Buscar:

Búsqueda por persona mencionada:
Coloque el apellido con la inicial en mayúscula y, de corresponder, el acento.

 

 

Historias de Rojas

Los soldados que construyeron el Fuerte de la Horqueta eran de apellido español pero ignoramos si eran nativos de la península. En 1825 los allegados al poder lograron grandes extensiones de tierras en enfiteusis. Pero la inmigración masiva se produjo a partir de 1860 y, en el censo de 1888, ya sumaban 200: constructores, albañiles, herreros, carpinteros, empleados, lecheros, panaderos, quinteros, marleros, chacareros, puesteros y también sacerdotes. En 1881 se funda la Sociedad Española de Socorros Mutuos, que cumple una importante función social y dejó un hermoso edificio para la comunidad.

1777 - 1980

LA INMIGRACION ESPAÑOLA

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Historiar la trayectoria de la colectividad española de Rojas es tarea que excede las posibilidades de una investigación corriente ya que es solo accesible a la minuciosidad y el preciosismo de un amateur de riquísima erudición.

En todo caso, la deducción y la imaginación puede suplir en parte semejante esfuerzo y sapiencia.

Porque salta a la vista a la consideración del buen sentido la significación, la densidad, la profundidad y la proyección de una nacionalidad a la que Rojas debe –como el país y buena parte de América- su fundación, su crecimiento, su consolidación, la fe, el idioma, las costumbres y gran parte de sus caracteres espirituales, su escala de valores y aún su idiosincrasia.

Siendo como es (o ha sido) el nuestro, un país de inmigración, es justamente la confluencia de las colectividades que en él se integraron lo que conforma sus modalidades primordiales (en este sentido no se debe subestimar el aporte de las otras nacionalidades, especialmente de los italianos).

Pero es fundamentalmente de España de quien la Argentina ha recibido las influencias básicas, con la cuota natural de modificaciones o adaptaciones que impone el paisaje, la geografía, la historia, la presencia de los habitantes naturales y la de aquellos otros provenientes de la inmigración que mencionábamos.

Haciendo generalizaciones- que no son totalmente válidas en ninguna circunstancia pero que cumplen con su cometido si se las toma como tales- puede decirse que el español (y aquí también cabría la distinción por regiones pues no es lo mismo un vasco que un andaluz, un catalán o un gallego y si no que lo diga la historia vieja y nueva de España, pero eso ya es hilar demasiado fino) es luchador, tenaz, obstinado, perseverante, porfiado si cabe. Apasionado, contradictorio, no es un ser de medias tintas ni de cálculo diplomático y negociación mesurada. Está vehementemente en lo suyo, sin matices y casi siempre sin términos medios. Es alegre, ama la vida, sabe reír y no desdeña el fruto de su trabajo.

Algún poeta ha dicho que hay dos Españas y algo de eso dejar entrever la personalidad de sus hijos.

Una de las obras cumbres de la literatura universal de todos los tiempos, el Don Quijote (de quien Ernesto Sábato ha dicho que no podía sino ser un loco español) muestra justamente esa dualidad patética, esa alternancia idealismo- realidad descripta magistralmente como quizás sólo un escritor español podía hacerlo.

EN EL FUERTE DE LA HORQUETA

Un lugar donde dos ríos confluyen y en el que es posible encontrar pastos y agua aún en épocas de sequía… y Diego Trillo fundando allí el Fuerte de la Horqueta el 20 de diciembre de 1777. Bajo la égida de España, naturalmente, representada por don Pedro de Ceballos, primer virrey del entonces novísimo Virreinato del Río de la Plata.

No nos consta que el fundador de Rojas fuese español; en cuanto a los milicianos que llegaron con él, la mayoría eran pobladores de Arrecifes y de Fontezuelas, (datos estos y otros siguientes tomados del historiador Juan Jorge Cabodi). Los que llegaron a principios de 1779 capitaneados por Esteban Dávila habían sido reclutados en Fontenzuelas y Pergamino. Los blandengues que en ese mismo año con Juan Antonio Hernández a la cabeza procedieron a trasladar el primitivo fuerte al nuevo emplazamiento, procedían de la compañía de Salto.

A propósito, en las nóminas de milicianos y blandengues que ha rescatado Cabodi figuran los soldados José Antonio Gorosito y Leandro y Antonio Canelo, que serían los antepasados de las actuales familias de estos apellidos. Por lo que se sabe (sin perjuicio de lo que puedan arrojar otras investigaciones) los Gorosito y los Canelo serian los únicos vecinos de Rojas, cuyos antepasados –de igual apellido- se remontan a 1779. En cambio no quedan dudas de la nacionalidad del grupo de colonos -6 familias, unas 40 personas, gallego-asturiano-castellano con preponderancia de los primeros- que hacia 1780 se establecieron en la Guardia de Rojas ocupando tierras al norte de la población hasta el Arroyo Dulce.

