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Historias de Rojas

Los campos vírgenes que los estancieros utilizaban solo para pastoreo de los animales se fueron convirtiendo en un emporio de producción de cereales con el trabajo de los inmigrantes que tenían experiencia en agricultura. Se formaron grandes colonias de arrendatarios, familias chacareras, que tuvieron una forma de vida muy particular.

1890 - 1970

LA CHACRA Y LOS CHACAREROS

Escribe: Adolfo Crosetti

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

El agricultor Juan Turchi, me relató lo siguiente: “Mi padre tenía pasaporte para ir desde Italia a EE UU. Para trabajar en una mina de carbón, pero por una huelga de marineros el barco que debía transportarlos no salió y, en el mismo puerto, decidió venir a la Argentina a probar suerte en Rojas donde tenía familiares. Cumplido el itinerario e instalado en esa ciudad, al año siguiente regresó a Italia para buscarnos. Así fue como llegué a la Argentina en 1894, cuando tenia 9 años, acompañando a mis padres, Angel Turchi y Luisa Gabelli y cuatro hermanos italianos. La familia se completó luego con otros cuatro hermanos argentinos.

“En Italia disponíamos de una yunta de bueyes y una vaca para laborear las 10 hectáreas que teníamos”.

Participaba del diálogo su hermana argentina María Turchi de Cardone, quien expresó: “La causa de la inmigración era que, en Italia, la producción resultaba absorbida totalmente por el consumo doméstico ya que se molía a mano el trigo y el maíz para uso familiar y no quedaba nada para vender. No había recursos ni porvenir”.

¿Qué conclusiones sacamos de este diálogo?

1: Es un caso-testigo. En Europa, a principios del siglo XX, no había provenir, había que emigrar en busca de trabajo.
2: Esta inmigración no debilitó a las familias, por el contrario, los consolidó y agrandó.
3: Las incomodidades, el trabajo y las privaciones superaban en muchos casos su vida en Europa, pero acá había algo que allá faltaba: esperanza de progresar.

ALMACENES DE RAMOS GENERALES

Por 1900 la mayoría de los campos eran vírgenes porque se usaban solo como pastoreo para ovejas y vacunos. Los estancieros no hacían agricultura. Ella surgió a través de los colonos, quienes eran arrendatarios (pagaban con dinero) o aparceros (pagaban con un porcentaje de la cosecha). Ellos conseguían financiar su actividad a través del “almacén de ramos generales”, comercio que los proveían de semillas y otros insumos y le compraban las cosechas. A su vez en los “ramos generales” se vendían desde mercaderías varias (alpargatas, botas, alambres, yerba, azucar, herramientas, chapas, etc.) hasta autos o tractores. Para los gastos corrientes, la financiación se manejaba a través de una simple libreta donde se anotaban todas las compras y se pagaban cuando se vendía la cosecha, una o dos veces al año. Lo mismo ocurría con el panadero y el carnicero. A pesar de las diferencias, es justo reconocer que las libretas se otorgaban sin garantías y que la relación entre el almacenero y el chacarero eran cordiales y basadas en la buena fe. El comerciante actuaba muchas veces de consejero, pero era celoso en la fidelidad del cliente, particularmente sí compraba un automotor. Como cada casa vendía una marca distinta, estaba cantado al ver el vehículo a quién se lo había adquirido.

LOS REPARTIDORES

La mayoría de las panaderías y carnicerías de la época tenían reparto al campo, lo hacían en forma regular en determinados días de la semana por zona o colonia.
Por ejemplo, en Carabelas había tres panaderías y todas tenían reparto. En una colonia determinada el pandero López pasaba los martes, y lo jueves lo hacían los panaderos Martínez, por la mañana, y Medá por la tarde. Lo hacían en carruajes tirados por dos o tres caballos y al pan lo llevaban embolsado en arpillera. Lo pesaban en una balanza romana y lo que entregaban lo anotaban en una libreta que se pagaba una o dos veces al año. Los panes y galletas eran más grandes que los actuales, porque el pan se consumía hasta 3 o 4 días de elaborado.

Acompañaba al panadero de Medá un vendedor de diarios y revistas, quien, como contraprestación, le abría las puertas y tranqueras.

LOS CARNICEROS. Por lo general pasaban día por medio, y lo hacían en un sulky en cuya batea (parte posterior para llevar bultos) había un cajón de madera, con tapa. Atada con un hilo el cliente recibía el pedido fijo, que variaba en tiempos de cosecha.

