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Sequías pavorosas y langostas que no encontraban alimento. Una procesión portando a San Francisco para pedir la lluvia, que termina en un desbande por fuerte tormenta. La gran inundación. El lechero que ordeñaba a domicilio. El paso de Juan Moreira por Rojas.

1870/1920

RECUERDOS...

Escribe: Irma Oger
irmao@clyfer.com.ar

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Extraídos de las memorias y el testimonio de los viejos pobladores estos sucesos, como tantos otros, verdad o leyenda (no importa demasiado), forman parte entrañable aún en su modestia, de ese acervo tradicional, de ese folklore lugareño que va enmarcando las características peculiares de cada pueblo dibujando, aún sin proponérselo, un rico fresco de su historia y pasado por ello ineludiblemente a pertenecer al bagaje de su cultura.

CUANDO NI LAS LANGOSTAS TENÍAN PARA COMER

Aproximadamente entre 1909 y 1910 una espantosa sequía que se prolongó algo así como un año asoló nuestros campos. Literalmente todo se secó. La mortandad de animales fue tremenda. Cuentan que solamente en la estancia San Jacinto se perdieron alrededor de treinta mil vacunos.

Ejemplares de la fauna silvestre como ciervos (que dicen que entonces los había) avestruces, patos, etc., se encontraban muertos por doquier.

A los bueyes –medio de tracción agrícola muy usado entonces- y a los caballos se los mantenía con paja de lino mojada con agua y sal.

De las cosechas, ni noticias. Se secaron las verduras de las quintas y para el consumo de la población debían traerse por ferrocarril de la zona de Rosario.

Como si las calamidades no bastaran cayó también la langosta, azote habitual en esos años y en muchos después. Tal era la escasez de verde que el acridio dio cuenta de la superficie exterior de los palos y aún del óxido de los alambrados, que quedaron brillantes como nuevos. Muchos chacareros debieron forrar sus ranchos con chapa barrera para evitar que fueran devorados.

Se pasó hambre. La municipalidad debió acudir en auxilio de los más necesitados repartiendo carne mediante la presentación de vales.

Esta práctica -sequía aparte- no era inusual en aquellos tiempos. Tanto que en 1922 en el programa de festejos de la inauguración del Parque General Alvear se incluye una “distribución gratuita de carne a los menesterosos de la localidad en el local del Corralón Municipal frente a la plaza Ezequiel Carrasco”.

LLEGARON LAS LLUVIAS

Recíprocamente en octubre de 1914, comenzó una temporada de intensas y reiteradas precipitaciones que se prolongó hasta mayo de 1915. Grandes extensiones de campo fueron cubiertas por las aguas. El río desbordó, llegando a no mucha distancia de la Fonda de Afuera. Los pocos puentes existentes -no estaba aún el típico y recordado “Puente de Fierro”- fueron cubiertos por la inundación; incluso el de la vía que une nuestra ciudad con Junín. Como medio de comunicación con los pobladores de allende el río y de Rafael Obligado (el Echeverría entonces), circulaba una zorra del ferrocarril que en la parte anegada era remolcada con un caballo.
Muchas chacras se inundaron; se cuneta que en la estancia Santa Bárbara, (que perteneciera a don Pancho Sierra) hubo familias que debieron refugiarse arriba de las trojas y ser evacuadas mediante carros.

El trigo se perdió pero, como contrapartida, hubo un cosechón de maíz.

LECHE AL PIE DE LA VACA

Allá por los primeros años del siglo, un italiano a quien conocían como “Batistín” y que vivía en una quinta cercana al matadero, vendía leche.

Cosa que no tiene nada de extraño. Solo que no lo hacia en sachet, menos en polvo y ni tan siquiera en una de aquellas típicas jardineras a caballo que por varias décadas poblaron nuestras calles.

Nada de eso: Batistín tenía dos vacas con las que, con sus correspondientes terneros, recorría las calles deteniéndose ante cada cliente y ordeñando la leche allí mismo. Un cencerro portado por uno de los animales anunciaba su presencia a los vecinos; los chiquillos lo rodeaban, esperando quizás un jarrito “de yapa”. ¿Sería fresca?

LAS BOTAS DE JUAN MOREIRA

Hace muchos años, quizás más de cien, en una de esas típicas fondas rojenses (que bien merecen una nota aparte) ubicada más o menos por Alvear y 9 de Julio, trabajaba un muchachito, poco más que un niño, recién arribado de su Navarra natal.

Dicen que allí llegó una noche a pernoctar el legendario Juan Moreira. Y como dejara las botas ante la puerta de la habitación, el chico se las lustró, recibiendo una moneda de propina y una caricia.

Andando el tiempo, ese muchachito fue el fundador de una de las más tradicionales y prestigiosas familias rojenses.

No es el único relato que vincula a Juan Moreira con Rojas. Una tradición más difundida lo hace alguna vez pasando por la Fonda de Afuera, que en el siglo pasado era un hospedaje y casa de comida para carreros, arrieros de tropa y gente de paso, así como parada de la diligencia de hacia el viaje a Junín.

Todo cuanto a él se refiera, como el mismo Moreira, pertenece ya a la leyenda.

CUANDO SAN FRANCISCO HIZO LLOVER

Ligada como está la economía rojense –aún hoy- al quehacer agropecuario, no es de extrañar que la memoria colectiva mantenga tantos recuerdos referidos a las vicisitudes del campo. Así, cuentan que en la primavera de 1901 o 1902 una persistente sequía amenazaba con dar cuenta de los trigos y aún de impedir la siembra del maíz con la consecuente secuela de mayor miseria ya que muchas familias basaban su subsistencia en la juntada. Ante el fracaso de las rogativas particulares, agricultores y vecinos decidieron que en la procesión del 4 de octubre llevarían la imagen del Santo Patrono hasta río.

Serían las tres de la tarde cuando la piadosa caravana encabezada por el padre Pedro Silván avanzaba por Hilario Lagos (entonces General Paz) rumbo al sur.

Hacia el oeste, gruesos nubarrones preanunciaban la tormenta. Pero nadie la esperaba muy pronto ni hubiera sido la primera en fracasar en esos meses de angustiosa espera.

Antes de llegar a la Fonda de Afuera, zona entonces casi totalmente despoblada (acaso estuviese solo la vieja edificación de Lagos y Necochea, aún en pié), se vino el ventarrón. Una violenta ráfaga arrebató la imagen de sus angarillas y las arrojó sobre una cina-cina que levantaba sus ramas en el solar donde años más tarde tuviera su casa la familia Adrover.

Tras el viento se desató un copioso y prolongado aguacero. Tanto que colonos de la zona de Sol de Mayo, retenidos por la intransitabilidad de los caminos estuvieron dos o tres días en las fondas de Cavalcabue; y en la de Rubba festejando. Las cosechas fueron espléndidas.

No es este el único relato de este género que conocemos; en las tradiciones populares rojenses hay otros de procesiones semejantes. Pero difícilmente alguna haya sido tan rápidamente eficaz como esta de principios de siglo.

Irma Oger
Enero de 2010

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© CiudadRojas, enero de 2010.