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Historias de Rojas

La explotación familiar de la chacra incluía a los niños que así se formaban en la cultura del trabajo. Se laboraba a la intemperie, al sol y sin guantes. Un ejercicio saludable pero que les iba dejando su marca en el color de la piel, en la fuerte musculatura y muy especialmente en la aspereza de sus manos, que no tenían la suavidad de las del escribano que confronta en este relato.

1950 - 1960

LAS MANOS DEL ESCRIBANO

Escribe: Bernardo Sheridan
ynrab44@yahoo.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

En mi época (década de 1950) se sacaba la Cédula de Identidad a los doce años. Posteriormente, a los dieciocho, los hombres obtenían la “Libreta de Enrolamiento”, documento cívico militar destinado a acompañarlo toda la vida.
Como las mujeres no hacían el Servicio Militar, recibían la “Libreta Cívica” a la misma edad.
Yo vivía en la chacra familiar del barrio “La Estrella”, que respondía al nombre del Club, almacén de Ramos generales y herrería ubicado en el camino real que une Colón y Rojas. Distaba el almacén “la Estrella” aproximadamente veinte kilómetros de Rojas.

En el gran galpón que hacía de salón de bailes del Club los vecinos habían logrado que se creara una escuela oficial, que tenía el número 24. Tuve la suerte de asistir a ella a partir del segundo año de su funcionamiento y el privilegio de ser alumno de una maestra excepcional: Juana Francisca Corti.

Los chicos del barrio en ese tiempo participábamos en el trabajo rural desde la más tierna infancia.

No se usaba todavía los herbicidas y combatíamos el yuyal con la azada.

En cada chacra había una huerta. No comprábamos la verdura en el pueblo. Punteábamos la quinta.

Cada familia se abastecía de leche con las vacas amansadas que cumplían la función sin ser de raza especial para ello. Generalmente los niños tenían la responsabilidad de ordeñar. En mi familia se nos confiaba esa función.

Casi todos los chacareros tenían una producción mixta: agricultura y ganadería.

Las chacras, divididas en lotes, rotaban en ambas funciones. Debido a que cada lote agrícola había permanecido un tiempo dedicado a la ganadería no era necesaria y no se conocía, la aplicación de fertilizantes químicos.

Era muy común que se sembrara el trigo con alfalfa. Cuando se cosechaba el primero, quedaba el alfalfar y, antes de largar el ganado para el pastoreo se cortaba la alfalfa con la guadañadora. Estas eran dos ruedas, tiradas por dos caballos. A la derecha estaba la cuchilla dentada que corría sujeta a puntones que la abrazaban de arriba y abajo. Al quedar la plata frenada por el puntón era cortada por la cuchilla que se desplazaba. El movimiento era transmitido por el girar de las ruedas.

El conductor iba sentado. La cuchilla se bajaba solamente para trabajar. De lo contrario iba en posición vertical, lo que evitaba arrastrarla inútilmente y facilitaba el paso por las tranqueras. Todavía se usan algunas maquinitas como esas.

En general han sido reemplazadas por cuchillas similares aplicadas a la toma de fuerza de tractores.

La alfalfa cortada se emparvaba para tener reservas. Eran indispensables porque además de vacunos, porcinos y ovinos en cada chacra había un plantel de caballos.

Cada arado de dos rejas de doce pulgadas necesitaba doce caballos pecherones.

Seis para la mañana y otros seis para la tarde. Era indispensable un caballo de sulky y, por lo menos, uno de andar.
Para juntar el pasto cortado se empleaban chatas tiradas por caballos o rastrones.

Estos últimos consistían en rectángulos de fuertes tablones alineados en forma vertical, atornillados y sostenidos con otros en forma horizontal. Eran arrastrados por dos caballos y se deslizaban por el piso.

En el rastrón se cargaba a horquilla el pasto hasta una considerable altura y se la conducía hasta el lugar de la parva. Allí el parvero iba amontonando con prolijidad del pasto en sucesivas camadas hasta llegar, a veces, a gran altura.

Cuando la parva era muy alta se usaba un guinche. Tenía una especie de enorme horquilla que clavaba el pasto del rastrón y lo elevaba. El guinche se manejaba de manera que el pasto se posara donde indicaba el parvero y éste lo acomodaba de la manera más conveniente.