Estas pesadas eran de carne surtida, generalmente para puchero. Se faenaban vacas (no vaquillonas ni novillos), por ese motivo los reclamos por carne dura eran frecuentes. Al igual que los panaderos, apuntaban las ventas.

Más allá de todo esto hay pendiente un reconocimiento de la sociedad con los repartidores, incluyendo a los lecheros, que hacían el reparto en sentido inverso. Cumplían con su trabajo todos los días del año, soportando a cielo abierto todas las inclemencias de la naturaleza, sorteando pantanos y pesados caminos, abriendo y cerrando puertas.

El día que murió el “Negro Zoquete”. tal como se lo conocía a un humilde repartidor, el corresponsal de Chispa en Carabelas, Francisco Burgués Montardit, le dedicó una nota necrológica acorde a la de un personaje del pueblo.

VENDEDORES AMBULANTES

A principios del siglo XX recorrían la campaña extraños vendedores ambulantes que ofrecían todo a 20 centavos cada unidad. Se trasladaban a pie en un equipo de dos personas, y muchas veces una de ellas era ciega.

Llevaban algo parecido a una mesa de campo sin patas e invertida, con manijas en ambos extremos. Ofrecían artículos de mercería, juguetería, librería y golosinas.
Eran sirios, otomanos o libaneses. La gente no los distinguía por este detalle. No tenía importancia porque para todo el mundo eran simplemente turcos.

Generalmente eran comerciantes y arrancaban en el ramo desde el peldaño más laborioso: la venta o la compraventa ambulante por el campo. No había lugar donde no llegaran ni pueblo donde no los hubiera y al principio se trasladaban de a pié. Cruzaban a campo traviesa el trayecto entre las chacras y se alejaban hasta 25 o 30 Kms. del lugar de partida. Atravesaban potreros con cardales por estrechas sendas que terminaban en aguadas. Andando por instinto, sin puntos de referencia la sabiduría popular, imprimió el dicho “perdido como turco en la neblina”. Cuando progresaban tenían un sulky o carruaje, nunca automotor. Nadie les negaba hospedaje y comida. El ramo principal que desarrollaban era la venta de tela y mercería. Los caminantes llevaban sobre sus hombres sendas varas, balancín y en sus extremos pendía la cajonera y atados con las telas.

La pobreza reinaba en ambos lados del “mostrador”, el turco con su carga de ropa, quizás de 30 o 40 Kgs., enfrentando soles, fríos y tormentas y sus clientas, las mujeres de los chacareros que iban poco al pueblo o la ciudad y con muchos hijos que vestir, y precisamente por eso existía el vendedor ambulante, porque vendía. Pero además había otro detalle. En el ámbito de la economía familiar la mujer afrontaba la vestimenta de la familia con lo obtenido de la venta de aves y huevos. Además, y con solo apuntar en una libreta, daban crédito hasta la próxima recorrida.

Muchas no sabían costura, pero -apremiadas por las circunstancias- debían confeccionar la ropa, por lo menos la de uso diario, entonces el vendedor les daba nociones elementales de corte y confección. No existía el “pret-a-porter” (venta de ropa lista para ser usada).

Cuando podía levantar las persianas de su propio negocio había cumplido su más caro sueño. Entre otros podemos mencionar al primitivo dueño de la tienda “La Otomana” en Rojas, a Elías Melgín en Carabelas, a los hermanos Raad de Rafael Obligado, que se instalaron en Junín.

En la década de ’40 a esos mismos productos los vendían personas que pedaleaban un triciclo de reparto, alejándose hasta 30 kms. del lugar de origen, venciendo los vientos en contra, la tierra suelta y las huellas profundas. También andaban en breques carrozados (vehículo tirado por un caballo), ofreciendo artículos de despensa y frutería. Y, aunque parezca increíble por lo perecedero del producto, había pescadores con sulky igual al de los carniceros.

Además, había vendedores de cuadros, generalmente con imágenes de la nobleza europea, santidades de la iglesia o personajes de leyenda como Genoveva de Brabante.

Cada uno o dos años aparecían los judíos. Vendían telas o prendas surgidas de un supuesto contrabando. Pedir mucho y regatear el precio era la norma. Andaban en automóvil y no eran de la zona. También llegaban los gitanos. Armaban el campamento en un callejón y luego recorrían la colonia. El negocio del gitano era el caballo. Con un solo caballo vivía, porque no vendía el caballo, sino que lo permutaba por otro y no hacía negocio si no había dinero a su favor. Las gitanas pedían y adivinaban la suerte. La estrecha franja que hay entre la buenaventura y la maldición se podía atravesar en un soplo. En los tiempos de cosecha aparecían esas mujeres que adivinan la suerte de los juntadotes, y les decía una verdad tan vieja como el mundo: para cada hombre hay una mujer, solo tenía que buscarla.

