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El 16 de setiembre de 1816 se produjo un huracán que derrumbó sesenta y dos casas, produjo veintiún muertos y ochenta y dos heridos, en una población que no tenía ni un solo médico. Desde la Guardia de Luján (hoy ciudad de Mercedes) vinieron tres facultativos que atendieron y operaron a las víctimas utilizando el aguardiente como anestésico. El lamentable acontecimiento hizo que -por primera vez- Rojas apareciera en un diario de la capital de la República: "La Gaceta de Buenos Aires".

1816

EL HURACAN DE 1816

Escribe: Juan Jorge Cabodi

(Haciendo clic en las palabras subrayadas se obtiene mayor información)

Mil ochocientos dieciséis, mediados de septiembre. A la vera del camino que va de Buenos Aires a Mendoza, a poco más de cuarenta leguas, se alza una pequeña población: la Guardia de Rojas.

Su nombre evoca la época de los granes malones, pero los treinta años de paz con los indios han cambiado la fisonomía del villorrio: el fuerte es una antigualla deteriorada, que sólo sirve para residencia del comandante; sus días de esplendor, cuando toda la vida se reglaba desde su recinto, han caído en el olvido. Hoy la actividad se ha refugiado en las chacras sembradas de trigos, en las quintas de durazneros floridos, en las bulliciosas y provistas pulperías, y hasta en la humilde tahona.

Ya nadie otea el horizonte temeroso de descubrir la proximidad de un malón: ahora se vigila el camino real, por donde transitan las carretas cargadas con vinos y aguardientes y frutas secas de Cuyo y por donde se ha visto desfilar los hombres y pertrechos con que la capital socorre al Ejército de los Andes.

En esa tarde del lunes 16 de septiembre de 1816 la Guardia de Rojas iba a recibir un asalto más devastador que el más mentado de los malones que recordaban los viejos: desde el desierto, desde el temido sur, saltando por encima de las escasas aguas del arroyo, salvando el foso casi cegado del fuerte, burlándose de la podrida palizada de tacuaras y de los cercos de tunas, se lanzaría al asalto de la población un enemigo nuevo: el huracán, en su forma más devastadora de tornado.

CRONICA DE “LA GACETA”

Vamos a transcribir la descripción (y las reflexiones que le sugiere) de “la Gaceta de Buenos Aires”, respetando su ortografía, de este desastre que tiene por escenario la Guardia de Rojas. Es ésta la primera vez que nuestra población es objeto de una crónica de la prensa porteña, y para corroborar el adagio, su historia periodística debía iniciarse con una desgracia.

“El día 16 de septiembre último se experimentó en la Guardia de Rojas de nuestra frontera un huracán tan formidable, que aquellos infelices vecinos debieron creer haber llegado el fin del mundo con más fundamento en los estragos que han sentido y en los prodigios de que fueron testigos, que el que ha tenido de vulgo europeo en los pronósticos de una mujer ilusa. Los conductos por donde se nos ha transmitido aquel suceso son dignos de toda fe por su providad, criterio, luces, y por el puesto que ocupan, sin embargo, no exigimos de nuestros lectores un asenso sin discernimiento y sin examen. El terror que han debido causar en el ánimo de aquel desgraciado pueblo los estragos que han padecido, puede haber aumentado a sus ojos el tamaño de las circunstancias inverosímiles que refieren; pero la fuerza infinita de la naturaleza, no es la vez primera que hace gala de su poder con semejantes fenómenos”. La relación es como sigue.