Ellos eran Merzoso, Cernadas, Otero, Grandal, Barreta y López.

Este contingente es casi con seguridad el único caso de incorporación masiva de un núcleo poblacional europeo a nuestro medio, al menos hasta el comienzo de la inmigración a escala de casi un siglo después.

LOS ENFITEUTAS

Es de conjeturar que por esos años, superada la etapa de la conquista y colonización y perdida de entrada la competencia con las tierras de México y Perú, donde encandilaban el oro y la plata, el flujo inmigratorio hacia el Río de la Plata (que solo podía ofrecer como atractivo a la ambición y a la aventura ser un azaroso camino hacia el Rey Blanco (¿el Inca? o una legendaria y poco creíble Ciudad de los Césares) había decrecido estabilizándose; suponemos que a Rojas llegarían funcionarios, sacerdotes, algún militar de guarnición, quizás algún profesional; etc. menos es de pensar en un arribo masivo después de la Revolución de Mayo.

Pero tampoco es de creer que se cortase. Prueba de ello es el absoluto predominio de los apellidos de origen hispánico que aparecen por esos años en la historia lugareña.

Tales los primeros hacendados que obtienen tierras en virtud de la Ley de Enfiteusis de Rivadavia a partir de 1825: Juan Cano, Blas Mancebo, Cristina Sanz, Lucas González, Gabriel Carrasco, Lisandro González, Agustín Cernadas, (¿tendría parentesco con la familia gallega de 1780?), Juan J. Viamonte, etc. En 1821 el gobernador Martín Rodríguez decide suprimir el régimen de gobierno municipal de Cabildos reemplazándolos por un funcionario designado como Juez de Paz.
(A propósito de esto es de acotar que mientras duró este sistema, Rojas, quizás por ser un baluarte estratégico de la frontera norte permaneció bajo la égida del comandante de blandengues).

En el año citado se designa primer Juez de Paz a don Gabriel Carrasco, que si no español era descendiente; antepasado de una tradicional familia rojense.

En 1822 aparecen como diputados por la sección electoral a que pertenece Rojas. Pedro José Echegaray y Luis Dorrego y al año siguiente Saturnino Hernández y Luis Saavedra. En 1825 se designa Juez de Paz a don Santiago Rivero. En 1827 el gobernador Manuel Dorrego nombra para ese cargo a don Francisco Carrasco.

Producido el derrocamiento y muerte de aquel, el mandatario rojense es reemplazado por don Luciano González.

El último Juez de Paz del gobernador Juan Manuel de Rosas fue don Manuel Contreras, reemplazado por don Juan Cano.

LA INMIGRACIÓN MASIVA

La inmigración masiva comienza más tarde, adentrada la década del sesenta, con los planes al efecto de los presidentes Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, etc.

Estadísticas de 1856 hacen aparecer en Rojas 20 pobladores españoles. En 1858, 25. En 1862, 65. En 1863, 64. En 1865, 48. En 1870, 86. En 1888, 200 españoles.

De la actuación dentro de la comunidad de aquellos españoles arribados en el siglo pasado o en algunos casos de sus descendientes, nos dan idea los nombres que se mencionan en el valioso trabajo de Julio Olivencia Fernández de 1923, como destacados dentro de alguna actividad o función. Tales José Luis Elordi, Máximo Guzmán, Atanasio Carrasco, Manuel Antonio Linera, Juan José Pérez, Manuel Beguiristain, Manuel Cándido Peña, Enrique Casellas, Juan Ros, Jaime Pons, Jacoba Navarro de González, Juan G. Muñoz, Juan Polly, Alfonso Hortelano, Ramón N. Eizaga, etc.

De la colectividad española de Rojas en 1900 nos da una precisa idea la siguiente nota que tomamos del Libro del Polígono (copia según dice de un pergamino existente en la municipalidad de Rojas). Figuran aproximadamente 200 personas; no sabemos si eran la totalidad de los españoles pero seguramente es bastante completa (al menos en lo que respecta a la planta urbana) y tiene dos innegables méritos; que engloba a gente de toda condición económica y que incluye a las mujeres españolas, esas mujeres que también eran inmigrantes y que compartían los mismo avatares de los hombres pero que por lo general no son mencionadas.

Los inmigrantes españoles continuaron llegando durante las primeras décadas del siglo, movidos, generalmente, por motivos de orden económico. A “hacer la América”, como se decía entonces. Hacia finales del segundo decenio y primeros años del veinte llegan muchos jóvenes que preferían el camino al exilio a participar de la sangrienta contienda que enfrentaba a España con sus colonias africanas.

