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Historias de Rojas

Lucio V. Mansilla escribió una comedia de costumbres mientras estuvo en nuestra ciudad. Estanislao Zeballos, Eduarda Mansilla, Eduardo Gutiérrez y el catamarqueño Luis Franco relatan sucesos reales o imaginarios que se ubican en Rojas. El inglés John Miers hace observaciones harto interesantes en sus crónicas de viaje. Horacio Oyhanarte figura en una antología germano-argentina y Ernesto Sábato prefirió aludir indirectamente a la ciudad de su infancia que rebautizó como “Capitán Olmos”.

1830 -1950

ROJAS EN LOS LIBROS

Por Alejandro Elcoro
aelcoro@hotmail.com

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Sucede a veces que en un país lejano nos encontramos con un vecino de nuestra ciudad, y eso nos produce una rara y sorprendente alegría; así que invitamos a esa persona que nunca habíamos tratado en casa, y nos vamos a tomar un café y a hablar de la tierra que dejamos atrás. Algo así me ocurre cuando veo el nombre de Rojas en un libro, sea en una ficción, sea en las memorias de un viajero, sea en una antología poética.

Desde luego, la mención más alta de nuestra ciudad la encontramos en la obra de Sabato, pero a esto lo dejaremos para el final.

Lucio V. Mansilla, el autor de la Excursión a los indios ranqueles, estuvo como capitán en Rojas hacia 1863. Lo cuenta Julio Caillet-Bois, en una nota biográfica de la edición de Emecé de este libro (1989). Dice el biógrafo: “Desde su guarnición en Rojas, escribe afanosamente, porque le preocupa el temor de quedar inadvertido”. Mansilla mantuvo un copioso correo con sus relaciones de Buenos Aires, tratando los más variados temas: desde la organización del ejército hasta la creación del Colegio Militar, pero también tradujo a Alfred de Vigny y una Historia de la caballería francesa; participó de la discusión en torno a la Vida de Jesús de Renan y reseñó las novelas de su hermana Eduardita. Y agrega Caillet-Bois: “Hasta una comedia de costumbres escribió en Rojas. La tituló Una tía, es obra curiosa y no por su argumento; los tipos, en cambio, son porteñísimos y sostienen esa acción de previsible desenlace”. Se cree que también aquí escribió su Ensayo sobre la novela en la democracia. El periodista Eduardo Tarnassi, en La Nación del 19/9/02, nos recuerda esta anécdota: “Cuentan que cierta vez, cuando era capitán y a pesar de estar armado, en Rojas, provincia de Buenos Aires, lo corrió un perro manso y no supo qué hacer”. (Mansilla mismo ha declarado su terror por los perros, pero tuvo varios, y uno, Brasil, lo acompañó hasta las tolderías de los ranqueles, y quedó ahí, como prenda de amistad con el cacique Ramón Platero.)

Con toda probabilidad, la romántica novela Pablo o la vida en las pampas, de Eduarda Mansilla (Editorial Confluencia, 1999), no es de las más grandes de la literatura argentina, pero sí nos deja una imborrable impresión de nuestro terruño. Víctor Hugo le escribió a la autora: “Hay en su novela un drama y un paisaje. El paisaje es grandioso. El drama, conmovedor”. Este libro, escrito originalmente en francés, fue publicado en París en 1869. Dice Jorge Carman: “La autora nos traslada a la pampa de mediados del siglo XIX con habilidad y sobre ejes conceptuales claros que residen en la descripción geográfica, los usos y costumbres de sus habitantes y los valores comunes sobre los que construyen sus existencias”. Lo cierto es que el evocador nombre de Rojas aparece aquí una veintena de veces.
Destacaré sólo algunos párrafos:
“Cuando la partida en la que iba Pablo llegó a Rojas, se encontró con un gran revuelo. Las autoridades acababan de recibir la orden de movilizar su contingente de inmediato, ya que el gobierno estaba al tanto de una invasión por el norte, que iba a efectuarse en connivencia con los indios”.
“Los habitantes de rojas estaban al borde de la desesperación. De acuerdo con las órdenes de Buenos Aires, las tropas de frontera debían unirse al cuerpo de ejército acampado en San Nicolás. De este modo, Rojas quedaba indefensa, expuesta a los ataques...”
“La guardia nacional de Rojas, integrada por jóvenes del campo del tipo de nuestro héroe, se dispersó a lo largo y ancho (...) La pequeña columna se puso en marcha en silencio, dejando a su paso penas y lágrimas. Rojas parecía más silenciosa y desierta que de costumbre”.
“La madre cosía muy bien y bordaba flores de altar, pero la iglesia de Salto ya tenía suficientes con los cuatro ramilletes que el cura le había comprado, y la de Rojas estaba cerrada al morir el párroco en el último ataque del malón”.
“Al bajar el sol, la tropa se puso en marcha, deteniéndose periódicamente cuando éste arreciaba. En quince días recorrió las ochenta leguas que separan Rojas de Buenos Aires”.
“Acababa de sonar el ángelus en la iglesia de Rojas (...) Los lectores recordarán que la guardia nacional de Rojas, a las órdenes del capitán Vidal, partió a disgusto de la ciudad (...) Al día siguiente del ataque, el aspecto de Rojas era desolador. Las calles estaban desiertas y, a cada paso, se veían cadáveres desnudos de hombres mayores y niños (...) No satisfechos con saquear Rojas, los indios asaltaron sin piedad las estancias de los alrededores. Enarbolando el estandarte federal, llevaron el espanto y la desolación por donde pasaron”.