TRILLADORAS DE VAPOR

El uso de esta máquina data de fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, donde son reemplazadas por los motores de combustión interna. Los primeros en usar el motor de vapor en Rojas fueron los Ballesty, conocidos agricultores quienes importaron una máquina antes de 1900. las primeras no tenían tracción propia, por lo que eran tirados por bueyes, al igual que todo el equipo de trilla.

Luego estas máquinas fueron perfeccionadas, convirtiéndolas en autopropulsadas y sus marcas más comunes eran Garascot, Buffalo Pit, Tigre, Rouston, Avance, Claytón y Casello. Tenían una potencia entre 40 y 110 HP vapor. Mientras trabajaba, necesitaba una dotación de 20 a 30 obreros. Estas máquinas procedían de diversos países: Norteamérica, Inglaterra o Alemania. Utilizaban como combustible marlo, paja o leña y consumían en una jornada 5 o 6 mil litros de agua.
La dotación debía cumplir los siguientes cargos: maquinista, foguista, ayudante foguista, aceitero, aguatero, colero, costureros, enganchadores, cilindreros, horquilleros, estibadores, apuntador, cocinero y sereno.

El sereno cumplía la misión de vigilancia nocturna, además limpiaba los tubos del motor, lo encendía con tiempo para su calentamiento y despertaba al personal con una pitada, otra señal, un sonido estridente era para empezar, interrumpir o finalizar la jornada. También era el saludo cuando dos maquinas se cruzaban en el camino.
Los motores tenían manómetros, válvulas de seguridad y un fusible de plomo en el tanque que se derretía y apagaba el motor cuando este se recalentaba por falta de agua.

La cantidad de propietarios de esas máquinas fue creciendo y eran contratados por el agricultor para realizar el trabajo de trilla, dando el cereal entregado en estibas de campaña (dos caras trianguladas). Si la máquina era de un acopiador, generalmente retiraba la producción.

Había maquinistas que se dedicaban exclusivamente a la trilla, como Ferrea Hnos. y Juan Ravagnán. Este último tenia una manzana en el barrio centro que utilizaba como corralón con galpones para las máquinas, donde actualmente se encuentra el tanque elevado de Aguas Corrientes.

Había cerealistas que tenían máquinas como Gear, Borasi y Cia, y Amichetti y Cia., y había agricultores como Solari y Toso. Detrás de muchas máquinas estaba el esfuerzo en común de una familia numerosa.

El trabajo en estas máquinas era duro. El trigo se cosecha en tiempos de estío, época de calor y días largos trabajando del alba al anochecer. La máquina paraba para el desayuno, merienda y mate cocido. En una campaña, que duraba 2 o 3 meses la maquina paraba solo en dias de lluvia y trillaba unas 10.000 bolsas.

Una estimación del año 1923 dice que se dedicaron, en el partido de Rojas, más de cien mil hectáreas a la agricultura de las cuales sesenta mil eran de maíz, veinte mil de trigo, quince mil de lino y el resto de alpiste y avena.

Detrás de esa área sembrada estaba el esfuerzo de cientos de agricultores arrendatarios y propietarios, que con pequeñas herramientas de tracción animal, laboraban en tierra y miles de obreros cosecheros, que con la maleta o la horquilla, recogían el cereal para entrojarlo o emparvarlo. Y estaban los carreros, que manejaban chatas de fletear tiradas por ocho caballos, que transportaban el cereal embolsado a la estación. Cada chata tenía una capacidad de carga de 100 a 120 bolsas que equivale a 6.000 o 7.000 Kgs. Eran los únicos contratistas de neto corte criollo en todo el país, orgullosos de su trabajo y solidarios entre sí. No tenían buena relación con el agricultor “el gringo” aunque siempre se respetaron.

La máquina de vapor y su entorno es una de las postales más representativas de una época que estando tan cerca, parece muy lejana.

