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Historias de Rojas

En los cincuenta años que transcurrieron desde 1957 hasta el 2007, desapareció la vida en la chacra, los almacenes de campo y el autoabastecimiento de leche, hortalizas, aves, frutas y embutidos de cerdo; las estaciones de ferrocarril, los clubes, almacenes y los pequeños poblados. La agricultura fue reemplazando a la ganadería, con la consecuente despoblación del campo que se ha transformado en un virtual “desierto verde”.

1957 - 2007

TRANSFORMACION DE LA VIDA EN EL CAMPO

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Con motivo de sus bodas de plata “Chispa” publicó en 1957 el libro “25 años de la vida de Rojas”, un compendio periodístico que sigue siendo fuente de información para quienes tratan de bucear en la historia lugareña.
A través de sus páginas podemos seguir la trayectoria rojense año a año en lo institucional, político, económico, social, educativo, cultural, deportivo; desde acontecimientos dramáticos hasta el pintoresquismo costumbrista de usanzas perdidas.
Obviamente estando Rojas donde está y siendo lo que es, el campo oficia de telón de fondo ineludible y hace que podamos trazar su itinerario y con ello, un poco la del país y por que no -modestamente- un atisbo de la del mundo.
Pese a que constituye la base dura de la economía de la región, el campo sigue siendo un personaje no demasiado conocido.
Como sector que provee los mayores ingresos de exportación recibe desde siempre los efectos de las políticas nacionales. Pero en última instancia todo depende de mercados extranjeros que nunca tuvimos posibilidad de manejar ni influenciar.
Como ejemplo -patético diríamos- se da el extraordinario marco internacional que alumbró los finales del siglo XIX y comienzos del XX dilapidado por estancieros que derrochaban en París u otros lugares de Europa la riqueza de nuestra pampa y el trabajo de tanta gente, especialmente inmigrantes.

Nostalgia y memoria

Recorriendo los archivos de Chispa puede seguirse la problemática agropecuaria: los dramáticos desalojos de arrendatarios; la juntada de maíz, fuente de muy modestos ingresos de numerosas familias de la ciudad, la zona y aún de otras provincias; la indeseada llegada de la langosta; la quema de trojes cuando el estallido bélico europeo cerró los caminos a la exportación; las sequías, inundaciones, las recurrentes crisis. Épocas de vacas flacas y de gordas que han caracterizado a la actividad en todos los tiempos.
La Segunda Guerra -que como todo hecho trascendente derramó su influencia aún en los lugares más lejanos- produjo la emigración de numerosas familias hacia la capital y el conurbano donde las nuevas industrias con buenas condiciones de trabajo y salarios ofrecían un futuro mejor. Rojas y por ende el campo sufrió una notable despoblación en esos años de la década del cuarenta.

En 1957

En “25 años de la vida de Rojas” escribía Adolfo Crosetti: “El desarrollo social del campo se ha frenado en su expansión natural. En estas condiciones el éxodo a la ciudad será permanente e inevitable. Ningún proceso social o económico, solamente una transformación hacia el atraso, puede justificar actualmente la despoblación del campo”
No obstante, en esos tiempos numerosas familias residían aún en sus explotaciones; en rústicos ranchos o en buenas casas de material. Las chacras eran mixtas o sea de agricultura y ganadería; la “lechera” era un personaje que enriquecía el mate cocido de desayunos y meriendas; se criaban cerdos, a veces ovejas y siempre pollos, gallinas y hasta patos y pavos. No era raro ver palomares que también surtían la cocina. En ninguna faltaba la huerta, donde había de todo. Y frutales de las más variadas especies plantados quizás con la nostalgia inmigrante de la tierra natal. Se hacían dulces, conservas, quesos, manteca; hasta vinos. Y la carneada constituía el ritual infaltable de los meses de frío que surtía de delicias gastronómicas las mesas chacareras y a los amigos de la ciudad.
Muchos productores se movilizaban en autos y/o camionetas.
En el éjido rojense se levantaban no solo localidades como Carabelas y Rafael Obligado sino poblados formados en torno a estaciones de ferrocarril: Roberto Cano, Guido Spano, Hunter, 4 de Noviembre, Los Indios, Sol de Mayo, La Beba; y parajes como La Estrella, Las Polvaredas, La Pampa, La Vigía, La Rojera, La Urbelina, Santa Felisa, La Caldera. En general pequeños pero tenían escuela, algún comercio, clubes de fútbol, lugares donde se realizaban bailes y fiestas y agrupaban en su torno una colonia agrícola que se identificaba como de su pertenencia.