“A las tres y media de la tarde se vio descender de la atmosfera, sin lluvia, un pedrón de nieve durísimo, como del peso de dos libras, y cayendo se dividió en cuatro pedazos. En seguido se distinguió por la parte del Sur un torbellino acompañado de una especie de temblor, y de una similitud de globos ígneos. Se atribuye a éstos el haber quedado los pastos, las maderas de algunos edificios, y los cercos de tuna, con indicios evidentes de incendio. El torbellino se dirigió a favor del viento, sobre la mayor parte de la población, y causó los más extraordinarios efectos, experimentándose casi los mismos caprichos de las centellas y los rayos. Un edificio tan leve en su consistencia como una carreta que estaba contigua quedó ileso, al, mismo tiempo que la última fue arrebatada por los aires, salvando los cercos que estaban distantes. Se vieron caballos trasladados por elevación a la distancia de cuatro cuadras del lugar donde se gallaban. Una mujer corpulenta fue sacada de su casa, también por elevación, y llevada en rumbo al sur como dos cuadras, de donde retrocedió trece cuadras hacia el norte. Se han encontrado varios bueyes y vacas enterradas hasta las astas, otros que las tenían cortadas de raíz, y otros que las conservaban pendientes como en un hilo del cutis. Los estragos causados por este fenómeno horrible son de gran consideración, pues han sido taladas hasta la superficie de los cimientos sesenta y dos casas, sin incluir nueve que han quedado sin techo, y las restantes llenas de agujerones. Vecinos muertos hasta el 30 de septiembre citado de resultas del huracán, veinte y uno: fracturados, cinco; heridos contusos con lesión de continuidad, diez. Simples contusos, cuarenta y seis”.

“Por fortuna de los habitantes de esta capital, el huracán fue a buscar victimas en el infeliz pueblo de Rojas; sí, por desgracia, los buenos deseos de nuestros amigos naturales, los adictos a la real persona, hubieran podido atraerlo sobre nuestras cabezas, y hacer que Buenos Aires padeciese las ruinas que causó el terremoto de Caracas, no hubieran dicho que el Cielo nos castigaba como rebeldes? Nosotros creemos que Dios envía las plagas a la tierra para purgarla de culpables; pero es un primor el ver a los españoles como usurpan el lugar de los inocentes, y con cuanto desenfado suponen no haber en el país otros pecadores que los americanos”.

Esta noticia se publica en la Gaceta el 26 de octubre, es decir, 40 días después de la catástrofe: el periódico, que tenía en su poder las cartas del comandante de la Guardia y del Cura del pueblo desde principios de octubre, demora su publicación a la espera de nuevos informes. Que éstos no disipan del todo las dudas del redactor de la crónica está patente en las frases con que precede su artículo, en que disculpa las posibles exageraciones y no pide asenso “sin discernimiento y examen”, es decir, que se crea los principal y se desechen algunas de las circunstancias extraordinarias.

Como crónica escrita a fin es de 1816, las reflexiones con que termina no podía dejar de vincular el suceso al tema de más actualidad: la polémica con los españoles, más encendida que nunca como consecuencia de la independencia declarada en Tucumán el 9 de julio.

LA AYUDA MÉDICA

El comandante da la Guardia, sargento mayor Antonio Uriarte, comunica a las autoridades porteñas recién dos semanas después, el 30 de septiembre, los detalles de la catástrofe, disculpándose de esa demora porque “las circunstancia de perturbación desde el 16 del presente, no me han dado a la verdad tiempo para impartir a V. E. el parte circunstanciado que debía haber dado”, pasando a dar las noticias que “La Gaceta” transcribe.

Uriarte incluía, además, dos oficios, el primero del Cura, el bachiller Juan Francisco Pavón, certificando el número de muertos que había enterrado; el segundo, de los facultativos que habían acudido al socorro de las victimas, el licenciado Benito Fernández y el doctor Césareo Niño, los que extienden su certificación en la Frontera de Luján, el 23 de septiembre.

Estos facultativos, destacados en la frontera del centro de Buenos Aires, tenían su residencia en la Guardia de Luján, actual ciudad de Mercedes, y su misión consistía en hacerse presentes en aquellos lugares que carecieron de médicos. No bien ocurrido el huracán, las primeras providencias deben haber sido en procura de que se hicieran presentes en la Guardia estos facultativos, ya que para entonces no residían en el pueblo de Rojas un facultativo inglés, el doctor Francisco Rojas, que en 1815 encontramos en el mismo.

