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Historias de Rojas

En el campo “El Porvenir”, cercano a Carabelas, un estanciero dedicó su vida para ayudar a los enfermos y a los angustiados. Les hablaba paternalmente, los alentaba y les daba un vaso de agua. Muchos aseguran que se curaron en poco tiempo. Algunos, al instante.

1831-1891

PANCHO SIERRA

Escribe: Ariel Labrada

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

En 1881, proveniente de la ciudad de 9 de Julio (B), llegó a la estancia “El Porvenir” don Martín Bazterrica que padecía de un aneurisma en el corazón de diagnóstico incurable. Mantuvo una amable conversación con Pancho Sierra quien al final le ofreció un vaso de agua y le pronosticó que sanaría en dos años. Y así fue. Falleció veintitrés años después, de otra enfermedad.

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Desde la ciudad de Salto (B), en 1887, una mujer de escasos recursos, Indalecia V. de Areco viajaba hacia “El Porvenir” mientras pensaba en la dificultad que tendría para pagar la consulta. Apenas bajó, Don Pancho se le acercó y dijo: “Ya sé que venís muy preocupada pensando cómo harás para pagarme esta visita… pero debieras saber que este gaucho nunca ha recibido un cobre de nadie ni lo aceptaría, porque lo que Dios nos brinda para sanar o aliviar a los humanos no da derecho a lucrar.
“Tomá, bebé este vaso de agua y regresá tranquila que ya estás sana y no tendrás necesidad de volver por lo mismo. Andá nomás… y ¡que Dios te acompañe!”.
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Cuando Manuel Posadas era un niño y estaba muy enfermo, su madre lo llevó a “El Porvenir” donde llegó “casi muerto”. Los recibió Pancho, quien le dijo a la mujer: ”Vea, el chico se va a curar y usted ha de rezar y el chico me lo va a volver a casa y le va dando un poco de agua de esta botella que le entrego”… . Cuando llegó a su domicilio ya estaba sano.
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Gladys Montesina era una vedette que había perdido el cabello. Le pidió a Pancho que le concediera la gracia de recuperarlo. Recibió el consabido vaso de agua y tiempo después le volvió a crecer el pelo.
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El mayordomo de la estancia de Cano estaba tullido y lo llevaron en un carruaje. Cuando llegó a “El Porvenir” el vehículo se detuvo a unos treinta metros de donde estaba Don Pancho tomando mate. “Baje amigo”, le dijo y le contestaron: “no puede“. Sierra insistió: “¡sí puede!, venga amigo, no sea mañero”. El hombre empezó a moverse, estiró lentamente las piernas y, a tientas, llegó hasta él.
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El joven Ezequiel Molina, sobrino de una anciana viuda, sin hijos, muy enferma y propietaria de una estancia vecina, se acercó a Pancho para preguntarle: ¿Tiene para mucho más la vida de mi pobre tía? Y éste le respondió: “Te voy a dar una mala noticia. Lo de tu tía no es grave, pero vos estás realmente enfermo, Tu corazón no marcha bien porque la ambición es muy mala consejera y resulta doloroso que alguien desee la muerte de un familiar para cobrar su herencia.”
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En diciembre de 1887, estaba Pancho tomando mate con sus hermanos. De pronto hizo un silencio y quedó como paralizado. Recuperado del trance, dijo “Se ha derrumbado la torre de la iglesia de Rojas”. Efectivamente el suceso se había producido en ese momento, a treinta kilómetros de distancia.

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Varias veces pronosticó que su muerte se produciría un día viernes y, coincidentemente, sucedió el viernes 4 de diciembre de 1891 a consecuencia de una hemorragia cerebral.
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Sus deudos encargaron a la Cochería Hegoburu un sepelio de lujo, con cuatro caballos como era de estilo entre los acaudalados. Cuando cargaron el féretro los animales se empacaron y no había manera de hacerlos andar, hasta que alguien recordó que Pancho había dicho que deseaba algo muy sobrio. Desataron dos equinos y la carroza comenzó su marcha sin dificultad.