El desierto verde

De la mayor parte solo quedan nombres. El éxodo rural que preveía Crosetti sucedió nomás. Muchos factores convergieron a este resultado.
Seguramente se unieron condiciones económicas, políticas, sociológicas que merecerían un análisis de especialistas.
A primera vista salta la falta de una infraestructura adecuada a una calidad de vida acorde con los tiempos. La carencia de buenos caminos, luz eléctrica y otros adelantos fue sin duda determinante. La desaparición de los trenes -que tuvieron su réquiem en los noventa pero venían barranca abajo desde bastante antes- sumada a la falta de nuevas rutas completó el cuadro de desolación.
Las viviendas se convirtieron en taperas o fueron directamente demolidas. Solo algunas subsisten. Ni hablar de huertas, jardines ni animales menores. A lo sumo quedan montes casi salvajes.
En muchos lugares desaparecieron las aguadas y los alambrados divisorios. Casi nadie vive en el campo y solo los establecimientos importantes tienen caseros o empleados permanentes.
Los pocos lugares a donde llega la electricidad se debe a decisiones individuales, no a una acción conjunta de vecinos. Los caminos siguen siendo de tierra, con suerte varia según lluvias y circunstancias.
Sería injusto obviar la responsabilidad de los productores en haber llegado a esta situación. Su peculiar idiosincrasia, su individualismo, en muchos casos la ausencia de capacidad crítica, no les ha permitido unirse ni para hacer un consolidado a caminos que aún hoy resultan indispensables.
Los jóvenes que se fueron a estudiar casi nunca regresaron; a veces ni al pueblo. Los propietarios de superficies importantes generalmente y desde siempre no viven en Rojas.
La subdivisión por sucesiones creó parcelas pequeñas que resultaron antieconómicas para la producción tradicional. La tecnología autocalificada “de punta”, al crear herramientas de gran performance dotadas de adelantos impensables ayer y obviamente de muy alto precio las puso automáticamente fuera del alcance de los chacareros chicos.
A medida que los mayores envejecían, los predios comenzaron a alquilarse. Aún sin estadísticas certeras, puede afirmarse que una importante superficie se arrienda año a año a semilleros, “pulls” de siembra y en buena medida a contratistas, una figura nueva conformada principalmente por productores (o hijos de) propietarios o no, poseedores de herramientas que les brindan la posibilidad de trabajar para terceros.
Como es lógico los métodos de tarea cambiaron; como ejemplo la siembra directa desplazó al tradicional arado; los agroquímicos, antaño desconocidos, hoy literalmente riegan los lotes
El valor venal de la tierra es desmesuradamente alto y no se corresponde con sus resultados económicos. Pero según opiniones se lo considera un reaseguro contra vaivenes políticos y/o económicos.
La explosiva expansión de la soja ha desplazado cultivos que fueron tradicionales; y especialmente a la ganadería. Este fenómeno viene produciéndose paulatinamente desde las décadas finales del siglo XX, hasta el punto que muchos productores han destruido aguadas, corrales, alambrados, etc. para sembrar soja. Esto ha producido el reclamo de movimientos ecologistas alertando sobre los peligros del monocultivo y, en otras regiones, el despiadado desmonte que se realiza para extender las plantaciones en una acción que, combinada con otros factores, está produciendo nefastas consecuencias como el cambio climático.
Paradójicamente, contra todo lo proclamado por personas y entidades que bregan por una más justa distribución de la riqueza, la explotación de la tierra está cada vez en menos manos. Los arrendatarios de 1900/1930, convertidos en propietarios en 1947/1960, son (ellos o sus descendientes) ahora arrendadores.

Parece (o es) otro mundo. Fantástico, si se lo compara con aquel de las primeras décadas del siglo XX.
Como si algo mágico hubiera tocado sus verdes (que siguen siendo bellos).
Cuál será el cuadro en los próximos cincuenta años obviamente es una incógnita.
De todos modos, y aunque hoy la globalización parezca ofrecer una visión totalizadora, las realidades estarán pendientes de los vaivenes de un mundo cambiante e imprevisible.

Irma Oger
Mayo de 2007

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© CiudadRojas, enero de 2010.