Estanislao Zeballos nombra varias veces a nuestra ciudad, en su interesantísima trilogía Callvucurá-Painé-Relmú. Cuenta que en Rojas se concentraron tropas para salir al desierto, y también que fue invadida por los indios, que se arriaron sesenta mil cabezas de ganado. Desde aquí salió el coronel Emilio Mitre, y se tuvo que volver, batido por la sed. Según el informe de Mitre, en Rojas estuvieron los yanguelenes, que formaban parte de la columna gubernativa. Cuenta Zeballos que los pampas “mantenían entre los cristianos un servicio de observación y espionaje admirable. Caciques astutos vivían entre los titulados indios amigos de las reducciones fronterizas, dedicados exclusivamente a aquel objeto; y comerciantes malvados de todas las fronteras, de Bahía Blanca, del Azul, de Rojas, de La Carlota, de San Luis, les daban informaciones y periódicos, mientras se enriquecían por sus rapiñas, a las barbas de los dueños de los ganados, cuyos cueros y demás frutos les consignaban los indios desde el Desierto”. Finalmente cuenta que desde Rojas, el indio Cristo “alzó el poncho” y corrió a reunirse a la Gran Confederación de sus hermanos de Tierra Adentro.

Zeballos tiene otro libro famoso y muy interesante, que es La conquista de quince mil leguas (Hachette, Buenos Aires, 1958). Hoy por hoy, su postura puede resultar irritante, toda vez que postula la expansión de la frontera de Buenos Aires sobre el territorio que ocupaban los pueblos aborígenes; pero en su tiempo era lo que reclamaba la opinión pública. En esta obra, cuyo original es de 1878, menciona varias veces a Rojas, y he aquí un párrafo que ejemplifica su inclusión:
“Buenos Aires, dice un escritor antiguo, cabeza del vasto Virreinato de este nombre, yacía en un rincón de las pampas, rodeada de pocos fuertes que formaban como una línea de circunvalación a menos de treinta leguas de sus arrabales; y Chascomús, Luján y Salto, marcaban los límites territoriales de una ciudad cuya jurisdicción se extendía hasta el Desaguadero.
Tal es el juicio exacto que inspiraba el estado de la frontera sur de la República, al concluir el Virreinato de Bucarelli, en el año 1768.
El Virrey Vértiz recibió exhortaciones de avanzar sobre la pampa, para asegurar la dominación del río Salado, cuya línea estaba hasta entonces en poder de los vándalos; pero se prefirió trazar una nueva paralela de Rojas a la Guardia del Monte, apoyada en los fortines de Ranchos, Lobos, Navarro y Areco, construídos al borde de las lagunas del mismo nombre”.
Hasta donde yo sé, Bucarelli no fue virrey del Río de la Plata, sino capitán general y gobernador de Buenos Aires. Bajo su mandato fueron expulsados los jesuitas y se tomó posesión de las islas Malvinas.

En casa de mi madre, que estudió en la Goethe Schule (hasta que el colegio fue cerrado, luego de la Segunda Guerra Mundial), me encontré con una antología de poetas argentinos y alemanes, en idioma alemán. El libro se titula Stimme des Herzens (algo así como La voz del corazón), tiene 390 páginas, lo editó Imprenta Mercur, de Buenos Aires, y es del año 1944; de modo que podemos pensar que a los catorce años, ya esos estudiantes habían leído estas obras, de autores germanos y criollos. Y he aquí que el primer poema recopilado es Gauchos Lied (es decir: Canción del gaucho) de Horacio B. Oyhanarte. El traductor Robert Lehmann-Nitsche ha titulado así al poema que conocemos como El gaucho, y vierte sólo dos estrofas de las diez que tiene el original. Ignoro casi a la perfección la lengua de Heine, de Schiller, de Hölderlin, pero juzgo que vale la pena transcribir esos versos:

Ein Gaucho bin ich, singe,
wenn drückt ein schweres Leid,
es klingt in meinen Liedern
der Seele Traurigkeit.
Was gilt das blosse Leben!-
Die Freiheit ist das Best!
Wo vor mir aus sich breiten
der Pampa wilde Weiten:
da ist die rechte Heimat,
Sturmvogels rauhes Nest!

