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Historias de Rojas

Cuando no se transportaba la hacienda en camiones ni vagones de ferrocarril, un criollo de Rojas con reminiscencias de don Segundo Sombra, ejercía el oficio de arriero. Relató a Irma Oger su duro andar por esos caminos de nuestra Pampa Húmeda, con alguna aparición de “luz mala” y ahora rodeado de la artesanía gauchesca que sale de sus manos.

1850/1976

EL ARRIERO VA...

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

No, no es una nota literaria (aunque su protagonista pueda traernos reminiscencias del personaje de Ricardo Güiraldes).

Tampoco hay que ir a buscarlo a luengas tierras. Nada de eso. Vive en Rojas. Y “ahicito” nomás, como diría un cordobés: a media cuadra del edificio de la ENSNA y frente al terreno donde Boca Jrs. levanta su sede; justo allí donde la calle Constitución se mete “tierra adentro”.

Es don Cristino Julio Basabe, que con sus vigorosos 76 años (-nací con el siglo, ¿sabe?-) nos recibe en 1976 en un decorado digno de un museo gauchesco: sogas de cuero, cinchas, estribos, rebenques, fustas, estriberas, recados, cintos para rastras, boleadoras, colleras, vainas de cuchillo, botas de potro, adornos, etc., todo trabajado por sus manos con una maestría digna de la mejor artesanía tradicional. Junto a él su esposa, doña Juana Linera.

LOS UNZUÉ–DORREGO Y OTROS

Los Basabe tienen un siglo largo de arraigo en el país. En efecto, alrededor de 1850 llegó su abuelo Don Gregorio, español de nacionalidad (y vasco para más datos). Años después adquirió la estancia “La Montonera”, que había pertenecido a don Juan Manuel de Rosas, ubicada en la zona de Pilar.

-Nací en Buenos Aires –relata don Julio-. Pero me crié en Mercedes, en la estancia “San Jacinto”, de don Saturnino Jacinto Unzué, donde mi padre era puestero.

El nombrado era hijo de don Saturnino E. Unzué, cuyo nombre lleva el Hospital de Rojas y hermano de doña María Unzué de Alvear. Estaba casado con Inés Dorrego, dama perteneciente a la histórica familia.

Don Julio, que oficiaba de resero, domador y peón general, recuerda con cariño a sus primeros patrones. Solían pasar largas temporadas en París –agrega-; allí en Francia tenían una cabaña llamada “La Tapera”, que fue parcialmente destruida durante la guerra de 1914 al 18.
Su trayectoria laboral lo llevó a trabajar en otras estancias, tales como las de Pedro Estragamou, Edmundo Perkins (abuelo del conocido automovilista), Enrique Lastra, Juan Hearnes, Juan Cavanagh y otros. Años más tarde compró un campito en Los 4 Caminos (-para tener la tropilla-, explica); y en 1964 se retiró radicándose definitivamente en Rojas.

CON EL CIELO POR TECHO

Pero quizá el período de su vida más rico en recuerdos fueron sus años de resero. Su relato, salpicado de anécdotas, nos lleva a esos tiempos, décadas del veinte, del treinta. Al lento traquetear, de días y noches arriba del caballo arreando centenares de cabezas de una estancia a otra; a los largos caminos polvorientos (o fangosos) de la Pampa, que a veces ni siquiera eran tales sino una simple rastrillada; a atravesar ríos y lagunas, médanos, cañadas y juncales; a noches a campo raso durmiendo sobre el recado el cielo por techo; al asado sabroso y el mate amigo junto al fogón improvisado en un alto de la senda; a taperas abandonadas, centro de supersticiones y leyendas; a lugares donde –se decía- la hacienda disparaba misteriosamente en medio de la noche; a la tolderías indias; al sueñito descabezado arriba del caballo en largos arreos recorriendo los campos de Bragado, Bolívar, 9 de Julio, Los Toldos, Navarro, Suipacha, Venado Tuerto…

LA LUZ MALA

-la vio alguna vez, don Julio?

-Sí, varias. Pero siempre le pude encontrar una explicación natural. Claro, otros se asustaban y…

Y seguía la leyenda, sazonando con su halo de furtivo misterio las largas noches de los arrieros junto al fuego encendido al abrigo de un puesto, de un monte o simplemente en medio del campo.

UNA COLECCIÓN “PICTORICA”

-¿Qué es esto, don Julio?, (“esto”, es una curiosa colección de peculiares dibujos que aparece pintada en una de las paredes de su casa).

-Son marcas de ganado de diversas épocas –explica- las colecciono como recuerdo histórico y también por pertenecer algunas a antiguos patrones. En efecto, vemos las de “el Chingolo”, de Carlos María de Alvear; la de José Hernández; Ataliva Roca; “la Marcela”, de Marcelino Ugarte; “los Cerrillos”, de Juan Manuel de Rosas; “Las Saladas” de Dorrego; “La Larga”, de Roca, la de Saturnino J. Unzué; de Estragamou, de “Sol de Mayo”, San Jeróni9mo”, etc. También están allí las correspondientes a los establecimientos “El Centinela” y “La Mansa” propiedad de sus hijos Pedro y Julián Basabe respectivamente.

PARA SEGUIRLA

Criollo de ley, prototipo del paisano de las primeras décadas del siglo, la vida de don Julio Basabe es una verdadera pintura de toda un época del campo argentino; época que nutrió a nuestra literatura vernácula y aún al cantar folklórico de sus tipos más representativos.

Con la satisfacción de rescatar así - modestamente- a un valioso integrante de nuestra comunidad que personifica un lapso histórico, nos despedimos de don Julio Basabe, quien ya nos está prometiendo escribir el relato de un arreo...

Irma Oger
Año 1976

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© CiudadRojas, enero de 2010.