El movimiento inmigratorio continuó en forma decreciente hasta llegar a la actualidad en que prácticamente es nulo, habiéndose en cierto modo revertido la tendencia ya que hay rojenses que en los últimos años por diversos motivos se han radicado en España.

Aquellos españoles, deseosos de trabajar y progresar, se desempeñaron en una vastísima gama de actividades que abarcaron prácticamente todas las ramas de la laboriosidad humana. Desde changarines y cosecheros hasta comerciantes e industriales. Repasando la historia relativamente cercana encontramos que hubo españoles en el negocio de ramos generales. Lo mismo en el de almacén.

También se destaca la presencia hispánica en el ramo hotelería y fondas. Hubo asimismo constructores, albañiles, herreros, carpinteros, artesanos diversos, empleados, lecheros, panaderos, quinteros, pasteros, marleros (ocupaciones éstas muy comunes de la época), chacareros, puesteros, peones, etc.

En todos los casos y casi sin excepciones, dieron pruebas sobradas de tesón, tenacidad, espíritu de sacrificio, amor al trabajo y al ahorro, que les permitieron frecuentemente labrarse un modesto pasar y contribuir a la formación de esa clase media a la que tanto debe el progreso de Rojas y del país en general.

FUNDACION DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

Fruto de esa creciente inmigración, de la necesidad de agrupar a los connacionales tanto para remediar necesidades comunes cuanto para mitigar en unión la nostalgia de la patria lejana (y asimismo emular con humana competividad lo que ya en 1879 había erigido la Sociedad Italiana, es que hace más de cien años nace la Sociedad Española de Socorros Mutuos.

Nada mejor para ilustrar el nacimiento de la entidad que reproducir parte de la nota que Olivencia Fernández le dedica en el Libro del Polígono.

(La juguetería de Rosaens que cita Olivencia estaba en Francisco Roca y Dorrego, luego mueblería de Las 14 Provincias. Al parecer era más bien una casa de música donde se vendían instrumentos y accesorios musicales. Elifio Rosaens era un buen pianista. Hacia 1920 aproximadamente era organista y cantor de la iglesia.

Amenizaba las funciones del Cine La Perla y actuaba en bailes, en las romerías, casamientos, veladas, etc. tenía un armonio portátil. Alguna vez formó conjunto con Javier Gazo y con Alejandro Amestoy; otras con Jué y Colagreco. Era español de nacimiento).

Con respecto a la fecha de fundación no hay coincidencias, pues si bien aquí se cita al 30 de octubre como data de la formación de la primera comisión directiva (y hay buenas razones para creer que el autor pudo tener acceso a testimonios de primera mano) tradicionalmente se ha fijado el 8 de diciembre como día del nacimiento de la entidad. Y aquí toma fundamental importancia la nota de “La Verdad” de 1882 que reproducimos en otro lugar, fijando inequívocamente el 8 como día del festejo.

Una solución conciliatoria de esta contradicción, se nos ocurre, podría ser que la comisión se hubiese constituido efectivamente el 30 de octubre pero que hubiese fijado el 8 de diciembre como fecha fundacional, quizás, pensamos, por ser tradicional que la colectividad española, de suyo tan piadosa, festejase especialmente el día de la Inmaculada Concepción.

Durante la preparación de este trabajo hemos podido ver el ejemplar del reglamento de la entidad, impreso en 1936 donde fija el 30 de octubre de 1881 como fecha de fundación.

Cabe también acotar que en el año de producirse la misma, la institución contaba con 94 socios.

EL EDIFICIO

Siguiendo también en ello el ejemplo de los italianos, que el 30 de junio de 1889 habían inaugurado los primeros tramos de su sede social, la Sociedad Española designó una comisión de edificación integrada por el padre Pedro Silván y los señores Cipriano Sorriguieta y Luis Gonzaga Almar. Esta comisión trabajó arduamente y contó con el apoyo de otros asociados que suscribían acciones con destino a la obra por un valor de 10 pesos, que en la mayoría de los casos no rescataban, dejándolo como donación. El edificio se construyó entre 1895 y 1896, al menos en su parte principal, quedando terminaciones y ampliaciones que se fueron realizando al correr de los años.

El trazado de los planos estuvo a cargo del señor Tognieri, de quien ignoramos otros datos, salvo que hizo donación de los mismos a la entidad.

EL ACCIONAR DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA

Quizás cuesta –o no- imaginar los sentimientos que llevaron a ese grupo de españoles a fundar hace cien años su Sociedad de Socorros Mutuos.

O lo que ella significó para aquellos otros que fueron arribando sucesivamente a esta tierra fraterna pero extraña al fin y que en ese rincón compatriota encontraron desde calor humano de los que venían de la misma nostalgia hasta la mano tendida para ayudar a buscar trabajo, a atenderse la salud, a acompañar las horas de dolor, a integrarse, en fin, a una vida nueva en mejores condiciones.