Ein Gaucho bin ich, mein ist
die stille Einsamkeit,
des Windes Liedertönen,
des Ranchos Binsenkleid.
Ein Schatz von Traumgebilden
ruht stumm in meiner Brust:
doch nachts, am Lagerfeur,
dann schlag ich hell die Leier,
sing meines Volkes Weisen
voll wehmutsschwerer Lust!

Dado que nunca una traducción podrá recuperar el sabor de las voces criollas, conviene recordar las décimas del poema, que dicen:

Yo soy el gaucho que canta
Cuando el pesar le acongoja;
Soy árbol que se deshoja
Del dolor bajo la llanta;
Sólo en la vida me encanta
El vivir con libertad,
Para eso la inmensidad
Del desierto se ha extendido;
Yo necesito ese nido,
Soy ave de tempestad.

Yo soy el gaucho que adora
La soledad del desierto,
De las brisas el concierto
Y su rancho de totora;
El que vive entre la aurora
Del amor y el sufrimiento,
Soy el que respira el viento
Sahumado de margaritas;
El que canta vidalitas
Más sentidas que un lamento.

Es verdad que la edición no menciona el nombre de Rojas, pero fue el familiar apellido del vecino de nuestra ciudad, y la rara emoción que me produjo, lo que me llevó a decidirme a realizar una recopilación como ésta.

También me he topado con el colorido nombre de nuestra ciudad en la Historia de Juan Manuel de Rosas, de Eduardo Gutiérrez (Capital Intelectual, Bs. As., 2009), en los siguientes párrafos:
“López, con un ejército poderoso y unido al ambicioso general Alvear que pretendía imperar en la Provincia, no sólo mantenía en jaque a Buenos Aires, sino que nuestra campaña Norte era el teatro de sus rapiñas y ferocidades que siempre distinguieron a todas las tropas santafesinas. Eran San Nicolás, el Pergamino y Rojas los pueblos que aquellas tropas ponían a saco, cometiendo en ellos toda clase de depredaciones”.
“Pero las invasiones eran tan frecuentes, que el Gobierno se resolvió a hacer una nueva salida. Entonces la frontera alcanzaba hasta Rojas, adonde llegaban las avanzadas de regimientos de húsares campados en el Salto. Este regimiento mandaba sus descubiertas hasta el arroyo del Pelado”.
“Éste (Dorrego), que tenía preparada con anticipación su tropilla en previsión de una desgracia, montó su mejor caballo y seguido de un grupo de soldados, tomó hacia Rojas, buscando el camino de San Nicolás”.
“De modo que cuando Lavalle llegó a Rojas, López se inclinó más al Norte y de allí se corrió al Sur, buscando su mayor general”.

El catamarqueño Luis Franco, poeta, ensayista, investigador, en La pampa habla (La verde rama, Buenos Aires, 1982) nombra tres veces a nuestra ciudad. En la primera, dice: “En 1857 un malón cae sobre Rojas y Pergamino y se retira precedido de la consabida interminable procesión de vacas. El coronel Emilio Mitre, comandante de la frontera norte, consigue darles alcance y recuperar casi todo el botín. Recibe orden de avanzar de inmediato hasta Leuvucó, metrópoli de los ranqueles (...) Todo termina en una ejemplar derrota infligida por el desierto...” Luego, sigue: “¿Que después de sus triunfales incursiones en tierras cristianas, los plumeros de las tacuaras arbolaban ya los dos tercios del territorio de la provincia mayor -sin contar el de las otras-, es decir, todo lo que quedaba detrás de los fortines que iban desde Pergamino a Bahía Blanca, pasando por Rojas, Azul, Veinticinco de Mayo y Chacabuco? Eso importaba poco”. Por último: “En 1855 una invasión de soldados de la Confederación fue rechazada por el coronel Mitre, quien resolvió que el escuadrón de indios amigos ranquelinos reducidos en Rojas a las órdenes del indio Cristo les cortara la retirada (...) Así ocurrió, (...) y el cacique, después de tan evangélica hazaña, ganó gran predicamento ante Mitre y el gobierno porteño”.

