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Historias de Rojas

1939/1942

LA VEZ QUE MUCHA GENTE SE EQUIVOCÓ

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

A fines de 1939 abría sus puertas en rojas una usina pasteurizadora de leche propiedad de la firma Manuel Sánchez Parajón e hijo.

La importante inversión de capital que requirió la obra debió ser algo insólito en esos finales de los años treinta cuando para contar los establecimientos industriales de la ciudad seguramente alcanzaban los dedos de una mano.

La construcción de la usina fue apoyada por una ordenanza concesión del Concejo Deliberante que establecía la obligatoriedad del consumo de la leche pasteurizada prohibiéndose la venta de la leche cruda.

LOS LECHEROS DE ANTES

Quizás sea necesario, para la gente joven que solo conoce el “sachet”, el cartón o la leche en polvo hablar un poco de estos personajes que con sus típicas jardineras tiradas por un caballo recorrían la ciudad bajándose ante cada cliente con el tarro de seis en una mano y el clásico “litro” de medir en la otra. La leche iba en los tarros de veinte que se alineaban a ambos lados del vehículo.

En una época supo haber unos treinta lecheros; algunos tenían su tambo propio mientras otros compraban el producto a terceros y lo revendían.
En ese entonces no había heladeras, ni siquiera a hielo; era importante que la leche fuese buena y fresca.

Era común que llevasen un tarro con leche de una sola vaca garantidamente sana destinada a las casas donde había niños pequeños.

Como los panaderos y en menor medida los verduleros, los lecheros fueron figuras tradicionales que el paso del tiempo incorporó al folclore de una época relegada al rincón de los recuerdos.

CRUDA SI, PASTEURIZADA NO

A partir de la promulgación de las ordenanzas por el intendente Dr. Rodolfo Leguía (año 1938) los lecheros se vieron impedidos de vender la leche cruda suelta debiendo en cambio retirar el producto pasteurizado de la usina envasado en botellas, para su posterior distribución. Allí comenzaron los problemas.

Vendedores, consumidores e industrializadores fueron las puntas de una aguda polémica que se extendió por más de dos años.

Tradicionalmente la lecha se vendía a DIEZ centavos el litro. El precio que se impuso a la pasteurizada era de QUINCE centavos. En una época de estabilidad, este aumento de un cincuenta por ciento de golpe irritó a la población.

Pero además se decía que tenía mal gusto, que el procedimiento no se hacía en la debida forma, que muchas botellas venían en malas condiciones higiénicas, que los lecheros las ensuciaban a propósito para desprestigiar a la usina, que le “metían la mula” a las inspecciones municipales llenando las botellas con cruda, que la gente no la quería, que uno de los propietarios era concejal, que…

A tal punto llegaron las cosas y era tal la motivación de la gente que en febrero de 1940, en el momento culminante de la lucha popular por la instalación de CLYFER, fue quemado en la plaza San Martín un muñeco que representaba al Dr. Leguía (en simbólico repudio a su posición ante la Cooperativa de Luz) pero llevando en una de sus manos una de las cuestionadas botellas de leche. El episodio “hizo carrera” ya que fue reproducido en un dibujo que publicó el diario capitalino Crítica.

La situación se prolongó hasta 1942 en que el intendente Dr. Fulgencio Baguear derogó la resistida ordenanza, permitiéndose la venta de leche cruda. Poco después, la usina pasteurizadora cerró sus puertas

LO QUE SE FUE DE LAS MANOS

Visto hoy todo esto tiene un valor anecdótico y un pintoresquismo vergonzante. Ni siquiera importa demasiado si los hechos fueron tan como los veían unos o como los vieran los otros.

Por encima de todas las razones que se esgrimieron se impone arrolladoramente la consideración de lo que hubiese sido para Rojas tener desde hace tantas décadas un establecimiento industrializador de una materia prima de la zona, con la consiguiente ocupación de mano de obra y el efecto económico multiplicador que no es necesario explicitar.

Podemos imaginarlo creciendo, proyectando su área de influencia y llegando a ser ¿por qué no? lo que son hoy los grandes emporios lecheros cuya producción se vende en Rojas, pero se industrializa afuera. Y que seguramente afianzaron su crecimiento con las leyes que prohíben la venta de leche cruda… solo que dictadas muchos años después.

SETENTA AÑOS DESPUÉS

El paso del tiempo brinda perspectiva histórica que permite un más adecuado enfoque y establecer algunos asertos:

Efectivamente, la leche pasteurizada era más cara que la cruda (15 y 10 centavos el litro respectivamente) cosa lógica dado el proceso de industrialización agregado.