Si bien no hemos podido localizar la documentación de los primero tiempos, la lectura de los libros de actas que se conservan, desde 1914 hasta la actualidad nos dan una visión coherente de lo que fue y es la entidad en su forma y en su espíritu.

En ellos aparece, como una constante casi obsesiva a lo largo de toda su trayectoria, la preocupación por brindar los servicios asistenciales de la mejor manera posible, aparejada al problema del costo de esos servicios y el arbitrio de recursos para que se siguieran prestando y fueran realmente buenos.

La Sociedad Española no solamente acordaba médico y farmacia en la localidad; había también traslado de enfermos a Buenos Aires e internación en el Hospital Español y en otro establecimiento especializado cuando los tratamientos excedían las posibilidades locales. Hay constancias de ayuda para asociados sin recursos y hasta alguna contribución para que españoles indigentes pudieran regresar a su patria.

Tuvo la “dotación familia”, subsidio por fallecimiento de mil pesos, suma que en su época debió ser fabulosa. Y el pago de sesenta centavos diarios para los socios más modestos que cayeran enfermos y no pudieran trabajar, cantidad que puede parecer irrisoria pero que en esos tiempos permitía, al menos, comer.

Beneficios que, décadas adelante, fueron cayendo melancólicamente doblegados por las crecientes dificultades económicas, por la inflación y por todo ese cúmulo de causas que tiene que ver con los números y que hacen al devenir de los tiempos. Pero que durante muchos años cumplieron una función social que es redundante destacar.

También decayó la entidad misma, principalmente al producirse el auge de las obras sociales gremiales, que en cierto sentido “tomaron la posta” de esos servicios en los que fueron pioneras estas viejas sociedades de socorros mutuos.

La Sociedad Española fue -y es, pese a todo, que no por nada se llega a cumplir cien años- una entidad realmente importante.

La lectura de sus actas es el fascinante deambular por un casi túnel del tiempo: ahí, está la Sociedad al desnudo. Con su obcecado afán de resolver los problemas de los asociados tratando de proceder siempre con justicia pero también con humanidad. Campea en ellas un realismo muy español.

Hay notas pintorescas, como las referidas a los socios abusadores que llegaron a nombrarse en una reunión, constan en actas y al parecer en algún tiempo hasta se publicaron los nombres de esos hacedores de gastos excesivos.

Otras, coloridas, ilustran indirectamente sobre los progresos de la medicina en general y en Rojas en particular; desde los “específicos” caros en una época en que la mayoría de los “boticarios” preparaban las recetas hasta la aparición de las inyecciones, consideradas en un principio como una costosa innovación.

Notas que parecen de actualidad, extraídas de cualquier mutual de hoy en la preocupación sobre gastos, financiación de los déficits, abusos, problemas con algún médico, con alguna farmacia, reclamos, etc.

Todo alternado con la preparación de las romerías, de las fiestas del 2 de mayo y el 12 de octubre, el mantenimiento del edificio social, referencias a inversiones a medida que la situación de la entidad se consolidaba; con la compra de alguna propiedad y su locación, colocación de dinero en hipotecas, etc., etc. (que también le tocó ejecutar en algún caso y hasta tuvo al menos un deudor que se presentó en convocatoria de acreedores).

Todo eso y mucho más, pequeñas y grandes cosas, haciendo el perfil de esta entidad centenaria. Y también de sus directivos, que por su estilo y por la forma, por la acción y la intención fueron fundamentalmente hombres de bien.

No héroes ni esos lineales prototipos con que a veces me apabulla cuando de hablar del pasado se refiere. Simples seres humanos con sus defectos y sus virtudes.

ue supieron de rivalidades y enfrentamientos, a veces muy duros, en aquellas multitudinarias asambleas de pasadas décadas especialmente cuando más de una lista aspiraba a acceder a la conducción de la entidad.

Pero que, fundamentalmente, en el balance resultan con un saldo abrumadoramente positivo por el aporte a toda la comunidad.

La sociedad, además de todo lo señalado, aparece también, quizás insólitamente, con su escrupuloso respecto a estatutos y reglamentos, en su modesta medida como una escuela de democracia y formadora de dirigentes.

Se integra, con entrañable encarnadura., en la vida de la comunidad de la cual se nutre reflejando indirecta pero inequívocamente la trama de los acontecimientos que van conformando su trayectoria temporal.

Y cuando se leen las actas de los años de la guerra civil española –que la entidad asume con respetuosa equidistancia- es inevitable la emoción y se siente que ellas contienen no solo su propia historia y la de un período de Rojas sino que también espejan una parte de la historia de la humanidad.

Irma Oger
Marzo de 2010

Permitida la reproducción total o parcial del material aquí publicado, citando la fuente.
Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad de los autores.
© CiudadRojas, enero de 2010.