Fernández y Niño deben de haber llevado consigo los medicamentos que juzgaban necesarios para atender a los numerosos heridos; pocas eran las especialidades que podían encontrar en las pulperías, que en la época oficiaban de boticas en todos los pueblos del interior. A pesar de ellos, entre los documentos que nos han quedado, encontramos dos que se refieren a la actividad de estos facultativos, y a las drogas que necesitaron para cumplir su cometido.

El primero proviene del comandante de la Guardia, quien comunica a la superioridad que “habiéndome oficiado los facultativos en comisión Don Cesáreo Niño y Don Benito Fernández sobre la indispensable necesidad de un barril de aguardiente, y otro de vino, para poder operar a los enfermos de este pueblo, y no habiéndome sido posible facilitarlos de estos vecinos infelices, por haberlos dejado la ruina acontecida en el más deplorable estado”, comunica que aprovechando la oportunidad de pasar por la Guardia la arria de un vecino de San Juan, tomó de la misma los dos referidos barriles. Conociendo la clase de fracturas de los accidentados, y el anestésico usando en la ocasión, es de imaginar el horror de las curaciones que debieron sufrir los pobres rojenses de 1816.

El otro documento se refiere a medicamentos que no se podían encontrar en la frontera, y que se solicitan a Buenos Aires. Helos aquí: tres onzas de nitro; cuatros onzas de calaguala; dos onzas de hojas de sen; una libra de sal de Inglaterra; media libra de Chemor tártaro y una onza de extracto de saturno.

Consideremos por un momento la precariedad de recursos que la simple lectura de estos medicamentos traduce, al lado de la ingente tarea que debían cumplir par atender a tantos y tan graves heridos, y reconozcamos que aquéllos médicos de frontera de 1816 no desmerecen la tradición de sacrificio que el ejercicio de la profesión de Hipócrates ha tenido en el siglo pasado en la campaña bonaerense. Los nombres de estos médicos, Cesáreo Niño y Benito Fernández, junto con el del antes recordado facultativo inglés, y con el del sangrador (enfermero) González, que actúa en los albores de la instalación de la Guardia, en 1780, son los primeros que debemos retener si queremos historiar un aspecto tan interesante de la vida de nuestra población, como es el de la medicina. (Recordaremos, de paso, que el Dr. Carlos A. Grau, en su libro “La sanidad en las ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires”, señala que “el primer establecimiento asistencial instalado en la Provincia fue el Hospicio General creado en Rojas en 1861 por la Municipalidad de dicha localidad, el que llegó a tener una capacidad de 40 camas”.

LA AYUDA DE BUENOS AIRES

El huracán que destruye a Rojas ocurre cuando una desgracia parecida asola a parte de la población porteña: una inundación arrasa con las modestas viviendas de los pobladores del bañado de Barracas. El Gobierno decide socorrer a las víctimas nombrando al efecto una comisión, ampliando su objetivo, al conocerse lo ocurrido en la Guardia de Rojas, a las víctimas de esta población.

La comisión porteña organiza tres funciones teatrales en beneficio de los damnificados. El 1º de octubre se representa la comedia Muzio Scebola; el 8, La hidalguía de una inglesa, y el 15 del mismo mes de octubre, El Sepulturero, también comedia a pesar de su tétrico título.

La Contaduría de Policía da parte, en rendición de cuentas, de lo que ha quedado de estos tres festivales “a beneficio de los náufragos en el anterior temporal”: la recaudación alcanzó a 954 pesos cinco reales, y un cuarto. Producto líquido: 795 pesos dos reales tres cuartos.