EL AGRICULTOR

Los chacareros vivían y trabajaban en colonias, cuyos propietarios eran estancieros que, por lo general, tenían su domicilio en la Capital Federal, o compañías extranjeras. En ambos casos, la relación propietario-agricultor quedaba en manos del mayordomo o encargado-administrador. No había ley agraria que estableciera límites, por lo tanto los contratos se renovaban cada uno, dos o tres años, teniendo siempre pendiente la amenaza del desalojo que significaba desarraigo, más la mudanza y la construcción de una nueva vivienda. Era la “libre contratación” que se regía por el Código Civil y, en ese contexto, quedaba favorecida la parte más fuerte, que era el terrateniente.

Recién en el año 1921 se dicta la primera ley agraria Nº 11170, que fija un plazo mínimo de cuatro años en la duración de los contratos y libertad de contratación de servicios y comercialización. Esto último se refería a que, anteriormente, el propietario establecía la maquinaria de determinada persona que se utilizaría para la trilla y a qué cerealista se le vendería la cosecha. Una situación abusiva, pero formalmente legal.

Estos agricultores que ocupaban lotes entre 50 y 100 Has., en calidad de aparceros (pagaban con un porcentaje de la cosecha) o arrendatarios (pagaban con dinero) tenían detrás de sí una familia, a veces numerosa, y en la cual todos, incluido los chicos, desarrollaban alguna tarea. La unidad familiar estaba garantizada por la autoridad paternal, no exenta de rasgos patriarcales. En muchos casos no existía el tuteo entre padres e hijos. Su situación económica era generalmente de pobreza. Cuando en 1919 se refunda la filial Rojas de Federación Agraria Argentina, en la acta constitutiva se expresa en un párrafo: “entre los fines de la entidad figura actuar en defensa y para bien del proletariado rural”.

Todos tenían la ambición de progresar, de ser propietarios, de poseer un automóvil, y no pocos tenían la añoranza de regresar con dinero a Europa. Conozco otro caso en que el jefe de la familia, que había logrado reunir algún dinero, no renovó el contrato del campo y vendió los enseres dispuesto a regresar con su familia a Italia, pero su hija mayor se le plantó con firmeza “tengo novio, quiero casarme, yo no me voy”. La resultante de esta situación fue que se quedaron todos, y con el dinero disponible compraron una porción de campo, cuyos nietos siguen manteniendo.

Entre los años 1900 y 1920 ocurrieron hechos que pusieron a prueba al agricultor. Primero prolongadas sequías, invasión de langostas, que trajeron como consecuencia pérdidas de cosecha y mortandad de vacunos. Después vinieron grandes lluvias que provocaron inundaciones. Como contrapartida a estas calamidades, al finalizar la guerra hubo una fuerte suba en el precio de lino, que hizo posible que quienes tenían ese cereal disponible para la venta pudieron tener acceso a la propiedad de la tierra.

En 1919 y encabezada por Federación Agraria, hubo una huelga de chacareros reclamando por un mayor precio en la cosecha de maíz. Hubo enfrentamientos y a Rojas vino la Gendarmería Nacional y se organizó la “Liga Patriótica Argentina”, que era un grupo de choque armado que actuaba a favor de los terratenientes y a favor de los rompehuelga. Felizmente la huelga se levantó, aunque la disconformidad siguió subyacente. En los años 30, época conocida como la “década infame” a raíz de la crisis económica y del fraude político. La cara visible de la crisis fue el incremento en la población de linyeras a la vera de los rieles cerca de las estaciones. Cundieron los embargos a los productores endeudados por el cobro de impuestos y surgió el temor al alguacil, oficial de justicia, la cara visible de los remates judiciales. Causó estupor en Carabelas la sorpresiva quiebra del almacén de ramos generales de la firma Huerta Hnos., cuyas consecuencias la sufrieron los clientes de la casa, ya que esos comercios actuaban como caja de ahorro de los colonos a quienes les quedaba algún sobrante después de vender la cosecha.

PROBLEMAS Y MÁS PROBLEMAS…

Santiago Semini, un arrendatario de la zona de “La Estrella” fue desalojado por la fuerza pública y sus pertenencias fueron depositadas en las amplias banquinas del camino viejo a Colón. En ese lugar, Semini armó un campamento, viviendo de los animales que poseía. Al cabo de dos años consiguió un lote en arrendamiento en el campo Iribarne, y compró, un buen tiempo después, un lote en la zona. La conclusión de este episodio podría ser “nunca darse por vencido”.