Cuando se llegaba al extremo superior se iba estrechando el perfil de la parva de manera que el agua de la lluvia se deslizara por los costados sin podrir el pasto.

No cualquiera era parvero. Había quienes tenían suma habilidad en eso y eran convocados por los vecinos.

La emparvada, como la yerra, eran tareas compartidas con grupos de vecinos. A cada chacra asistían los del barrio a ayudar. Al lado del parvero había un ayudante que le iba alcanzando las gavillas para su ubicación. Este “ayudante parvero” solía ser un niño.

Los cereales se cosechaban en bolsas que quedaban en el piso del campo. Se cargaban las bolsas en chatas utilizando un aparejo. Se abrazaba la bolsa con una gran tenaza de hierro atada a una soga que pasaba por una roldana ubicada en la parte posterior de la chata e iba hasta la cincha de caballo montado por un chico.

El brazo del aparejo rotaba para conducir la bolsa desde el costado al lugar de la chata donde se la quería ubicar.
Cuando un temporal de lluvia mojaba las bolsas antes de que se hubieran recogido y llevado a la estiba, había que vaciarlas sobre una lona en días de sol a fin de secar el grano y volverlo a embolsar. Ese trabajo era puramente manual y se hacía con palas anchas para llenar nuevamente las bolsas. En esa tarea participaban todos los chicos de la familia.

Cuando me llegó la edad de sacar la Cédula de Identidad, hacía unos meses que estábamos abocados a curar los vacunos de una epizootia relacionada con la Aftosa.

Los animales se enflaquecían y se les deformaban las pezuñas disminuyendo su capacidad de movimiento y alimentación.
En mi casa se volteaban, por los menos, cincuenta animales por día para curarlos.

Los chicos participábamos enlazando, pialando y alcanzando los curabicheras y remedios.

Fue en ese tiempo en que conocí al primer veterinario en mi vida. Era el doctor Osvaldo Luis Aguirre, radicado en Colón. Sentíamos por él un enorme respeto.

Era un acontecimiento para nosotros escuchar a un graduado universitario, compartir con él conversaciones y también las ruedas de mate y picadas de chorizo casero.

Años después empezó a aparecer por la zona un veterinario de Junín: Rubén José Mattiazzi. Yo no llegué a conocerlo pero era muy mentado por sus métodos de avanzada y porque se desplazaba en un ómnibus convertido en casa rodante donde llevaba todos los medicamentos de su especialidad. Los clientes atendidos por él no tenían que viajar a una ciudad a buscar insumos. Él llevaba todo lo necesario. Si el trabajo no terminaba en un día, el doctor Mattiazi dormía en su casa rodante y continuaba en la jornada siguiente.

Estando en fecha de sacar mi Cédula de Identidad, a los doce años, ensillé mi caballo y marché hacia el Registro Civil de Carabelas.

Estaba emocionado. En mi imaginación de niño de campo sentía que la obtención del documento era un acontecimiento importante.

El funcionario encargado era el escribano Ulises Corti. Me tomó las impresiones digitales. El resultado fue un manchón donde no de veía una sola línea. Tenía las manos callosas y la piel de los dedos gastada por el roce de la pala, la azada, el lazo, la horquilla y la arpillera de las bolsas.

El escribano miró con gesto reprobatorio y me dijo que no podía hacerme el documento porque no tenía impresiones digitales.

-“Usted tiene que tener unas manos así-“ me dijo mostrando las suyas. Yo miré asombrado esas manos de piel perfecta y quedé anonadado. Nunca había visto en mi ambiente algo igual. Pensé que no las iba a lograr y permanecería toda la vida indocumentado.

Para mi tranquilidad agrego:- “Vuelva dentro de una semana. Cuídese las manos”.
A la semana volví y los resultados no fueron satisfactorios. Se me concedió una semana más y luego otra y otra. En la quinta oportunidad pude imprimir unas huellas digitales dudosas, pero finalmente aceptadas.
¡Y CONSEGUÍ MI CÉDULA DE IDENTIDAD!

Bernardo Sheridan
Octubre de 2011

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© CiudadRojas, enero de 2010.