. Avanzada la tarde y junto con un peón ordeñaba las vacas que seleccionaba de las cuarenta que formaban su plantel. En las décadas de 1930 y 1940 el trabajo se hacía a mano y sin guantes, se recogía la leche en un balde, que luego pasaban a típicos tarros de estaño con capacidad para veinte litros. Como salía calentita, con la temperatura del animal y había que conservarla hasta el día siguiente, ponían  los tarros a refrescar en una pileta que previamente habían llenado de agua con la ayuda de un caballo que iba y venía incesantemente para sacar el líquido del pozo mediante una polea.
Al día siguiente, antes de que aclarara, se levantaba don Pablo, ataba el caballo a la jardinera, cargaba los tarros y a las seis de la mañana iniciaba el reparto por las calles de la ciudad, casa por casa para entregar el producto a diez centavos el litro.
Su caso no era único porque contemporáneamente había una decena de colegas que, como “el vasco Oger”, hacían simultáneamente de empresarios, trabajadores y repartidores.
Ahora, su hija Irma, nos proporciona una pintoresca estampa de aquellos tiempos que se fueron... (Ariel Labrada)

1900-1950

EL LECHERO

Por Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Lo escuché, sorprendida, creyendo por un momento no haber entendido bien: me había preguntado si podía conseguirle uno de esos viejos tarros de lechero. -Para adorno, sabés; para el living...- Me quedé pensando.... Un tarro de lechero, de los de antes....¿ Los recuerdan? De cuando la leche -cruda, que le decían- era repartida a domicilio; en esos inconfundibles jardineras, o charrets, palabra extranjera mezclada vaya a saber por qué con una ocupación que, según la tradición, fue originariamente casi exclusiva de vascos. Eran unos vehículos tirados por caballo, con una hilera de de tarros metidos en las tarreras, unas maderas con agujeros redondos apropiados al caso, franqueando el pasillo central. Frente al pescante, de pie, firmes las riendas en la mano,  el lechero, listo a tomar el tarro chico, -el de seis- y el clásico medidor de litro; y a salvar, casi de un salto el estribo para ir dejando la leche casa por casa. Mientras que el caballo, que se conocía de memoria todas las paradas, esperaba paciente el retorno para lanzarse al trote por nuestras calles, sacando chispas con sus cascos herrados contra el pavimento, o levantando fugaces polvaredas en las cuadras de tierra. El lechero de antes... Que por lo general llegaba a ser un amigo de la casa, a fuerza de compartir el mate madrugón; la preocupación por el bebito, al que le traía la leche aparte, de una sola vaca, la mejor; el afán de llegar temprano para el desayuno de los chicos con leche fresquita, antes de salir para la escuela. O las tortas fritas de la merienda, si el lechero era del turno de la tarde. Tiempos de madrugar, arriba las estrellas, lejos aún el sol, si tenía vaquitas propias y había que hacer el tambo. De la Sociedad de Lecheros Unidos, que supo tener más de treinta afiliados y posiblemente haya sido uno de los primeros intentos gremiales de los trabajadores independientes. Tiempos de don Manuel Castro, de don Juan Aiscar, de don Pedro Álvarez -que todos conocían por Alvarín-, de don Máximo Beliera; de don Bartolomé Ulacia; de don Pedro Arechaga y su hermano Timoteo; de don Juan Celaya; de don José  Forteis, a quien luego sucedieron sus hijos; de don Juan y don Pedro Rasera; de don Martín y don Pedro Estribo; de don Enrique Barraqué; de don Faustino Brindo; don Enrique Recalt; don Manuel Raposo; don Juan Bedoya; don José Galdeano; don Vicente Ricobene; don Antonio Barrios; de don Severo Oger, que fuera mi tío y don Pablo, mi padre. Tiempos de “pasarse el santo”, de lejos y a la disparada, el día que salía la inspección y la cosa pintaba brava, en un “si acaso” había por ahí un tarro sospechoso de haber recibido un "bautismo".
 
Lecheros de ayer... La pasteurización y los sachets reemplazaron los tarros y el medidor de litro; la camioneta y el furgón desplazaron jardineras y caballos; la venta en supermercados o en el almacén de barrio los relegaron casi por completo a la categoría de recuerdos de un tiempo que, por ser pasado, suele evocarse con nostalgia. Lecheros de ayer.... Desde un jardín pituco o desde el rincón “de onda” de un living coquetón, las ruedas de los viejos charrets, los clásicos tarros de veinte, quizás también los evoquen y nos saluden con nostalgia.

Irma Oger
Marzo de 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.