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Historias de Rojas

¿Porqué se acostumbró a denominar “crotos” a los linyeras?, ¿qué hacían deambulando por nuestra zona?, ¿cómo se los recibía en las chacras?, ¿de qué vivían?, ¿cómo se trasladaban?, ¿hacia dónde iban?, ¿se higienizaban?

1930 - 1950

LA IMPORTANCIA DE LAVARSE LOS PIES

Escribe: Bernardo Sheridan
ynrab44@yahoo.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

En tiempos de mi niñez (hace mucho), existían personas que no tenían domicilio fijo y caminaban de chacra en chacra, de pueblo en pueblo. Se los denominaba “linyeras” o “caminantes”.

Su equipaje era una bolsa que contenía todo su patrimonio. Solía estar atada a un palo que llevaba al hombro. A esa bolsa se la llamaba “el mono”.

Hubo muchos linyeras en los años treinta debido a una terrible crisis internacional, acompañada de sequía en nuestro país, que multiplicó la pobreza. Muchos hombres caminaban buscando un trabajo que estaban dispuestos a realizar con la sola compensación de la comida.

José Camilo Crotto, gobernador radical de la provincia de Buenos Aires era un riquísimo aristócrata con muchas inquietudes sociales. Como una forma de aliviar la miseria de esos hombres que buscaban trabajo dictó una ley por la cual cada tren debía transportar gratis a diez de esos necesitados.

Cuando el tren estaba por salir el jefe de la estación llamaba: “Diez por Crotto”. Resulta de ello se le empezó a decir “crotos” a esos pobres que deambulaban en busca de trabajo.

El idioma nace del pueblo y no de las academias. De ahí el cambio de significado de la palabra “Crotto” correspondiente a una aristocrática familia. Decir “Crotto” era como decir “Anchorena”. Con el uso popular pasó a significar “mal vestido”, “vagabundo”, “sucio”, “pobre”.

Pasada la crisis económica siguió habiendo linyeras o crotos. Éstos no lo eran por necesidad sino por vocación. Algún problema psicológico les impedía permanecer mucho tiempo en un lugar.
Cuando llegaban a una chacra pedían permiso para pasar la noche y generalmente se quedaban varios días. Algunos aceptaban hacer “changas” con lo que se ganaban unos pesos. Generalmente se los alojaba en el galpón y siempre se les daba de comer.

A la chacra de mi padre venían periódicamente los mismos. Tenían un circuito que siempre cumplían visitando a una serie de familias conocidas. Recuerdo a uno que decía ser cazador. Tenía una escopeta y atesoraba varios cueros de distintos animales con propósito de venta. Una vez advertí que eran siempre los mismos cueros. Parece que el hombre no era cazador ni los vendía. Lo de cazador era un pretexto de vida.

Una vez llegó a nuestra chacra un “caminante” diferente. En realidad no era caminante porque venía a caballo. Muy bien montado y con una tropillita de tres caballos. Bien campero en su vestimenta con prendas fuertes y prolijas, desmontó y pidió permiso para pasar la noche. Yo lo acompañé hasta el corral donde el hombre bañó minuciosamente a todos los caballos y acomodó su apero para dormir al descubierto. No quiso dormir en el galpón.

A mi padre le llamó la atención el hombre y en lugar de mandarle un abundante plato de comida lo invitó a cenar en nuestra mesa.

De vocabulario culto y conversación interesante, pasamos con el invitado una velada agradable pero no pudimos llegar a saber quien era realmente. Cortés y reservado, nos dejó un montón de interrogantes no expresados.

Años después supe que había un aristócrata aficionado a la vida gauchesca que construyó un rancho de barro en su estancia y salía de vez en cuando de gira con su tropilla durmiendo sobre su apero donde le tomaba la noche. Ese hombre se llamó Tito Saubidet y fue autor de por lo menos un libro titulado “Prendas Criollas”. Nunca llegué a confirmar si había sido él el recordado visitante.

El linyera más habitué de nuestra chacra fue un árabe llamado Arsenio Alan. Durante muchos años apareció de vez en cuando. Muy simpático y ceremonioso se instalaba por varios días. Nunca se ofreció a realizar ninguna tarea. El trabajo no era para él.

Cada vez que pasaba más de ocho días en nuestra chacra mi padre lo llamaba y le decía que al día siguiente íbamos a arreglar alambrados o hacer limpieza general en el galpón o cualquier otra tarea en que era necesario el trabajo de todos.

Don Arsenio asentía dando a entender que contaríamos con su colaboración, pero al levantarnos al otro día lo encontrábamos listo para irse con el “mono” al hombro y saludando sonriente. Mi padre sabía que esa iba a ser su reacción. Regulaba de esa manera su permanencia para que no abusara.

Don Arsenio Alan fue protagonista de una escena que nunca voy a olvidar. Un día mi hermano “Polo” (Leopoldo) venía de arar con el dos rejas tirado por caballos. Eran araditos de dos rejas de doce pulgadas tirados por seis caballos.

Polo se había sentado en una silla petiza cerca de la bomba y se estaba lavando los pies en una palangana. Para el que vuelve de una intensa jornada en el campo, sacarse las alpargatas y sumergir los .pies en el agua es un bálsamo.

Don Arsenio se acercó y le preguntó que estaba haciendo. Luego preguntó para qué se lavaba los pies.

Polo le dijo que era refrescante y proporcionaba una sensación de bienestar. Don Arsenio escuchaba con mucha atención.

Mi hermano lo invitó a que se lavara él también los pies. Al principio se negó rotundamente pero después se dejó convencer. Polo le preparó la palangana y lo hizo sentar en la silla petiza. Don Arsenio parecía estar muy nervioso. Acercaba el pié al agua y lo retiraba hasta que se decidió y los metió en la palangana. Le gustó la experiencia.

Después de eso se cruzó con varios (en ese tiempo en las chacras había mucha gente) y a cada uno le decía emocionado- “¡Me lavé los pies!”

Yo quedé con una idea dando vuelta en la cabeza. Lo pensaba, lo volvía a pensar y no lo podía creer. Pero evidentemente era cierto.: EN LOS SETENTA Y CUATRO AÑOS QUE DECLARABA DON ARSENIO ERA LA PRIMERA VEZ QUE SE LAVABA LOS PIES.

Bernardo Sheridan
Abril de 2012

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© CiudadRojas, enero de 2010.