Seguramente tenia distinto gusto; también lo tiene hoy, solo que la gente está acostumbrada.

Tampoco sería de extrañar que el sistema de pasteurización no tuviera la perfección de los actuales. Y, por supuesto, la usina debía pagar su “derecho de piso”.

Resulta natural que al público no le gustara; es norma que se rechace lo nuevo ya que para todo hay un proceso de adaptación que no se puede obviar.
Lo que no parece creíble es que la empresa no cuidase la higiene de su producción ya que ello hubiese sido una suerte de suicidio económico.

Aparece claro que la situación afectaba directamente los intereses de los lecheros, que fueron lo que con más ahínco se rebelaron contra la ordenanza. Y debe decirse que el intendente Leguía se hizo acreedor al duro juicio crítico de sus convecinos por su accionar ante CLYFER; pero que endilgarle como una falta este problema de la leche es totalmente injusto.

TESTIMONIOS

Una rica visión de testigo presencial nos brinda don Víctor Quiñones, un rojense de 89 años que a partir de 1939 fuera empleado de la flamante pasteurizadora.

Nos cuenta que don Manuel Sánchez Parajón, que era español, había sido chacarero de la zona de La Vigía donde tenía un tambo. Vendió todo para instalar la usina. En Rojas vivió en la esquina norte de Alvear y Frías y al venderse la fábrica se trasladó con su familia a Pergamino.

Había comprado a la familia Baguear el cuarto de manzana donde erigió la construcción que constaba de dependencias administrativas, despacho al público con entrada en la ochava, sala de pasteurización, sala de elaboración de otros productos, galpón para la caldera, sótano, playa de descarga y un amplio corralón con salida a ambas calles.

Además de la pasteurización se elaboraba dulce de leche, queso, manteca, etc. El lavado y cierre de las botellas se hacía mecánicamente. Todo el proceso era supervisado por el químico especialista en productos lácteos Américo Domínguez.

El establecimiento estaba muy bien montado, señala don Víctor; todo era nuevo y de calidad. Su instalación había sido favorecida por una ley provincial del gobernador Fresco que establecía el consumo obligatorio de la leche pasteurizada.

Se hace inevitable hablar de los problemas que dieron por tierra con la novel industria. Hubo de todo –recuerda- hasta cuestiones políticas, por el hijo de don Manuel, que era concejal de los conservadores. Mucha gente se puso en contra. Especialmente los lecheros; agrega que algunos eran muy correctos mientras que otros hacían oposición por cualquier medio.

Finalmente el establecimiento fue vendido a Teodoro Echavarría, Francisco Bonzón y Lorenzo Santiago, que tampoco lograron superar las dificultades y a poco cerró sus puertas.

DEL DOCTOR FELLINI

Consultamos asimismo al Dr. Héctor Fellini quien a partir de 1940 tuviera a su cargo la inspección de la usina por designación del comisionado Municipal
Dr. Juan B. Furmento. Además de corroborar y aportar datos, el Dr. Fellini da fe de las condiciones totalmente correctas en que se trabajaba en el establecimiento. Señala que a causa de la guerra no se conseguían las tapas herméticas que hubieran disipado los equívocos pero recalca que las tapas comunes fueron usadas hasta no hace muchos años por todas las grandes pasteurizadoras sin que se registrasen problemas.

EL PERSONAL

La usina pasteurizadora ocupaba unas veinte personas entre personal administrativo, técnico, elaboradores, ayudantes, lavado y cierre de envases, atención de la caldera, despacho al público, recepción, entrega, sereno, peones de limpieza, etc.

Se desempeñaron allí además del químico mencionado, Armando Sánchez Cueto, José Chehin Laad, Aurelio Baccarini, Del Pópolo, Víctor Quiñones, Juan Ford, Rogelio Cueto, Linera, Rafael Blanco, Selso Sosa, Orlando Miguel, etc.

¿QUIÉN TIENE LA CULPA?

A veces nos quejamos de que Rojas no ha progresado tanto como otras ciudades y achacamos la causa a esto y lo otro.

Se ve fácil echar la culpa de una situación –local, nacional o internacional – a oscuras y ominosas confabulaciones de poderosos intereses. Que sin duda existen.

Pero que no son responsables de la necedad, la estrechez de miras, la pequeñez y la falta de imaginación de alguna gente. En todo caso, las aprovechan.

Como juicio y síntesis quiero recordar a don Pelayo Manuel Labrada, fundador del semanario “Chispa” (que en su momento apoyó la campaña anti – pasteurizadora) diciendo con honesta autocrítica, muchos años más tarde: “aquella vez nos equivocamos”.

Irma Oger
Marzo de 2010

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© CiudadRojas, enero de 2010.