En 1939 se inició una enfermedad de los caballos, y en la que a pesar de los cuidados y medicamentos, provocó la muerte de muchos animales. Las causas eran meningitis y gusanos en el cuajo. La merma de caballos generó problemas en el laboreo de la tierra ya que muy pocos afortunados podían tener un tractor.

A mediados de los 40 aparece otro problema: “la peste porcina”. Finalizada la guerra, y ante un nuevo cuadro político-económico nacional, los chacareros buscan diversificar la producción y lo más rápido y viable era el cerdo. Cuando cundió la noticia de la peste, no se actuó con rapidez, pensando que había tiempo para vacunar. Cuando el primer chancho apareció enfermo, el resto estaba incubando la peste y era tarde para vacunar con efectividad. A los cerdos muertos se enterraban o se quemaban y era una tarea de los chicos de la casa. A partir de esta experiencia el cerdo se vacunaba y como para darle un poco de color a este relato, vamos a hacer una referencia al veterinario, el Dr. Héctor Fellini, el mismo que había participado en la atención a los equinos enfermos, vacunaba a los cerdos.

Era común que los vecinos se ayudaran en estas tareas, por lo que había varias personas trabajando, hablando y escuchando. La platea ideal para que aquél se luciera con sus relatos. Mientras Fellini llenaba con toda alma la jeringa y el chancho agarrado pataleaba, corcoveaba y chillaba, el veterinario contaba y hacía desternillar de risa a los presentes.

Durante la Segunda Guerra Mundial se paralizó el comercio exterior, el maíz se pudría en las trojas y faltaban insumos y repuestos. Como paliativo el Ministerio de Agricultura de la Nación rebajó el costo del arrendamiento en un 20% y se permitió usar para ganadería hasta el 40% del predio.

Sobre este punto me siento obligado a narrar un hecho del cual fui testigo “recuerdo que una tarde del año 1944 o 45 aparece en las chacra de mi padre, en el campo que arrendaba a Julio Iribarne, un automóvil del que se baja una persona de apellido Pera que se identifica como representante oficial del Banco Provincia en Carabelas, y su misión era recorrer el campo haciéndole saber a los agricultores arrendatarios que, por ley, podían disponer del 40% del campo para destinarlo a ganadería, no obstante la prohibición que existiera en los contratos. Además, que el banco disponía de una línea de créditos para la compra de vientres. Mi padre en el acto le dijo que no le interesaba la propuesta, pero al reflexionar cambió de idea y al otro día le comunicó a Pera que la aceptaba. Existía empotrero de los caballos y un lote con pastura natural, que no se había laboreado porque estaba anegado. Teníamos solamente una vaca lechera con su ternero, que era prestada por un familiar. A los pocos días mi padre fue a una feria y compro 24 vacas con sus crías al pié. Los terneros crecieron sin problemas, la deuda se pagó, y la economía de la chacra cambió. No cabe duda de que el gobierno a través del IAPI se apropiaba de recursos de los agricultores, como ahora con las retenciones, pero ofrecía créditos blandos hasta para la compra del campo.

LA MESA CHACARERA

La mesa de campo era algo más que un mueble donde se comía. Colocada en la cocina, era parte principal de ella, la más visible y habitada de la casa. Impregnada del humo que se desprendía de la cocina “ISTILART”, de hierro fundido, que se alimentaba con marlos o leña y del amor que ponía la madre en su infatigable trajinar. Era el único lugar donde se reunía toda la familia y, por consiguiente, mudo testigo del devenir familiar.

“¿La Juana no viene a comer?” La pregunta es del padre, porque la hija no está en la mesa. La madre debe ser sintética, porque su marido es medio sordo, pero no encuentra la manera de decirlo.

“¡La Juana se ha casado!” Responde molestamente la madre. “¡Ah! Yo no sabía nada”.

Este dialogo conyugal sobre una incómoda situación familiar revela un hecho, no frecuente pero real, en que los mensuales (peones permanentes) se “robaban” las muchachas de las chacras, ante una relación amorosa no consentida, en una sociedad con rasgos patriarcales.

En tiempos de cosecha la mesa se agrandaba con los justadores de maíz, o los emparvadores de trigo o lino. En el resto del año podía haber un peón mensualizado, y si en la chacra no había chicos, se ocupaba a un boyero (adolescente que cuidaba los animales y hacía otros trabajos livianos).

También se sentaban en la mesa los vendedores ambulantes y hasta los caminantes conocidos.

En la comida del domingo estaban los infaltables tallarines. Una vez al año se faenaba uno o varios cerdos. Todos trabajaban y compartían el asado de chorizos y morcillas. Como nadie se controlaba la presión sanguínea, el problema “no existía”.

