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Historias de Rojas

En las proximidades del tanque de Aguas Corrientes existía una casa con ocho habitaciones donde ejercían la prostitución mujeres que habían sido llevadas a eso contra su voluntad. Eran virtuales esclavas. Lo que recaudaban se convertía en buenas ganancias para el dueño del quilombo, la madama y su cafisho. Esas “casas de tolerancia” estaban autorizadas por las leyes y reglamentadas por ordenanzas municipales. En 1937 fue clausurada la de Rojas.

1890 - 1937

EL QUILOMBO

Por Ariel Labrada

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Para los jóvenes del siglo XXI, la palabra “quilombo” es un superlativo de desorden. Para los muchachos de principios del siglo XX era una cosa distinta, una palabra grosera con la que se designaba al prostíbulo, lugar donde no existía indisciplina, porque todo estaba organizado para que no se alterara el orden establecido. Las peleas (que las había con frecuencia) se hacían fuera de él.
En Rojas, en la década de 1930, estaba ubicado en las proximidades de la manzana del tanque de las Aguas Corrientes, zona que en aquella época era alejada del núcleo de la población donde vivían las “familias”. Era una casa con ocho habitaciones en línea, en cada una de las cuales había una mujer, más o menos joven, que estaba sometida a la prostitución en una situación de virtual esclavitud, ya que no tenía posibilidad de salir de esa situación y era explotada por el dueño del quilombo, la madama y su cafisho.

PANORAMA NACIONAL

La gran inmigración de hombres solos que se produjo a fines del siglo XIX y principios del XX, hizo que prosperara la industria prostibularia que fue apareciendo en distintos puntos del país, fundamentalmente en ciudades portuarias y zonas donde se radicaban para trabajar los extranjeros recién llegados. Los centros más famosos fueron Rosario y Avellaneda, sin perjuicio de lo que existió en la ciudad de Buenos Aires.
Los primeros en explotar organizadamente este triste negocio fueron judíos polacos. La técnica consistía en prometer casamiento a alguna campesina de familia pobre de aquel país. En la Argentina había prosperidad y con esa ilusión se conseguía que los padres lo aprobaran.
Una vez en nuestro país, con un casamiento simulado o sin él, la obligaban a ejercer la prostitución. Sola, sin dinero, sin conocer el idioma, ni siquiera tenía oportunidades de recurrir a la policía que –dicho sea de paso- estaba vinculada a los explotadores. Ingresaba al quilombo cuyo dueño la había comprado en un remate y nunca más podía salir de esa situación.
Los prostíbulos estaban reglamentados por leyes y autorizaciones municipales con control sanitario, fundamentadas en la necesidad de evitar la propagación de enfermedades venéreas.

PRECIOS

En el quilombo de Rojas el acto sexual tenía como precio dos pesos, que el cliente pagaba a la mujer y ésta, apenas terminada la sesión, los entregaba a la madama. No he podido determinar cuánto se le reintegraba.
Considerando que, en aquella época, un litro de leche costaba diez centavos y un kilo de carne para puchero veinticinco; que el salario de un obrero era de noventa centavos diarios y el sueldo de un empleado de comercio oscilaba entre quince y treinta pesos por mes, aquellos dos “nacionales” eran una cifra importante.
Si estimamos un promedio de treinta clientes por día, a fin de mes se producía en el quilombo un ingreso bruto de un mil quinientos pesos, equivalente a más de tres mil jornales o a quince mil litros de leche. Evidentemente, era un negocio muy lucrativo.
La madama vendía los preservativos a veinte centavos. En las farmacias costaban diez.

LAS PROSTITUTAS

Las muchachas no habían llegado a esa situación voluntariamente, sino obligadas por el hombre que la había seducido. Una vez ingresadas al prostíbulo se las denominaba “pupilas” porque vivían permanentemente en ese lugar hasta su muerte. No hay noticias de que en Rojas hayan trabajado extranjeras, como era frecuente en las grandes ciudades, pero tampoco eran nativas de nuestra ciudad, por lo menos en lo que se refiere a familias conocidas.
Estaban propensas a contraer enfermedades, no solo las venéreas, sino también otras contagiosas como la tuberculosis, con pocas posibilidades de curación en aquella época. Las revisaciones médicas periódicas que se hacían obligatoriamente por disposición municipal no la liberaban de esos peligros y, mayormente, estaban destinadas para proteger a la clientela.
En esa situación, su vida era corta y sin posibilidades de formar una familia. Los martes no había actividad en el quilombo y las chicas salían a dar un paseo en “Mateo” (coche de plaza tirado por un caballo, que podía llevar cinco pasajeros). Recorrían las calles del centro ante el escándalo de las damas y la prudencia de los hombres que simulaban no conocerlas. En algunas de esas ocasiones llegaban a las tiendas para renovar el vestuario y comprar perfumes. Eran recibidas como clientas muy productivas.
Había modistas y bordadoras que también las tenían como buenas clientas, porque no existía la ropa de confección (“pret-a-porter”) y gustaban (y necesitaban) estar bien vestidas.