Un inglés, de nombre John Miers, pasó por estos pagos en un viaje que hizo de Buenos Aires a Chile, hacia 1820/1824. No conozco su libro, pero lo cita La Voz de Rojas en su edición del 15 de enero de 1995. Cuenta el viajero que en un pequeño rancherío vio “ropas tendidas a secar”, y agrega que “estos gauchos del caserío de Rojas fueron con sus familias los más aseados que encontré en mi travesía hasta Santiago de Chile (...) Lo que más me llamó la atención fue el hecho de presenciar en esta posta de Rojas una gran mesa tendida en la que comían en conjunto patrones y peones, cosa inusual en Inglaterra; aquí en la Argentina, el patrón, aunque sea propietario de una o dos leguas de tierra, en nada se diferencia del peón en cuanto a sus hábitos y sentimientos”.
Recuerda a “un gaucho sesentón que se ha negado a adoptar los usos de los extranjeros; este hombre vivía, según una frase que oí de sus propios labios, en estado natural. Su indumentaria era gauchesca, al uso del país; el cuarto donde dormía no había sido barrido desde hace seis meses atrás. Bajo el lecho tenía un gallo de riña, su favorito, atado a la pata de la cama, para que su dueño pudiera tenerlo a mano y divertirse con él. Colgaban de las paredes del rancho, estribos, espuelas y otras prendas de montar, todas de plata. Me invitó a cenar y la comida consistió en carne y nada más que carne; no se me dio sal, ni pan, ni galleta, ni verduras de ninguna especie (esta gente de Rojas no tenía huertas)”.
“Me llevé una buena impresión del poblado de Rojas, cosa que no puedo decir de otros tantos que atravesé en mi largo viaje”.
Los textos y la recopilación pertenecen a Luis E. Boroni.

Respecto de don Ernesto Sabato, en Sobre héroes y tumbas las menciones de su ciudad natal son en clave, según mi lectura. Cuenta ahí que el viejo tío de Alejandra, cuando le relata a Martín la historia de su familia, dice que su antepasado fue capitán de milicias de la Guardia de la Horqueta: así se llamaba el fortín, que ahora se llama pueblo de Capitán Olmos, y recuerda que Rosas ha descubierto que el capitán se cartea con otros estancieros del Salto y del Pergamino. De modo que reconocemos que aquí Rojas se ha convertido en ficción, y está rodeada de su realidad actual. Y para concluir, en otra parte cuenta de Bruno, un personaje ya mayor, que es un poco el confidente y el guía de Martín, que había sido amigo de la madre de Alejandra, y en quien muchos han visto una proyección del mismo Sabato, que su padre tenía un molino harinero en Capitán Olmos, lo cual, como sabemos, es parte de la biografía del autor rojense. De manera que nos queda la sensación de que Sabato, en su esfuerzo por recuperar algo de ese paraíso perdido que es la infancia, tenía en su imaginario a la ciudad de Rojas, a la que trata de inmortalizar en su ficción.
(A la luz de lo visto anteriormente, no deja de ser curioso que Sabato llame Vidal Olmos a la familia protagonista de Sobre héroes y tumbas: el Capitán Vidal es uno de los personajes de la novela de Eduarda Mansilla, Capitán Olmos es el nombre imaginario de la ciudad. Sabato debe haber tenido en mente a Pablo o la vida en las pampas, la coincidencia no puede ser casual.)
Y por último, hacia el final de Abaddón el exterminador, hay un capítulo -un sueño del protagonista- que se titula “Viaje a Capitán Olmos, quizá el último”. Puede ser un sueño, pero puede también ser un viaje al territorio imaginario de la infancia. El narrador camina hacia la casa en que había nacido, luego a la plaza, finalmente al cementerio, donde recorre nombres dispersos, familias olvidadas, y donde encuentra la lápida de Ernesto Sabato. Y frente a ella se pregunta: “¿Pero por qué lo había visto enterrado en Capitán Olmos, en lugar de Rojas, su pueblo verdadero?” He aquí por fin el nombre amado, el dulce nombre de los recuerdos de los primeros años, el nombre donde se cruzan la ficción y la infancia del creador. El nombre de Rojas se convierte entonces en la cifra; la cifra de un pueblo que no se ha transformado, que guarda la casa de nuestra infancia, que esconde nuestros tesoros y secretos; un nombre que es una síntesis y un símbolo, nuestro pueblo verdadero.

Otros lectores irán agregando títulos y autores a esta personal recopilación.

Alejandro Elcoro
Agosto de 2011

 

Cada tanto releo algún libro de Borges. Poco tiempo después de escribir este artículo, volví a El aleph y sus diecisiete maravillas. En uno de los textos de este libro, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, nos encontramos con una versión de la historia del sargento que tuvo la misión de apresar a Martín Fierro, y que terminó yéndose con él al desierto. El narrador nos cuenta que “el malevo debía dos muertes a la justicia” y agrega que el desertor “en una borrachera había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas”. Según esta versión, Fierro era natural de Laguna Colorada, y Cruz había nacido en una estancia, “a tres o cuatro leguas del Pergamino”.

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© CiudadRojas, enero de 2010.