Cuando llega el momento de distribuir los fondos, se plantea al gobierno el problema de saber con exactitud la cuantía de los daños experimentados por los vecinos de la Guardia de Rojas. La misma descripción que del fenómeno publicó “La Gaceta” deja entrever la duda que sobre la veracidad de sus características dominaba al redactor, por lo cual no exigía “un asenso sin discernimiento ni examen”. El gobierno se acoge a este consejo, y el 4 de noviembre resuelve discernir y examinar, no el fenómeno, no los daños causados, para lo cual destina a un comisario de la policía, don Agustín Echeverría, encargándoles que “pasará usted a la Guardia de Rojas, tomando los conocimientos necesarios me informará con la relación correspondiente de los vecinos que hayan padecido perjuicios en el reciente huracán, con distinción de la calidad y diferencia respectiva de daños que haya sufrido cada uno”.

Lamentablemente no hemos encontrado, entre toda la documentación examinada, las listas de los damnificados y la cuantía de los perjuicios de cada uno de ellos, datos que nos hubieran permitido conocer mejor la vida de la Guardia en ese año de 1816.

Esa lista había sido solicitada por el gobierno, señalando que se encargará de la misma una comisión formada por el Comandante militar, el Cura y el alcalde del partido. Al enviarla el Comandante Uriarte con fecha 30 de octubre, señala que sólo había intervenido en su redacción el Cura y él, pues “no habiendo justicia ordinaria en este lugar por estar todo sujeto a lo militar sólo informan sobre el particular los dos individuos que gobiernan el pueblo”. La lista que se incluía, fue de hacer las averiguaciones, pero en el borrador acusando recibo se hace constar la cifra de las pérdidas: 13.191 pesos, 2 reales.

Compárense el monto de los daños, y lo recaudado en tres funciones de beneficio, y se tendrá una idea de la magnitud de la desgracia

GESTIONES DE LOS VECINOS

Tanto era el estado de postración a que había caído el pueblo de Rojas, que sus vecinos desesperaban de poder salir adelante. En procura de un alivio a su situación, a fines de octubre cursan una petición al gobierno, en la que expresan: “Los vecinos del comercio del pueblo de Rojas abajo subscritos, con el más sumiso respeto ante V.E en virtud del parte que el Comandante de este destino dio circunstanciadamente con fecha treinta del próximo pasado, la general ruina que han sufrido todos sus moradores en toda calidad de bienes; y siendo tal que según el cálculo regular que se ha formado asciende a la cantidad de doce mil pesos, que con respecto a los haberes de este lugar es una pérdida muy considerable: por tanto, a V.E hacemos la humilde súplica adornada de toda justicia con el fin de que V.E condolido de las miserias en que hemos quedado sumergidos, se digne conveniente para atender a la edificación de las habitaciones arruinadas, y al mismo tiempo, si V. E. lo tiene a bien, se nos conceda la dispensa d todos los derechos vencidos hasta la presente y en adelante se nos exima de ellos, por aquel tiempo que sea del agrado de V.E. Y de esta suerte, tendrá la satisfacción V.E de ver a este benemérito pueblo remediado de sus padecimientos, y en aptitud de ser útil al servicio del Estado”.

Firman este petitorio Mariano Figueredo, Antonio Solís, Marcelino Escobar, María Ignacia Lugos, Juan Amores y José Santos.

Meses después, uno de los firmantes, Juan Amores, solicitaría todavía al gobierno que se le diera el dinero suficiente para reponer el capital de su destruida pulpería.

Esta es la crónica del huracán del 16 de septiembre de 1816 y de sus consecuencias: no la cerremos sin antes rendir homenaje a los sobrevivientes de la catástrofe, los que se aferraron al terruño e hicieron posible que la Guardia de Rojas persistiera en la frontera norte como una avanzada de progreso y civilización. En la sucesión de gentes que han laborado por el engrandecimiento de nuestro pueblo, su parte hicieron, sin duda, todos los que encontraron la muerte, ya como víctimas de este huracán, o en manos del indio; pero esos misérrimos rojenses que en 1816 vieron por el suelo sus viviendas y perdidos todos sus haberes, y supieron sacar coraje del fondo de sus almas para volver a edificar sus casas y retomar sus negocios, dieron una lección que no podemos silenciar, y que destacamos como ejemplo.

Juan Jorge Cabodi
Diciembre de 1957

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© CiudadRojas, enero de 2010.