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Historias de Rojas

1934

LANGOSTAS

Escribe: Maruja Olivencia
solyluna_111@yahoo.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Una tarde de marzo de 1934, un rato antes de llenar las lámparas con querosén como era la costumbre, nos dimos cuenta de que se estaba nublando el cielo rápidamente.

En ese instante vimos venir corriendo a don Antonio Aragón, el peón, que junto con su señora doña Nicolasa vivían a unos metros de la casa. Llegó muy asustado mientras señalaba en el cielo una nube oscura y alargada que se veía en el horizonte por el oeste y que iba cambiando de forma agrandándose rápidamente en segundos.

Por consejo de don Antonio nos repartimos entre todos latas, ollas y cualquier objeto que con un palo hiciera ruido, pero nuestro empeño durante horas fue en vano porque esa inmensa amenaza, se asentó para toda la noche.

¡Pobre nuestra casa! ¡Pobre nuestro jardín! Esa especie de enjambre negro que producía un zumbido muy fuerte fue posándose de a poco y de este modo cubrió toda la casa, los árboles, el alambre tejido que la rodeaba. Se iban encimando camada sobre camada, tapando así las puertas y ventanas y todo lugar que encontraban mientras nosotros atónitos espiábamos desde algún rinconcito la repugnante invasión.

Luego cuando oscureció, se aquietaron. Entonces pudimos hacernos paso y salir para ver el desastre que era aún mayor de lo que pensábamos.

Cuando estábamos con los faroles y linternas afuera, las langostas rezagadas nos chocaban encandiladas por las luces, raspándonos la cara, los brazos y las manos con sus patas como filosos y pequeños serruchos, lastimando bastante.

Mirábamos a nuestro alrededor sin poder creer que aquel desastre estaba sucediendo y nosotros sin poder hacer nada. Las ramas altísimas de los eucaliptos al no poder aguantar el peso de los bichos, se quebraban con gran estruendo. El alambrado, cuatro veces aumentado por la manga, tampoco aguantó y cayó vencido con gran revuelo de las langostas que volaban enloquecidas llevándose todo por delante, nosotros incluidos.

Hoy, al recordar aquellos momentos en que creíamos estar viviendo una pesadilla, me parece haber sido parte de una película de ciencia ficción.

Con gran apuro porque ya era de noche, y como último ataque, nos armamos cada uno con un palo y con trapos viejos y querosén improvisamos teas, que arrimábamos desde abajo quemándoles así las alas. Por último extenuados y desalentados por esta lucha tan despareja, nos refugiamos en la casa.

Al día siguiente, el espectáculo fue atemorizante y triste. El suelo estaba cubierto y movedizo por las langostas que no podían volar. Había llegado el momento de limpiar y despejar todo. Hicimos montones muy altos de bichos, los quemamos y luego los sacamos en carretillas. Gracias a Dios nunca más pasó una cosa igual.

Maruja Olivencia
Septiembre de 2010

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© CiudadRojas, enero de 2010.