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Historias de Rojas

En las noches de nuestros suburbios de la década de 1930 solía aparecer “la viuda”, “el chancho con cadena” y “la llorona”, que asustaban a los escasos transeúntes que andaban por las calles de tierra marginadas por zanjones, baldíos y yuyales. Los relatos de sus apariciones era tema de reuniones y mateadas.

1930 - 1940

LOS FANTASMAS CALLEJEROS

Basado en un relato de
Miguel Angel De Plácido

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

En la década de 1930 la ciudad de Rojas había alcanzado a unos 10.000 habitantes, pero el alumbrado público era débil en el centro y nulo en los suburbios (que se iniciaban apenas a unas cinco o seis cuadras de la Plaza San Martín). Las calles de tierra eran mayoría, con baldíos, zanjones y pastizales, mientras que la circulación nocturna de vehículos y personas era más que escasa. Ese era el ambiente propicio para la aparición de misteriosos personajes, siendo los más famosos “la viuda”, “la llorona” y “el chancho con cadena” que rondaban libremente entre la realidad y la imaginación.

LA VIUDA

Este personaje fantasmagórico aparecía sorpresivamente en alguna esquina, envuelta en una sábana, de golpe y en total silencio, en las más oscuras horas de la noche o antes de aclarar, en las primeras del día. El gesto característico de levantar los brazos y hacer sonidos guturales era más que suficiente para espantar al transeúnte.

Se presentaba en distintas horas y lugares para no ser sorprendida, -a su vez- por alguna patota que la anduviera buscando, porque todos querían encontrarse con “la viuda”, a tal punto que aquel que no vivía ese proceso, se sentía inferior a los que comentaban tener tal o cual actitud frente al peligro. La mayoría confesaba haber salido disparando, otros decían haberla enfrentado y que ella huyó. Esto último era de dudosa credibilidad, porque sorprendido, de noche y con tantas historias que se contaban, pocos podían evitar salir corriendo en busca de lugar seguro.

Este asalto no pasaba de ser un susto, salvo en contados casos en que la viuda parecía no ser tal, porque al sorprender a alguna mujer solitaria procedía a un manoseo impúdico, aunque sin intenciones de avanzar mucho en el terreno sexual.

No hemos podido determinar cómo nació este personaje, aunque es presumible que haya derivado de alguna historia de fantasmas de las abundaban en aquella época y por alguna razón se convirtió en viuda, a tal punto que estaba la viuda blanca y la viuda negra, porque cada una aparecía con el color que le daba el nombre. Después del hecho cierto y concreto de alguna real aparición, más de un chistoso se decidía a ocupar ese lugar por algún tiempo, que también podía ser reemplazado por otro, creándose una seguidilla de apariciones y desapariciones sin identidad estable.

Los relatos de estos supuestos fantasmas estaban siempre presentes en las mateadas. Algunos afirmaban que era verdad, otros que eran mentiras. No faltaba quien sostenía que era un alma en pena, un fenómeno metafísico o la esposa de fulano que había fallecido poco tiempo atrás. En algún momento se comentaba que hacía mucho que no salía y, en ese ambiente de misterio -de buenas a primeras- una noche más oscura que las otras un caminante distraído se encontraba con la fantasmal figura que, segura de sí misma, lo corría unos metros o se hacía ver y desaparecía. Aquél que había alardeado de valentía en el bar, lo más probable es que emprendiera una carrera de varias cuadras.

A los pocos días, sorprendía a otras personas en distinto lugar. Se iba envalentonando apareciendo más seguido y por más tiempo, lo que generó que se formaran grupos para buscarla por uno u otro lado, circunstancia de la que generalmente la policía se hacía la desentendida por no estar esto comprendido en sus funciones, hasta que la preocupación del comisario o del intendente llegaba a disponer algunas medidas.

EL CHANCHO CON CADENA

Un bulto oscuro con aspecto de porcino, se aparecía caminando agachado como en cuatro patas y arrastrando una cadena con la que hacía ruido. Las circunstancias que se generaban eran similares a las relatadas en el caso anterior, habiendo cambiado solo el aspecto del personaje.

LA LLORONA

Y por ultimo, “la llorona” que se presentaba como una mujer que, cerca de una ventana, comenzaba a llorar emitiendo sonidos lastimeros desde alguna posición en la que no pudiera ser vista. Ésta fue la más dramática pero la menos temible, porque solo llegaba a interrumpir el sueño de alguien que podía recuperarlo en algunos minutos o en horas, según fuera el estado de sus nervios.
Un detalle curioso es que, en la ciudad de México, un fantasma similar al que le adjudicaron el mismo nombre, vagabundeó por sus calles desde mediados del siglo XVI.

Y TAMBIÉN EN OTROS PUEBLOS

Lo hechos relatados no han sido exclusividad de la ciudad de Rojas, sino que se repitieron en diversos pueblos de la Región Pampeana. En esos lugares alejados de las grandes ciudades, que carecían de diversiones, en una época en que no existía la televisión, algunos audaces explotaban las supersticiones como una manera de entretenerse y reírse de los ingenuos.

Se cuenta que en uno de esos lugares solía aparecer frecuentemente un “chancho con cadena”, tanto que tomó cartas la autoridad porque se estaba burlando demasiado. Al poco tiempo lo atraparon, fue detenido y resultó ser el hijo de un viejo relojero (ruso o rumano), que tenía su puesto en el Mercado Municipal. Este desocupado, de 25 años de edad, estuvo varios meses detenido sin poder ser derivado a la justicia por no encontrar figura penal donde encuadrarlo. Pero tanto estar allí, el simpático personaje se hizo de amistades, propuso redimirse y terminó siendo designado agente de policía.

EPÍLOGO

A medida que se iba extendiendo el alumbrado público estos personajes fueron desapareciendo, pero las emociones fuertes encontraron otro lugar oscuro donde sobrevivir: el cinematógrafo. En los últimos años de la década del 30, fueron apareciendo en la pantalla seres horribles como el Conde Drácula, el monstruo de Frankestein o La Momia…

Basado en el relato de Miguel Ángel De Plácido
que obra en las páginas 85 a 89 de su libro
“El Monumento”, editado en el año 2002.

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© CiudadRojas, enero de 2010.