La chacra reunía a familias numerosas, más los peones en tiempo de cosecha, lo que requería un gran esfuerzo en la atención del hogar; en ese contexto hay que destacar el rol de la mujer por su trabajo no siempre valorado.

Tanto en las madrugadas como por las tardes, el mate con bombilla era infaltable. Al que manejaba una herramienta con caballos de tiro, como era peligroso dejar los caballos, por el riesgo que se dispararan con la herramienta, los chicos le llevaban al campo el café a la mañana y el mate cocido por la tarde.

LAS INDEMNIZACIONES

En el año 1947, como consecuencia de la ley 13246 y sus prórrogas se congelaron los contratos de arrendamiento. El propietario-arrendador no podía aumentar el precio, ni exigir el desalojo por vencimiento del plazo. Esto fue bien visto por los arrendatarios y la sociedad en general, pero surgió la práctica de que el agricultor abandonaba el campo a cambio de dinero.

En una asamblea de Federación Agraria Argentina se trató el tema, apoyando a quienes dejaban de ser arrendatarios para pasar a ser propietarios, pero fustigó a quienes abandonaban las actividades agropecuarias a cambio de dinero por que se entendía que se violaba el espíritu de la ley. Se centró la crítica en los martilleros, que utilizaban su poder de convicción sobre los agricultores para mostrarles un espejismo, cobrando comisiones en cada etapa: arreglo con el dueño del campo, remate de la chacra, compra de la casa, compra de un taller o negocio.

Los martilleros rechazaron los cargos, diciendo que trabajaban por el bien común.

En 1967 se dicto la ley 17253 del gobierno de facto de Onganía, dando por finalizada la prorroga de los contratos y ofreciendo créditos a través de los bancos oficiales para la compra de campos. Hubo reclamos que no fueron escuchados, llegando los desalojos. Más de la mitad de los afectados se reubicaron en predios adquiridos, mientras que otros, por la edad, se retiraron jubilándose o emprendiendo otras actividades.

Rebobinando estos hechos y volviendo a los años ´40 y 50´ y la política agraria del peronismo, es justo reconocer que muchos agricultores con escasos recursos o sin ello llegaron a la propiedad de la tierra, poniendo por ejemplo la colonia “El Carmen” donde 5700 hectáreas se dividieron en 48 lotes. El derecho a la propiedad no era pleno, porque el adquirente de un lote no lo podía vender, pero estaban dadas las condiciones para que esta situación se normalizara, hecho que ocurrió durante el gobierno de Illia.

También hubo loteos en otros grandes campos, como La Soledad, el Chajá, La Concepción, Los Ángeles, La Vuelta, entro otros.

En 1940 los hermanos Luis y Mariano Iribarne distribuyeron semilla de soja entre los chacareros de sus campos con el fin de experimentar su cultivo. Cada chacarero, entro los que se encontraba mi padre, sembró una hectárea. Hubo que carpir con la azada el cultivo y cortar con machete la planta para cosechar. Tirar con horquilla la planta al embocador de una maquina trilladora chica, con muchos problemas porque no estaba preparada para la soja. El experimento dio resultado negativo e Iribarne nunca mas habló del tema.

UNA SORPRESA: LOS SINDICATOS DE OBREROS RURALES

En la zona de “Los Indios” vivía un agricultor con cuatro hijos jóvenes. Uno de ellos me hizo el siguiente relato: “como una forma de estar todos ocupados sin salir del hogar, resolvimos comprar una máquina corta y trilla para trabajar como contratistas en la zona. Adquirimos una máquina usada y sin reparar, en mayo de 1948. Trabajamos todo el invierno y la primavera para ponerla en condiciones y cuando salimos en diciembre a cosechar trigo se aparecen los obreros del sindicato con la policía haciéndonos saber que teníamos que ocupar dos obreros, con lo cual nos quedamos sin trabajo, después de haber hecho tanto para reparar la máquina”.

Era una época donde una parte de los chacareros tuvieron la oportunidad de comprar la tierra con créditos a largo plazo (hasta 40 años), cuyas cuotas se pagaron cada vez con más facilidad por la inflación. Pero, a la par de eso y como contrapartida, surgieron los derechos de los obreros rurales, cosa que los sorprendió porque no estaban acostumbrados a que el peón de campo los tuviera.

Adolfo Crosetti
Febrero de 2010

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