LA MADAMA

Era algo así como la “gerenta” del negocio que hacía el propietario del prostíbulo. Mujer de fuerte carácter, ex prostituta, cuidaba celosamente los interesas de aquél y que todo funcionara ordenadamente. Era el máximo rango al que podía aspirar una ramera.
Guardiana del orden, intervenía para que no hubiera riñas dentro del establecimiento. Las disputas entre los hombres debían ventilarse afuera.
El nombre de “madama” era una versión acriollada de la palabra francesa “madame” (señora). En su origen, era un tratamiento respetuoso hacia una dama.
Cuando algún cliente se demoraba en la habitación con la muchacha, ella le golpeaba la puerta porque estaba en presencia de dos peligros. El primero, que se generara un enamoramiento que podía traer complicaciones. El otro, es que el hombre hiciera dos veces lo que pagaba por uno.

EL CAFISHO

Era un hombre que vivía sin trabajar a expensas de lo que ganaba la muchacha que él había iniciado en la prostitución. Sus ingresos eran superiores al sueldo de un empleado y hacía gala de su oficio, ya que ello le daba una aureola machista.
Se distinguía por la buena vestimenta: pantalón “bombilla”, es decir angosto, zapatos con “taquito militar”, de unos cinco centímetros de alto y saco. No utilizaban corbata, pero sí un pañuelo al cuello, que podía estar bordado con sus iniciales.
No vacilaba en castigar a la mujer ante cualquier disputa, inclusive cuando no producía buena cantidad de dinero.
Podía tener más de una muchacha que trabajara para él y era muy posesivo, no permitiendo bajo ningún concepto que lo abandonara o que cambiara de cafisho. Si se daba esta última situación el castigo podía ser de cualquier nivel, inclusive la muerte.
En la década de 1930, disputaron la posesión de una mujer entre dos de estos individuos, dirimiendo el conflicto a balazos en la Confitería San Martín, que estaba frente a la plaza homónima. El primero, con buena puntería, acertó en partes vitales del segundo. Este último no tenía igual precisión y lo hirió en lugares menos importantes, pero como tiraba con balas recortadas le produjo una hemorragia que no se pudo detener. Ambos murieron.

EL DUEÑO

Este personaje era el más beneficiado del triste sistema. Las ganancias eran grandes y se cuidaba muy bien de cultivar amables relaciones con el comisario de policía, que también recibía algo de aquello.
Generalmente estaba ligado a algún caudillo político a quien apoyaba en las elecciones a cambio de concesiones y protección ante eventuales problemas con la justicia.

LOS CLIENTES

La mayoría de los muchachos esperaban cumplir los dieciocho años y tener la respectiva “libreta de enrolamiento”, para iniciar su vida sexual en el quilombo. La costumbre era no presentarse solo, sino acompañado de un amigo de mayor edad que lo conducía y asesoraba en una suerte de “padrinazgo”.
Uno de aquellos, el peluquero L. P. se acostó con una muchacha que estaba cansada de los malos tratos de su cafisho y le dijo “sacame de aquí pibe. Yo voy a trabajar para vos”. Aunque la propuesta, en materia de cifras era muy tentadora, tuvo la inteligencia de no aceptarla porque sabía que se exponía a la ira y a las balas de su actual poseedor.

LAS LEYES

La ley Nacional de Profilaxis que lleva el N° 12.331, prohibió los prostíbulos desde el año 1936, pero no el ejercicio de la prostitución en forma individual, ya que la finalidad era evitar la situación de esclavitud que tenían las pupilas. En Rojas, fue cerrado en 1937.

Ariel Labrada
Octubre de 2011

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© CiudadRojas, enero de 2010.