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Respecto a la veracidad de estos hechos no puedo ofrecer otra prueba más que la tradición oral y dejo a criterio del lector aceptarlos como verdades o no hacerlo. Lo real, lo indiscutible, es que la abrumadora mayoría de la población de nuestra zona en el siglo XIX lo creía firmemente.
Diez a veinte galeras con enfermos llegaban diariamente a “El Porvenir” desde los más distantes lugares, atravesando caminos polvorientos o barrosos. A esto hay que sumar los más cercanos que se movilizaban a caballo o en sulky. Todos los que venían en busca de alivio para sus males, al mediodía eran invitados para compartir un asado y, si alguno estaba en dificultades económicas, también recibía ayuda.

Los continuadores

En 1990 María Salomé Loredo Otaola de Subiza, acaudalada dama de origen vasco domiciliada en la ciudad de Buenos Aires, estaba padeciendo una misteriosa enfermedad y deseaba viajar para requerir el auxilio de Pancho, pero su debilidad no se lo permitía. Allegados de ambos arreglaron una entrevista en la entonces Capital Federal, que se concretó y dio lugar a una animada conversación en la que Sierra le vaticinó la muerte de su marido, la total curación de ella y que sería la continuadora de su obra, para lo cual –al decir de sus seguidores- le transmitió sus poderes y secretos.
Nuestro protagonista dijo a sus fieles: “En la tierra les dejo a María. Búsquenla que la encontrarán”. Falleció al año siguiente y la viuda de Subiza continuó la obra en el Gran Buenos Aires con el nombre de “La Madre María”. Los devotos de ambos crearon la Iglesia Evangélica Argentina.

Colofón

Proveniente de una familia de estancieros, Pancho heredó 2.700 hectáreas con su casco de estancia ubicadas en las proximidades de Carabelas, bienes que le hubieran permitido vivir cómodamente en el mundo de los propietarios ricos, pero prefirió dedicarse a escuchar, comprender y ayudar a los numerosos hombres y mujeres que llegaban a “El Porvenir” arrastrando un cuerpo enfermo o una angustia que los torturaba.
Ahora, a más de un siglo del fallecimiento de “El Médico del Agua”, hay quienes sostienen que tenía facultades sobrenaturales de origen divino. Otros, más positivistas, buscan la explicación a través de la sugestión, la intuición y la sabiduría gaucha. Considero que la polémica es infructuosa. Lo verdaderamente importante es la pasión que tenía para hacer el bien sin buscar lucro ni réditos políticos. Un hombre que sentía un profundo amor al prójimo y lo concretaba diariamente.
El escribano Julio Olivencia Fernández, en 1924, al historiar nuestro partido, ha dicho: “No fue don Pancho Sierra un inconsciente curandero (…) Fue un espíritu fino y cultivado, afecto al estudio de los grandes problemas de nuestra vida…
“La observación profunda, la fuerza de carácter, un íntimo conocimiento del alcance mental de nuestra población de campaña, la facilidad con que lograba el casi instantáneo análisis de situaciones o estado morales, la potencia de sugestión de que era poseedor perfecto, y otras cualidades con que cuentan ciertos organismos y que todavía escapan al escalpelo de la actual ciencia positiva, hicieron de él un completo dominador de multitudes, que en lugar de emplear su poder y su influjo en deleznables satisfacciones materiales, los dedicó al consuelo del doliente, al auxilio de los menesterosos, pues a la inversa de los pseudos-curanderos de hoy día, el socorro que Don Pancho Sierra prestaba al desvalido era doble: el uno moral, tratando de ejercer en pro de una mejoría, se consiguiera o no, toda la mayor suma de sus conocimientos y su sentir humanitario, y el otro material, práctico, a fin de aplacar las crueles necesidades de la vida, por cuanto era el que siempre daba y jamás recibía.”

Ariel Labrada
Febrero de 2012

Bibliografía utilizada:
“Búsqueda” de María Teresa Superno, Ed. Colofón, año 2000.
“El Médico del Agua” de Leonor Sierra de Terrile, año 1996.
“Génesis de un pueblo – Carabelas II” de Omar Alfredo Pollo, año 2010.

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© CiudadRojas, enero de 2010.